Algo que Dios desconoce
Eduardo de la Serna
Esta reflexión nace de mi convicción
de que “el sistema”, el Establishment, ha logrado no usar palabras. No las
necesita. Ha logrado penetrar en los sentimientos (¿corazones?) para que “se”
sienta lo que “ellos” quieren que se sienta. Después, cada quién le pondrá – si
cabe – las palabras que desee, pero estas ya no importan. Así, han hipnotizado –
pantallas mediante… IA mediante – a toda una sociedad, han direccionado
sentimientos y libido. Su idioma no pasa por el cerebro, que parece atrofiado,
sino por las entrañas donde el odio y el miedo han puesto su morada. Las
consecuencias están a la vista…
Para empezar…
- En ambientes eclesiásticos suele bromearse con ciertas cosas que, se afirma, el Espíritu Santo no conoce… por ejemplo, ¿cuántas congregaciones de monjas hay? Y otras por el estilo…
- Por otra parte, recordaba estos días, que un adiestrador de perros me decía que “los perros no saben idiomas”, entienden tonos, ritmos, gestos, pero no idiomas…
- Finalmente, siempre me llamó la atención el contraste entre los pietismos infantiles que sostienen que Dios sabe todo, puede todo y esas cosas, con las actitudes de algunos grandes místicos como Teresa de Lisieux que afirma que debemos tener piedad de Dios, o Etty Hillesum que decía cosas que necesitaba nuestra ayuda…
San Ignacio de Antioquía escribe
en su carta a los Efesios:
Es mejor guardar silencio y ser, que hablar y no ser. Es bueno enseñar, si el que habla lo practica. Ahora bien, hay un maestro que habló y lo que dijo sucedió; sí, e incluso las cosas que hizo en silencio son dignas del Padre. El que posee la palabra de Jesús es capaz de prestar atención a su silencio, para que pueda ser hecho perfecto; para que por medio de su palabra pueda actuar y por medio de su silencio pueda ser conocido. No hay nada escondido del Señor, sino que incluso nuestros secretos están cerca de Él. Hagamos todas las cosas considerando que Él vive en nosotros, para que podamos ser sus templos, y Él mismo pueda estar en nosotros como nuestro Dios. Esto es así, y será manifestado a nuestra vista por el amor que debidamente le tenemos a Él (Ignacio de Antioquía, Efesios XV).
Y partiendo de san Ignacio, Juan
de la Cruz decía:
La mayor
necesidad que tenemos para aprovechar es de callar a este gran Dios con el
apetito y con la lengua, cuyo lenguaje que él más oye solo es el callado amor (Dichos
de, Luz y Amor 136)
y en la carta 8 a las carmelitas
de Beas del 22 de noviembre de 1587 todavía lo afirma con más claridad:
La mayor
necesidad que tenemos es del callar a este gran Dios con el espíritu y con la
lengua cuyo lenguaje que él oye solo es el del callado amor.
Precisamente, a raíz de todo esto
de que el “lenguaje que él oye solo es el del callado amor”, me cuentan
que el maravilloso Maximiliano Herraiz ocd, reflexionando sobre esas palabras
de Juan, para escándalo de muchos del auditorio y reforzando el “solo” del poeta
afirmaba:
¡Dios no
entiende idiomas! No sabe francés, ni español, ni chino... el único idioma que
entiende es el del AMOR…
Y acá relaciono todo lo dicho anteriormente:
el lenguaje es algo propio de los humanos, aunque otras especies también se
comunican, por cierto. ¿Por qué Dios debería saber idiomas y no entender
directamente “el corazón”? Al fin y al cabo, un idioma es un límite; así lo
afirma Pablo:
Hay en el mundo no sé cuántas
variedades de lenguas, y nada hay sin lenguaje. Pero si yo desconozco el valor
del lenguaje seré un bárbaro para el que me habla; y el que me habla, un
bárbaro para mí (1Cor
14,10-11).
Y, para poder superar ese límite,
hay que decir o bien, infantilmente, que Dios “conoce todos los idiomas”, o – ¿no
es más sensato? – que Dios está más allá de ese límite humano, y ese “más allá”,
ciertamente es “el amor”. Es interesante notar cómo supera esa limitación la
donación del Espíritu en Pentecostés:
Había en Jerusalén hombres piadosos,
que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al
producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor pues cada uno
los oía hablar en su propia lengua.
Desconceretados y maravillados decían:
«estos que están hablando ¿no son todos galileos? Pues ¿cómo cada uno de
nosotros les oímos en nuestra lengua materna? Partos,
medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, de
Frigia, de Panfilia, de Egipto, y de la Libia cirenaica, residentes romanos; todos,
tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en
nuestra lengua las maravillas de Dios» (Hch 2,5-11).
Cada uno lo escuchaba “en su
propia lengua” … El idioma de Dios, el que Dios entiende, es el del Amor, es el
del Espíritu… y en un mundo aturdido de palabras, cargado de mentiras, emojis y
redes (modernas pescadoras de personas) no estaría de más que los seguidores
del Nazareno, aquel que, como el cordero llevado al matadero, en el momento
supremo “calló”, sepamos también callar con el “callado amor”. Y que las
palabras que pronunciemos (limitadas palabras), solamente surjan engendradas de
ese amor… Y luego, en un corazón a corazón, encontrarnos con Dios y las hermanas
y los hermanos para edificar esa famosa “civilización del amor” de la que tan
lejos estamos… Ciertamente Dios nos entendería.
Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/photos-images/amigos-abrazando-hombres.html
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