miércoles, 30 de septiembre de 2026

Algo que aprendí de Teresa…

Algo que aprendí de Teresa…

Eduardo de la Serna


Es interesante – e importante – pero no me detendré en eso, la centralidad que en tiempos de Teresa se daban a las obras, los méritos, la obediencia, es decir, lo “religioso”. Importante porque ayuda a mostrar su creatividad, su osadía, su libertad, su docilidad al Espíritu Santo, su encuentro con el Evangelio…

Pero dejando eso de lado, entonces, me llama la atención como ella cambia el eje y pone toda su mirada en el amor. Curiosamente, si miramos los Evangelios sinópticos el término amor / amar no es tan importante. Veamos brevemente:

En Marcos la raíz agap— [amor, amar…] se encuentra 8 veces; en 3 se señala que Jesús es el “hijo amado” de Dios y en las restantes, 3 en el diálogo de Jesús con el escriba sobre el mandamiento mayor para los judíos, y se señala que Jesús ama la respuesta inicialmente positiva del rico En Lucas se encuentra 16 o 17 veces, dos (o tres, según una variante textual) refiriendo al “hijo amado” de Dios, una vez en relación al mandamiento principal, 6 veces sobre el amor a los enemigos, tres veces en un sentido común (amar al pueblo, amar ser saludado, amor de esclavo a un amo), tres en relación al perdón y una señalando la centralidad del amor y la justicia (11,42). En Mateo la encontramos 12 veces, varias están en común con Lucas, seguramente tomadas de la fuente que tienen en común [Q]: el amor a los enemigos (3x), el amor del esclavo, y tomadas de Marcos, el hijo amado de Dios (2x), el mandamiento principal (2x), una cita de Isaías sobre el “Siervo amado”, la importancia del amor “al prójimo” y una referencia escatológica que con el crecimiento de la maldad se “enfriará” el amor de muchos… Como es fácil de imaginar, en Juan el tema crece exponencialmente (y ninguna de estas citas anteriores se encuentra en el Cuarto Evangelio); ¡la encontramos 43 veces! Lo interesante es que en la primera parte del Evangelio (1-12) solo se encuentra 8 veces mientras que el amor ocupa un lugar central en toda la segunda parte (13-21), en la que Jesús se manifiesta abiertamente.  Así comienza solemnemente: “habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo” (13,1). El amor se presenta como mandamiento, porque se invita a los herederos de Jesús a recibir su testamento; vivir como él vivió los transforma en tales. Precisamente por eso, el discípulo ideal se presenta como “discípulo amado”. Salvando Juan, entonces, difícilmente se podría decir que el amor es el corazón del seguimiento de Jesús y que nada hay sin amor.

Si miramos san Pablo [y los escritos de la tradición paulina] algo cambia, pero hay que decir que Teresa se concentró mucho más en los evangelios que en el Apóstol (a modo meramente estadístico, en La Bible avec Thérèse de Lisieux [Cerf – DDB 1979], por ejemplo, los textos en los que Teresa cita a Mateo ocupan 36 páginas, en Marcos 11, Lucas 32, Juan 29 y ¡todo Pablo!, solo 16 páginas). En Pablo el tema es muy diferente: las palabras de la raíz agap— las encontramos en Romanos 24x, 1 Corintios 18x, 2 Corintios 15x, Gálatas 5x, Efesios 22x, Filipenses 7x, Colosenses 11x, 1 Tesalonicenses 8x, 2 Tesalonicenses 5x, 1 Timoteo 6x, 2 Timoteo 7x, Tito 1x, Filemón 5x (es decir, un total de 134 veces); obviamente de los modos y sentidos más diversos, pero ciertamente en Pablo sí ocupa un lugar central.

Pero, entonces, si Teresa no cita demasiado a Pablo, pero sí los Evangelios y el tema del “amor” es mucho más frecuente en aquel que en estos, ¿de dónde toma Teresa la centralidad del amor?

Me parece entender que el proceso que sigue Teresa es diferente. Ella va conociendo a Dios / Jesús y se va enamorando. Ciertamente en ese encuentro con Jesús influyen decenas de cosas: su propia sensibilidad, su experiencia y catequesis familiar (particularmente su papá), sus lecturas, en las que el Evangelio ocupa un lugar principal, como ella lo dice, su amor a algunos santos particularmente (y su no mucho amor por otros, al menos según lo que le han contado de ellos), las experiencias positivas y negativas que vive en su vida en el Convento y con las hermanas… todo ello le va permitiendo encontrarse con Jesús, pero hacerlo, además, desde su inmensa libertad: no acepta tradiciones piadosas sobre la Virgen, por ejemplo, quiere conocer “la verdad” (palabra muy importante en su itinerario espiritual), no valora tradiciones establecidas, como sacrificios y sufrimientos, no acepta cosas que “siempre se hicieron así”, muchas de las cuales, en el fondo, simulando generosidad y sacrificio esconden soberbia y orgullo, como los “actos de ofrenda a la justicia divina” que tanto miedo provocaban a muchas monjas (como a su hermana María del Sagrado Corazón).

De su padre y del jardín de Buissonnets aprendió a disfrutar la belleza de las flores, sean las más importantes o las más sencillas (algo que, poco tiempo después, también reveló Etty Hillesum). Agradar a Dios, ya no obedecerlo, mucho menos aún temerlo (es interesante la actitud de Teresa frente al miedo a Dios por parte de ciertas espiritualidades que no la atraen en nada); agradar, como agrada una flor, como la sencillez de una margarita. Así Teresa empieza a encontrarse con Dios / Jesús y a enamorarse de Él. Es aquí, en Él, más que en los textos, creo yo, que ella descubre el amor (curiosamente nunca cita 1 Juan 4,8: “Dios es amor”). Y creo que aquí radica el primer paso de su misticismo. Ella va sabiendo que así es Dios y así quiere ser. Y hacer. Con ese Dios se va encontrando – por ejemplo, en el “libro de la naturaleza” – y Él le da la clave de interpretación de todo, de los Evangelios, de los santos y la santidad, de su vida toda.

Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que, si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florcitas... (MsA 2vº)

El excelente rabino y teólogo, Abraham J. Herschel, en su libro sobre los Profetas (1962) dice algo maravilloso: los profetas pueden hablar de parte de Dios porque tienen “simpatía” con Dios (de syn, “con” y pathos, “sentir”), es decir sienten como y lo que Dios siente en los distintos momentos; podríamos llamarlo “sintonía”. Los profetas, entonces, Teresa ahora, sienten como Dios. Su unión es tal (misticismo, fusión, como la gota de agua en el océano) que puede hablar con toda libertad porque es Dios el que habla con y en ella. Y el Dios que muestra en palabras y escritos, en actitudes y silencios se parece a ese Dios que ella ha encontrado.

El amor llama al amor. Por eso, Jesús mío, mi amor se lanza hacia ti y quisiera colmar el abismo que lo atrae. Pero, ¡ay!, no es ni siquiera una gota de rocío perdida en el océano... Para amarme como tú me amas, necesito pedirte prestado tu propio amor. Sólo entonces encontraré reposo (MsA 35rº)

Causarle placer a Dios, agradarle, permitirle descansar, jugar, sonreír… ese es el Dios con el que Teresa se va encontrando. No es el Dios patriarcal, autoritario, siempre enojado y maltratador de los humanos por sadismo o crueldad. Y ese Dios se relaciona con ella, con nosotros, desde ese su ser… Obviamente es, también, así que nos relacionamos con él. Acá empieza el amor; acá lo encuentra. Y desde el amor lee los Evangelios, lee la vida en la comunidad, y lee todo.

Cuando fue proclamada Doctora de la Iglesia, fue por reconocerse en ella:

La ciencia del amor divino, que el Padre de las misericordias derrama por Jesucristo en el Espíritu Santo, es un don, concedido a los pequeños y a los humildes, para que conozcan y proclamen los secretos del Reino, ocultos a los sabios e inteligentes: por esto Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y bendijo al Padre, que así lo había establecido (cf. Lc 10, 21-22; Mt 11, 25-26) (Juan Pablo II, Divini Amoris Scientia).

Así lo dice Teresa en medio de su crisis y su noche:

Sin mostrarse, sin hacerme oír su voz, Jesús me instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase como la que he encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde está contenida la ciencia del amor».

¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada todavía... Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono (MsB 1rº).

Creo que aquí radica la clave. No se trata de subir hacia Dios con esfuerzos, sacrificios y obras y méritos que – además – debieran ser “calculados”. Se trata de un encuentro de amor. Encuentro que no olvida que “él nos amó primero”, que para abrazar a Jesús padre-madre necesitamos que él se abaje hasta nuestra pequeñez para elevarnos (o sentarnos) en su seno. Es que “es propio del amor abajarse” y de encontrarnos con él en familia se trata. Así podemos descubrir que todo en la vida de los seguidores de Jesús debe tener que ver con el amor y nada sin él; pero para saberlo y descubrirlo todo empieza en ese encuentro, se nutre en ese encuentro y permanece en ese encuentro; “tratar de amistad”. “En el corazón de mi madre, la Iglesia ¡yo seré el amor!” Humildemente (es que “¡la humildad, es la verdad!”).


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