Algo que aprendí de Teresa…
Eduardo de la Serna
Pero dejando eso de lado,
entonces, me llama la atención como ella cambia el eje y pone toda su mirada en
el amor. Curiosamente, si miramos los Evangelios sinópticos el término amor /
amar no es tan importante. Veamos brevemente:
En Marcos la raíz agap— [amor,
amar…] se encuentra 8 veces; en 3 se señala que Jesús es el “hijo amado” de
Dios y en las restantes, 3 en el diálogo de Jesús con el escriba sobre el
mandamiento mayor para los judíos, y se señala que Jesús ama la respuesta
inicialmente positiva del rico En Lucas se encuentra 16 o 17 veces, dos (o
tres, según una variante textual) refiriendo al “hijo amado” de Dios, una vez
en relación al mandamiento principal, 6 veces sobre el amor a los enemigos,
tres veces en un sentido común (amar al pueblo, amar ser saludado, amor de
esclavo a un amo), tres en relación al perdón y una señalando la centralidad
del amor y la justicia (11,42). En Mateo la encontramos 12 veces, varias están
en común con Lucas, seguramente tomadas de la fuente que tienen en común [Q]:
el amor a los enemigos (3x), el amor del esclavo, y tomadas de Marcos, el hijo
amado de Dios (2x), el mandamiento principal (2x), una cita de Isaías sobre el
“Siervo amado”, la importancia del amor “al prójimo” y una referencia
escatológica que con el crecimiento de la maldad se “enfriará” el amor de
muchos… Como es fácil de imaginar, en Juan el tema crece exponencialmente (y
ninguna de estas citas anteriores se encuentra en el Cuarto Evangelio); ¡la
encontramos 43 veces! Lo interesante es que en la primera parte del Evangelio
(1-12) solo se encuentra 8 veces mientras que el amor ocupa un lugar central en
toda la segunda parte (13-21), en la que Jesús se manifiesta abiertamente. Así comienza solemnemente: “habiendo amado a
los suyos… los amó hasta el extremo” (13,1). El amor se presenta como
mandamiento, porque se invita a los herederos de Jesús a recibir su testamento;
vivir como él vivió los transforma en tales. Precisamente por eso, el discípulo
ideal se presenta como “discípulo amado”. Salvando Juan, entonces, difícilmente
se podría decir que el amor es el corazón del seguimiento de Jesús y que nada
hay sin amor.
Si miramos san Pablo [y los
escritos de la tradición paulina] algo cambia, pero hay que decir que Teresa se
concentró mucho más en los evangelios que en el Apóstol (a modo meramente
estadístico, en La Bible avec Thérèse de Lisieux [Cerf – DDB 1979], por
ejemplo, los textos en los que Teresa cita a Mateo ocupan 36 páginas, en Marcos
11, Lucas 32, Juan 29 y ¡todo Pablo!, solo 16 páginas). En Pablo el tema es muy
diferente: las palabras de la raíz agap— las encontramos en Romanos 24x,
1 Corintios 18x, 2 Corintios 15x, Gálatas 5x, Efesios 22x, Filipenses 7x,
Colosenses 11x, 1 Tesalonicenses 8x, 2 Tesalonicenses 5x, 1 Timoteo 6x, 2
Timoteo 7x, Tito 1x, Filemón 5x (es decir, un total de 134 veces); obviamente
de los modos y sentidos más diversos, pero ciertamente en Pablo sí ocupa un
lugar central.
Pero, entonces, si Teresa no cita
demasiado a Pablo, pero sí los Evangelios y el tema del “amor” es mucho más
frecuente en aquel que en estos, ¿de dónde toma Teresa la centralidad del amor?
Me parece entender que el proceso
que sigue Teresa es diferente. Ella va conociendo a Dios / Jesús y se va
enamorando. Ciertamente en ese encuentro con Jesús influyen decenas de cosas:
su propia sensibilidad, su experiencia y catequesis familiar (particularmente
su papá), sus lecturas, en las que el Evangelio ocupa un lugar principal, como
ella lo dice, su amor a algunos santos particularmente (y su no mucho amor por
otros, al menos según lo que le han contado de ellos), las experiencias
positivas y negativas que vive en su vida en el Convento y con las hermanas…
todo ello le va permitiendo encontrarse con Jesús, pero hacerlo, además, desde
su inmensa libertad: no acepta tradiciones piadosas sobre la Virgen, por
ejemplo, quiere conocer “la verdad” (palabra muy importante en su itinerario
espiritual), no valora tradiciones establecidas, como sacrificios y
sufrimientos, no acepta cosas que “siempre se hicieron así”, muchas de las
cuales, en el fondo, simulando generosidad y sacrificio esconden soberbia y
orgullo, como los “actos de ofrenda a la justicia divina” que tanto miedo
provocaban a muchas monjas (como a su hermana María del Sagrado Corazón).
De su padre y del jardín de Buissonnets
aprendió a disfrutar la belleza de las flores, sean las más importantes o las
más sencillas (algo que, poco tiempo después, también reveló Etty Hillesum).
Agradar a Dios, ya no obedecerlo, mucho menos aún temerlo (es interesante la
actitud de Teresa frente al miedo a Dios por parte de ciertas espiritualidades
que no la atraen en nada); agradar, como agrada una flor, como la sencillez de
una margarita. Así Teresa empieza a encontrarse con Dios / Jesús y a enamorarse
de Él. Es aquí, en Él, más que en los textos, creo yo, que ella descubre el
amor (curiosamente nunca cita 1 Juan 4,8: “Dios es amor”). Y creo que aquí
radica el primer paso de su misticismo. Ella va sabiendo que así es Dios y así
quiere ser. Y hacer. Con ese Dios se va encontrando – por ejemplo, en el “libro
de la naturaleza” – y Él le da la clave de interpretación de todo, de los
Evangelios, de los santos y la santidad, de su vida toda.
Jesús ha
querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la
naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y
que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde
violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que,
si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala
primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florcitas... (MsA
2vº)
El excelente rabino y teólogo,
Abraham J. Herschel, en su libro sobre los Profetas (1962) dice algo
maravilloso: los profetas pueden hablar de parte de Dios porque tienen “simpatía”
con Dios (de syn, “con” y pathos, “sentir”), es decir sienten
como y lo que Dios siente en los distintos momentos; podríamos llamarlo “sintonía”.
Los profetas, entonces, Teresa ahora, sienten como Dios. Su unión es tal
(misticismo, fusión, como la gota de agua en el océano) que puede hablar con
toda libertad porque es Dios el que habla con y en ella. Y el Dios que muestra
en palabras y escritos, en actitudes y silencios se parece a ese Dios que ella
ha encontrado.
El amor
llama al amor. Por eso, Jesús mío, mi amor se lanza hacia ti y quisiera colmar
el abismo que lo atrae. Pero, ¡ay!, no es ni siquiera una gota de rocío perdida
en el océano... Para amarme como tú me amas, necesito pedirte prestado tu
propio amor. Sólo entonces encontraré reposo (MsA 35rº)
Causarle placer a Dios,
agradarle, permitirle descansar, jugar, sonreír… ese es el Dios con el que
Teresa se va encontrando. No es el Dios patriarcal, autoritario, siempre
enojado y maltratador de los humanos por sadismo o crueldad. Y ese Dios se
relaciona con ella, con nosotros, desde ese su ser… Obviamente es, también, así
que nos relacionamos con él. Acá empieza el amor; acá lo encuentra. Y desde el
amor lee los Evangelios, lee la vida en la comunidad, y lee todo.
Cuando fue proclamada Doctora de
la Iglesia, fue por reconocerse en ella:
La ciencia
del amor divino, que el Padre de las misericordias derrama por Jesucristo en el
Espíritu Santo, es un don, concedido a los pequeños y a los humildes, para que
conozcan y proclamen los secretos del Reino, ocultos a los sabios e
inteligentes: por esto Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y bendijo
al Padre, que así lo había establecido (cf. Lc 10, 21-22; Mt
11, 25-26) (Juan Pablo II, Divini Amoris Scientia).
Así lo dice Teresa en medio de su
crisis y su noche:
Sin mostrarse,
sin hacerme oír su voz, Jesús me instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de
libros, pues no entiendo lo que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase
como la que he encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en
el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará
todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde está
contenida la ciencia del amor».
¡La ciencia
del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No
deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me
parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada
todavía... Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda
hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono (MsB
1rº).
Creo que aquí radica la clave. No
se trata de subir hacia Dios con esfuerzos, sacrificios y obras y méritos que –
además – debieran ser “calculados”. Se trata de un encuentro de amor. Encuentro
que no olvida que “él nos amó primero”, que para abrazar a Jesús padre-madre
necesitamos que él se abaje hasta nuestra pequeñez para elevarnos (o sentarnos)
en su seno. Es que “es propio del amor abajarse” y de encontrarnos con él en
familia se trata. Así podemos descubrir que todo en la vida de los seguidores
de Jesús debe tener que ver con el amor y nada sin él; pero para saberlo y
descubrirlo todo empieza en ese encuentro, se nutre en ese encuentro y
permanece en ese encuentro; “tratar de amistad”. “En el corazón de mi
madre, la Iglesia ¡yo seré el amor!” Humildemente (es que “¡la humildad,
es la verdad!”).

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