miércoles, 24 de junio de 2026

El “mundo” espacio de pecado para los negadores del Concilio Vaticano II

Eduardo de la Serna



Es evidente que las palabras significan, pero no es menos cierto, que hay palabras polisémicas, con muchos sentidos, y – entonces – hace falta saber quién las dice, qué quiere decir, qué trasfondo tiene al pronunciarlas, porque pueden significar cosas muy diversas, y ¡hasta contrapuestas!

La palabra “mundo” ciertamente es una de ellas, especialmente en ambientes cristianos (o que se autoperciben tales). Algo “mundano” puede ser algo superficial, o hasta perverso; el “mundo” es malo y pecador, sostienen algunos; la Iglesia debe abrir sus ventanas “al mundo moderno”, etc…

Por un lado, el término “mundo” es meramente geográfico (es conocido por “todo el mundo”), o global (“todo el mundo dice…”), pero – y acá la importancia – en ocasiones está cargado de trasfondos filosóficos que le dan sentido. Corrientes dualistas, por ejemplo, que entienden el ser humano como cuerpo y alma, suelen contrastar el espíritu y el mundo, lo material, el cual es, claramente, inferior. El gnosticismo, fue más allá, y todo lo material era tenido como malo, negativo. La misma creación (de la que Dios no era responsable) era mala; el mundo, por lo tanto, también lo era. Pero, por otro lado, había ambientes de la filosofía griega para la cual el mundo es expresión de lo “ordenado” y lo “bello”.

En ese sentido, para algunas corrientes, escapar del mundo (ir al desierto, concretamente) era un acto de virtud y purificación. Incluso, con el tiempo, concretamente, la vida religiosa comenzó a entenderse como una “fuga mundi”. Era entrar en el espacio de la santidad, la separación; concretamente, el matrimonio era visto como una especie de “mal menor” en muchas escuelas.

En todo esto, influyó ciertamente, una lectura de escritos bíblicos.

Señalemos, para empezar, que en el Antiguo Testamento (y parte del Nuevo), la separación no viene dada por estar o no en el mundo, sino por estar o no en el espacio sagrado (por ejemplo, el templo). El contraste era con lo “profano”; pero que de ninguna manera se entiende como algo necesariamente malvado. Estar en el ambiente profano era, simplemente, estar en el ambiente de lo cotidiano y uno podía hacer cosas totalmente religiosas, pero quedar impuro (sepultar un cadáver, por ejemplo); mientras podía estar en el espacio sagrado y entrar en el espacio del pecado (dar culto a los ídolos, por ejemplo). No era, entonces, cosa de “mundo o no mundo”, sino lo sagrado y lo profano, dos espacios que no pueden ni deben mezclarse.

En el Nuevo Testamento, no sólo el término “mundo” (kosmos) debe tenerse en cuenta, sino otros que se le asemejan como “era”, el “siglo (aiôn), y sería sensato evitar una lectura “dualista” (o neoplatónica / gnóstica) del término. Ciertamente, el mundo es el ambiente de los humanos, y por lo tanto un lugar donde impera el pecado… pero también sobreabunda la gracia. Ahora bien, en este sentido, el problema no es “el mundo”, sino “el pecado” que está en el mundo. Por ejemplo, cuando Pablo dice que entró “el pecado en el mundo” es sinónimo de decir que entró “en la historia humana” (Rom 5,12-13). En ocasiones, el “mundo” es el afuera, la “sabiduría de este mundo” es la sabiduría que no es la nuestra, pero de ningún modo se entiende como un “enemigo”; es un afuera “donde” está la Iglesia.

El problema – en el lenguaje habitual – radica en la literatura joánica: el mundo los odia, me ha odiado; mi reino no es de este mundo; el mundo no la conoció… Pero que ignora, a su vez, otros usos del mismo evangelio: Jesús quita “el pecado del mundo”; es “el salvador del mundo”; “tanto amó Dios al mundo…” Entender el término “mundo” en una suerte de acepción “diabólica” es no comprender todo el sentido que Juan le da. No es este el espacio de aclarar todo esto, simplemente es de señalar que el cristianismo (Pablo y Juan, por caso) se encuentra frente a una realidad (mundo) que debe evangelizar; es un “afuera”, pero no del que se debe escapar, sino al que se debe anunciar el Evangelio. Evangelio que puede o no ser recibido, por cierto.

Pero en la historia de la Iglesia, especialmente desde el neoplatonismo y su cercanía al gnosticismo, el mundo fue entendido como algo “negativo”, y lo que estaba en él era algo “in-mundo”, algo contaminante (de lo que es sano – o hasta meritorio – fugarse).

Pero el pensamiento de la humanidad no quedó en este ámbito, y la concepción de lo que es “el mundo” fue cambiando (lamentablemente no cambió algún pensamiento eclesiástico que se anquilosó en aquellos tiempos).

Ya lo señaló Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II (11 octubre 1962):

En el cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.

Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente. En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.

Quienes ven en los tiempos modernos (mundo) “prevaricación y ruina” son “profetas de calamidades”. No en vano el Concilio se propuso abrir las ventanas de la Iglesia para su diálogo con “el mundo”, y una de sus más importantes decretos fue precisamente el encuentro de la Iglesia con el mundo contemporáneo (Gaudium et Spes). Inclusive, cuando se empezó a aplicar el Concilio, la Congregación para la Vida Religiosa, buscó que cada instituto o congregación adaptara sus constituciones para evitar que se autopercibieran como en “fuga mundi”.

Es cierto que los sectores tradicionalistas, adversos al Concilio, siguieron y siguen entendiendo el mundo como un ámbito de pecado del cual debemos escapar. Los antiguos monjes que se “fugaron” al desierto parecen ser, para algunos, modelo de santidad. El laicado, entonces, no son aquellos que deben “consagrar al mundo”, evangelizarlo, sino aquellos de serán mejores (y más cristianos) cuanto más lejos y aislados de él se encuentren. Nuevamente, en Concilio es – debiera ser – el criterio de fidelidad al soplo del Espíritu en nuestro tiempo eclesial y la escucha atenta de los signos de los tiempos. Cuando decimos que la Iglesia es “sacramento de salvación” de esto precisamente estamos hablando….

 

Pueden consultarse:

G. Haeffner, “Mundo” en Sacramentum mundi, IV, 826-839

H. R. Schlette, “Mundo” en Conceptos Fundamentales de la Teología II,128-148

Mussner – Metz – Auer, “Welt” en Lexikon für Theologie und Kirche X,1021-1027


imagen tomada de https://pixabay.com/es/illustrations/padres-del-desierto-8838926/

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