jueves, 21 de mayo de 2026

Jacob, que es también Israel

Jacob, que es también Israel

Eduardo de la Serna


 

Sabemos que el pueblo de Israel nace de los primeros “padres”, Abraham, Isaac y Jacob. Luego, a partir de los hijos de este último, surgen las Doce tribus de Israel, nuevo nombre que recibirá Jacob como símbolo de su lucha (Gen 32,29) o de su piedad (35,10). Obviamente, al decir que se trata de la misma persona, y siendo que Israel es “todo un pueblo”, podemos decir que, bíblicamente hablando, acá, con él, comienza la historia de este pueblo.

Pero, y esto es difícil de entender en nuestras mentalidades contemporáneas, en la Biblia no tienen ningún problema – como sí tendríamos nosotros – en señalar, sin esconderlos, los pecados, en ocasiones terribles, de sus grandes personajes. Así no dudan en mostrar pecados de Abraham, de Isaac, de Moisés, de David, de Pedro… y, en este caso, de Jacob. De él se habla especialmente en los capítulos 25 a 35 del Génesis.

Como dijimos, ya desde el nacimiento vemos a Jacob como un personaje tramposo; sin embargo, también se dirá que «era una persona intachable» (25,27, como Job 1,8; 2,3). La historia destaca la necesidad de que los destinatarios de la promesa (Abraham, Isaac y Jacob) mantengan su residencia en la tierra; es del pueblo de Israel de quien aquí está hablando (como vemos, se va mezclando lo que dice del personaje Jacob y lo que dice del pueblo, Israel). Jacob mismo afirma que es «un tramposo» (27,12). De hecho, él engaña a su padre, engaña a su hermano y, más adelante, seguirá engañando. Pero, y nuevamente algo chocante, eso lo hace también su mamá Rebeca, que con un ardid consigue que su segundo hijo, Jacob, en lugar de Esaú, el primogénito, recibiera la bendición de Isaac (27,8-17). El modo de vida de ella es semejante al de su hermano Labán (29,15-30; 31,6-7, 14-15, 41-42). Finalmente, Rebeca desaparece de la historia sin dejar rastro. El relato bíblico – que integra diferentes tradiciones – señala que Jacob debe dejar la tierra, sea para conseguir esposa “adecuada” (28,1-4), o para huir de la ira de Esaú (27,42-45). Antes de la partida, Isaac le dio otra bendición, que espera ser «fértil y numeroso» (28,3), lo que remite a Gen 1,28 y 9,1: Como Adán y Noé, Jacob debe ser el comienzo de algo nuevo y grande, convirtiéndose en «una asamblea de pueblos». Jacob es destacado como el portador de la promesa.

En el camino a casa de Labán, Jacob soñó con una escalera entre la tierra y el cielo (28,12). Mientras huía de su tierra y su pueblo, Jacob se sintió lo suficientemente conmovido como para reconocer la presencia de Dios y realizar actos religiosos, pero sus votos parecen ser una negociación además de un compromiso.

Así llega a casa de Labán, pero ambos se mueven con cautela, buscando cada uno su propio beneficio. Labán engaña a Jacob y luego, Jacob engañará a Labán [sobre el matrimonio de Jacob y sus mujeres debemos referirnos en otra ocasión]. Pero, finalmente, vuelve a su tierra donde se realiza la promesa. Pero allí lo espera su hermano, al que había engañado. Previendo un ataque de Esaú, Jacob dividió su séquito (un «pueblo» [32,7]), en dos campamentos para que al menos la mitad pudiera escapar. Entonces oró pidiendo ayuda (32,10-13), pero cabe destacar la ausencia de cualquier reconocimiento de falta.

Nuevamente hay una escena misteriosa: aparece un adversario inesperado que combate con él (32,25-31). El adversario – que parece ser Dios – le cambió el nombre por «Israel», dando una etimología popular que significa «él lucha con Dios». Este apareció no solo para bendecir a Jacob, sino también para cambiar su nombre y para reiterar la doble promesa de descendencia y tierra previamente dada a Abraham e Isaac.

Así encontramos al nuevo Jacob, el que ha vuelto a la tierra, en su mejor momento: lidera una reforma religiosa (35,7) y recibe un nuevo nombre y la promesa divina (35,10-11). El estilo de vida arameo ha desaparecido; Israel —tanto persona como pueblo— abandonará a los dioses extranjeros y ocupará la tierra prometida.

Finalmente murió Isaac, y la historia que comenzó con los conflictos en el parto concluye con los hermanos Jacob y Esaú unidos para enterrar al padre que oró por su nacimiento. El «Jacob» individual y el «Israel» colectivo se superponen, incluso se fusionan; la historia de Jacob-Israel es también la historia del pueblo de Dios.


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Jacob

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