viernes, 22 de mayo de 2026

El Papa no es la Iglesia. No quiero que un papa visite nuestro país

El Papa no es la Iglesia
No quiero que un papa visite nuestro país

Eduardo de la Serna




Desde hace ya bastante tiempo, la Iglesia se ha vuelto bastante “papolátrica”, y lo que el papa hace o dice pareciera que lo hace y dice la Iglesia, o debiera. Quienes creemos que la Iglesia es una comunidad nos encontramos bastante disconformes con esta idea.

Escuchamos decir que Francisco fue el “papa de la primavera”, pero la primavera de la Iglesia estaba muy lejos de ser una realidad, por mas esfuerzos que el pontífice hiciera. Creo que todos somos testigos contemporáneos de una inmensa cantidad de obispos invernales, por ejemplo; o curas, o movimientos, o laicos. Creer que porque el Papa fuera primaveral (y, además, ¿lo fue realmente?) toda la Iglesia lo era, resulta por lo menos ingenuo, si no, además, teológicamente extraño y ajeno a la realidad.

Es evidente que, en la Iglesia, pueblo de Dios, cada obispo es responsable de la animación y acompañamiento de sus comunidades. En un país existen, además, las conferencias episcopales, que no son una lista de “mandamases” sino una comunidad, a su vez. Es decir, aquello que podría decirse, hacerse en una comunidad eclesial, es responsabilidad, compromiso de los obispos del lugar, no del papa. Y sabemos y somos testigos de enormes “baches”, o limitaciones de diócesis, o países inclusive, pero en esos caso son – sin duda – los pastores los responsables de esa tarea; no es demasiado responsable “buscarla afuera”. Es evidente que la figura de un papa es importante, pero esperar que la visita de un papa solucione dichos problemas resulta, por lo menos discutible. Debieran ser los pastores del lugar (con el conocimiento y la encarnación del caso, por otra parte, algo de lo que un papa carece, evidentemente, los responsables de ello). Esperar que el Papa visite una región para que revitalice la pastoral, representa evidentemente una expresión cierta de la mediocridad, de la inacción o de la falta de compromiso pastoral a la espera de que el “márquetin”, o el personalismo solucione lo que no sabemos, no podemos o no queremos solucionar. Esperar que el papa visite nuestro país para que anime o fortalezca nuestra pastoral me parece, por lo menos, infantil (lamentablemente, el infantilismo constituye el pan de cada día en muchísimos ambientes eclesiales).

Pero hay, además, otro elemento. Lamentablemente (y creo que el personalismo y la eclesiología preconciliar de Juan Pablo II y Benito XVI lo alentaron) la imagen del Papa como “jefe de la Iglesia” fue quedando institucionalizada. Y, estoy convencido de ello, los viajes del Papa (de los papas) reflejaron y reflejan una imagen fácil de entender para la imaginería popular del “jefe de la Iglesia” que viene a visitar a sus subordinados. Así, el obispo del lugar visitado por el pontífice, aparece a los ojos de los espectadores como una suerte de “auxiliar” del Papa, que es quien manda. El papa “viene a poner orden”, o viene a “animar” … cuando dicha responsabilidad toca a los pastores del lugar. Ciertamente diferente es la cosa cuando el papa participa de un encuentro internacional, como una visita a las Naciones Unidas u organismos internacionales, o a congresos o encuentros internacionales. Pero no es ese el caso de las visitas pastorales. Nadie espera que a una diócesis venga de visita pastoral el obispo de otra región; ¿por qué se celebraría la visita del “obispo de Roma”?

Valga esto, y mucho más que de esto se infiere para expresar que no quiero que el Papa (ni este, ni el anterior ni el próximo) visite nuestro país (ni país alguno); creo que una sana eclesiología invitaría a otros compromisos y responsabilidades pastorales. Se escucha decir: “pero a la gente le gusta”, algo absolutamente insustancial (e infantil); no es eso lo importante Ni lo sensato, sino si “a la gente le hace bien (o no)” y, como digo, creo que es absolutamente perjudicial para la eclesiología, para la pastoral y para la madurez de las comunidades. Y, si, además, hacemos memoria de otras visitas papales, donde el pontífice celebraba con dictadores y genocidas en el altar, o sin una palabra clara sobre la pobreza y sus causas, las visitas papales terminan bendiciendo el statu quo y siendo más perjudiciales que beneficiosas para la fe del pueblo de Dios y para la pastoral que las iglesias locales deben animarse a desplegar conforme al Evangelio del Reino.

 


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