viernes, 17 de julio de 2020

Una contemplativa misionera

Una contemplativa misionera


Eduardo de la Serna

 

Desde una mentalidad “activista”, propia del “hacer” resulta prácticamente incomprensible que una monja contemplativa, como Teresa del Niño Jesús ocd resulte patrona universal de las misiones. Ella reconoce en su vida innumerables elementos que pueden calificarse como “misioneros”, desde su deseo de saciar la sed de Jesús “de almas”, su afirmación de que entró al Carmelo “para salvar almas”, hasta su actitud fundamental y cristocéntrica de entender el amor de Jesús/Dios como un océano que quiere derramarse sobre todos. Puesto que muchos (“los pecadores”, que para su tiempo eran – sobre todo – los no creyentes) no querían recibirlo, ella acepta ser un canal para distribuirlo a los que están sentados en su misma mesa (“estoy sentada en la mesa de los pecadores” afirma de ella misma cuando su crisis de fe la lleva a sentirse una más de esos “hermanos”).

 

Teresa entra al Carmelo a los 15 años y muere a los 24. Entendida desde el “hacer”, su vida no fue importante; no realizó “obras”, no “dejó” nada. Como cualquiera, escribió cartas a sus familiares y conocidos; como tantos, escribió versos (“poemas”) según la estructura romántica de la época; histriónica, como era, compuso obritas teatrales para ser representadas en la comunidad; y a pedido de sus superioras escribió recuerdos de su vida de familia y su vida en la comunidad. Todo eso se ha conservado y hoy se integra en sus “Obras Completas” a pesar que nunca escribió nada “para afuera”. Pero supo encontrarse con el verdadero rostro de Jesús (escondido detrás de tantas máscaras y pobres espiritualidades) y entender que nada en la iglesia (¡tampoco las misiones, por lo tanto!), ¡nada! tiene vitalidad si no es por la gracia de Dios/Jesús. Y “¡todo es gracia!” Las pequeñas cosas, que caracterizan el amor cotidiano, llenan del amor de Jesús a todas y todos. Es ese amor, que otros no quieren recibir ni dar el que Teresa quiere que se desborde en ella y poder así llegar hasta el más recóndito lugar de la tierra. Pero como “por la cabeza se llega a los miembros”, ella quiere provocar especialmente que ese amor (y la conversión) llegue a los misioneros y sacerdotes. Para que por ellos llegue a todos. Y, como de amor y gracia se trata, quiere que ese amor sea capaz de llegar a todas las regiones de todos los tiempos (“comunión de los santos”). “No se anda con chiquitas”, no quiere ser esto o aquello “en la iglesia”, quiere ser precisamente lo que alimenta a todos ellos: el amor. En su amor a Jesús y el de Jesús a ella encuentra un puente que, aunque nada la lleve a vislumbrarlo (noche oscura), sabe que está y puede morir diciendo, aunque no sienta la fe, “lo amo… Dios mío, ¡te amo!”


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