El “mundo” espacio de pecado para los negadores del Concilio Vaticano II
Eduardo de la Serna
Es evidente que las palabras significan, pero
no es menos cierto, que hay palabras polisémicas, con muchos sentidos, y –
entonces – hace falta saber quién las dice, qué quiere decir, qué trasfondo
tiene al pronunciarlas, porque pueden significar cosas muy diversas, y ¡hasta
contrapuestas!
La palabra “mundo” ciertamente es una de
ellas, especialmente en ambientes cristianos (o que se autoperciben tales).
Algo “mundano” puede ser algo superficial, o hasta perverso; el “mundo” es malo
y pecador, sostienen algunos; la Iglesia debe abrir sus ventanas “al mundo
moderno”, etc…
Por un lado, el término “mundo” es meramente
geográfico (es conocido por “todo el mundo”), o global (“todo el mundo dice…”),
pero – y acá la importancia – en ocasiones está cargado de trasfondos filosóficos
que le dan sentido. Corrientes dualistas, por ejemplo, que entienden el ser
humano como cuerpo y alma, suelen contrastar el espíritu y el mundo, lo
material, el cual es, claramente, inferior. El gnosticismo, fue más allá, y
todo lo material era tenido como malo, negativo. La misma creación (de la que
Dios no era responsable) era mala; el mundo, por lo tanto, también lo era.
Pero, por otro lado, había ambientes de la filosofía griega para la cual el
mundo es expresión de lo “ordenado” y lo “bello”.
En ese sentido, para algunas corrientes, escapar
del mundo (ir al desierto, concretamente) era un acto de virtud y purificación.
Incluso, con el tiempo, concretamente, la vida religiosa comenzó a entenderse
como una “fuga mundi”. Era entrar en el espacio de la santidad, la
separación; concretamente, el matrimonio era visto como una especie de “mal
menor” en muchas escuelas.
En todo esto, influyó ciertamente, una
lectura de escritos bíblicos.
Señalemos, para empezar, que en el Antiguo
Testamento (y parte del Nuevo), la separación no viene dada por estar o no en
el mundo, sino por estar o no en el espacio sagrado (por ejemplo, el templo).
El contraste era con lo “profano”; pero que de ninguna manera se entiende como algo
necesariamente malvado. Estar en el ambiente profano era, simplemente, estar en
el ambiente de lo cotidiano y uno podía hacer cosas totalmente religiosas, pero
quedar impuro (sepultar un cadáver, por ejemplo); mientras podía estar en el
espacio sagrado y entrar en el espacio del pecado (dar culto a los ídolos, por
ejemplo). No era, entonces, cosa de “mundo o no mundo”, sino lo sagrado y lo
profano, dos espacios que no pueden ni deben mezclarse.
En el Nuevo Testamento, no sólo el término
“mundo” (kosmos) debe tenerse en cuenta, sino otros que se le asemejan
como “era”, el “siglo” (aiôn), y sería sensato
evitar una lectura “dualista” (o neoplatónica / gnóstica) del término. Ciertamente,
el mundo es el ambiente de los humanos, y por lo tanto un lugar donde impera el
pecado… pero también sobreabunda la gracia. Ahora bien, en este sentido, el
problema no es “el mundo”, sino “el pecado” que está en el mundo. Por ejemplo,
cuando Pablo dice que entró “el pecado en el mundo” es sinónimo de decir que
entró “en la historia humana” (Rom 5,12-13). En ocasiones, el “mundo” es el
afuera, la “sabiduría de este mundo” es la sabiduría que no es la nuestra, pero
de ningún modo se entiende como un “enemigo”; es un afuera “donde” está la
Iglesia.
El problema – en el lenguaje habitual –
radica en la literatura joánica: el mundo los odia, me ha odiado; mi reino no es de este mundo; el
mundo no la conoció… Pero que ignora, a su vez, otros usos del mismo evangelio:
Jesús quita “el pecado del mundo”; es “el salvador del mundo”; “tanto amó Dios
al mundo…” Entender el término “mundo” en una suerte de acepción “diabólica” es
no comprender todo el sentido que Juan le da. No es este el espacio de aclarar
todo esto, simplemente es de señalar que el cristianismo (Pablo y Juan, por
caso) se encuentra frente a una realidad (mundo) que debe evangelizar; es un
“afuera”, pero no del que se debe escapar, sino al que se debe anunciar el
Evangelio. Evangelio que puede o no ser recibido, por cierto.
Pero en la historia de la
Iglesia, especialmente desde el neoplatonismo y su cercanía al gnosticismo, el
mundo fue entendido como algo “negativo”, y lo que estaba en él era algo “in-mundo”,
algo contaminante (de lo que es sano – o hasta meritorio – fugarse).
Pero el pensamiento de la
humanidad no quedó en este ámbito, y la concepción de lo que es “el mundo” fue
cambiando (lamentablemente no cambió algún pensamiento eclesiástico que se
anquilosó en aquellos tiempos).
Ya lo señaló Juan XXIII en la
apertura del Concilio Vaticano II (11 octubre 1962):
En el
cotidiano ejercicio de Nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros
oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su
celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no
ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que
nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan
como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la
vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese
procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de
la justa libertad de la Iglesia.
Nos parece
justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre
infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente.
En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo
orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún
por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes
superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo
dispone para mayor bien de la Iglesia.
Quienes ven en los tiempos
modernos (mundo) “prevaricación y ruina” son “profetas de calamidades”. No en
vano el Concilio se propuso abrir las ventanas de la Iglesia para su diálogo
con “el mundo”, y una de sus más importantes decretos fue precisamente el
encuentro de la Iglesia con el mundo contemporáneo (Gaudium et Spes).
Inclusive, cuando se empezó a aplicar el Concilio, la Congregación para la Vida
Religiosa, buscó que cada instituto o congregación adaptara sus constituciones
para evitar que se autopercibieran como en “fuga mundi”.
Es cierto que los sectores
tradicionalistas, adversos al Concilio, siguieron y siguen entendiendo el mundo
como un ámbito de pecado del cual debemos escapar. Los antiguos monjes que se
“fugaron” al desierto parecen ser, para algunos, modelo de santidad. El
laicado, entonces, no son aquellos que deben “consagrar al mundo”,
evangelizarlo, sino aquellos de serán mejores (y más cristianos) cuanto más
lejos y aislados de él se encuentren. Nuevamente, en Concilio es – debiera ser
– el criterio de fidelidad al soplo del Espíritu en nuestro tiempo eclesial y
la escucha atenta de los signos de los tiempos. Cuando decimos que la Iglesia
es “sacramento de salvación” de esto precisamente estamos hablando….
Pueden
consultarse:
G. Haeffner, “Mundo” en
Sacramentum mundi, IV, 826-839
H. R. Schlette, “Mundo” en
Conceptos Fundamentales de la Teología II,128-148
Mussner – Metz – Auer, “Welt” en Lexikon für
Theologie und Kirche X,1021-1027
imagen tomada de https://pixabay.com/es/illustrations/padres-del-desierto-8838926/
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