Jacob, que es también Israel
Sabemos que el pueblo de Israel
nace de los primeros “padres”, Abraham, Isaac y Jacob. Luego, a partir de los
hijos de este último, surgen las Doce tribus de Israel, nuevo nombre que
recibirá Jacob como símbolo de su lucha (Gen 32,29) o de su piedad (35,10).
Obviamente, al decir que se trata de la misma persona, y siendo que Israel es
“todo un pueblo”, podemos decir que, bíblicamente hablando, acá, con él,
comienza la historia de este pueblo.
Pero, y esto es difícil de
entender en nuestras mentalidades contemporáneas, en la Biblia no tienen ningún
problema – como sí tendríamos nosotros – en señalar, sin esconderlos, los
pecados, en ocasiones terribles, de sus grandes personajes. Así no dudan en
mostrar pecados de Abraham, de Isaac, de Moisés, de David, de Pedro… y, en este
caso, de Jacob. De él se habla especialmente en los capítulos 25 a 35 del
Génesis.
Como dijimos, ya desde el
nacimiento vemos a Jacob como un personaje tramposo; sin embargo, también se
dirá que «era una persona intachable» (25,27, como Job 1,8; 2,3). La historia destaca
la necesidad de que los destinatarios de la promesa (Abraham, Isaac y Jacob) mantengan
su residencia en la tierra; es del pueblo de Israel de quien aquí está hablando
(como vemos, se va mezclando lo que dice del personaje Jacob y lo que dice del
pueblo, Israel). Jacob mismo afirma que es «un tramposo» (27,12). De hecho, él
engaña a su padre, engaña a su hermano y, más adelante, seguirá engañando.
Pero, y nuevamente algo chocante, eso lo hace también su mamá Rebeca, que con
un ardid consigue que su segundo hijo, Jacob, en lugar de Esaú, el primogénito,
recibiera la bendición de Isaac (27,8-17). El modo de vida de ella es
semejante al de su hermano Labán (29,15-30; 31,6-7, 14-15, 41-42). Finalmente, Rebeca
desaparece de la historia sin dejar rastro. El relato bíblico – que integra
diferentes tradiciones – señala que Jacob debe dejar la tierra, sea para
conseguir esposa “adecuada” (28,1-4), o para huir de la ira de Esaú (27,42-45).
Antes de la partida, Isaac le dio otra bendición, que espera ser «fértil y
numeroso» (28,3), lo que remite a Gen 1,28 y 9,1: Como Adán y Noé, Jacob debe
ser el comienzo de algo nuevo y grande, convirtiéndose en «una asamblea de
pueblos». Jacob es destacado como el portador de la promesa.
En el camino a casa de Labán, Jacob
soñó con una escalera entre la tierra y el cielo (28,12). Mientras huía de su
tierra y su pueblo, Jacob se sintió lo suficientemente conmovido como para
reconocer la presencia de Dios y realizar actos religiosos, pero sus votos
parecen ser una negociación además de un compromiso.
Así llega a casa de Labán, pero ambos
se mueven con cautela, buscando cada uno su propio beneficio. Labán engaña a
Jacob y luego, Jacob engañará a Labán [sobre el matrimonio de Jacob y sus
mujeres debemos referirnos en otra ocasión]. Pero, finalmente, vuelve a su
tierra donde se realiza la promesa. Pero allí lo espera su hermano, al que
había engañado. Previendo un ataque de Esaú, Jacob dividió su séquito (un
«pueblo» [32,7]), en dos campamentos para que al menos la mitad pudiera
escapar. Entonces oró pidiendo ayuda (32,10-13), pero cabe destacar la ausencia
de cualquier reconocimiento de falta.
Nuevamente hay una escena
misteriosa: aparece un adversario inesperado que combate con él (32,25-31). El
adversario – que parece ser Dios – le cambió el nombre por «Israel», dando una
etimología popular que significa «él lucha con Dios». Este apareció no solo para
bendecir a Jacob, sino también para cambiar su nombre y para reiterar la doble
promesa de descendencia y tierra previamente dada a Abraham e Isaac.
Así encontramos al nuevo Jacob,
el que ha vuelto a la tierra, en su mejor momento: lidera una reforma religiosa
(35,7) y recibe un nuevo nombre y la promesa divina (35,10-11). El estilo de vida arameo ha
desaparecido; Israel —tanto persona como pueblo— abandonará a los dioses
extranjeros y ocupará la tierra prometida.
Finalmente murió Isaac, y la
historia que comenzó con los conflictos en el parto concluye con los hermanos
Jacob y Esaú unidos para enterrar al padre que oró por su nacimiento. El
«Jacob» individual y el «Israel» colectivo se superponen, incluso se fusionan;
la historia de Jacob-Israel es también la historia del pueblo de Dios.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Jacob
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Cualquiera puede comentar y no será eliminado, aunque no este de acuerdo con lo dicho, siempre que sea respetuoso (caso contrario, será borrado). Pero habitualmente no responderé los comentarios, ni unos ni otros, para no transformar este blog en un foro. De todos modos, podrán expresar su opinión.