La mujer de un levita
Eduardo
de la Serna
En la Biblia, no todos los
textos que podemos leer son lo que se dice “edificantes”. Hay textos difíciles,
e incluso, algunos que son de terror. Veamos aquí uno de ellos, quizás el más
duro.
En el libro de los Jueces, en
el cap. 19 se nos informa de la concubina de cierto levita. Ya el hecho de que
se la presente como tal indica que no tiene la categoría (ni los derechos) de
una esposa; no está en el nivel de una esclava, pero no es demasiado más que
eso.
Es interesante notar que en
este texto no se da el nombre de ninguno de los personajes: todos son anónimos,
aunque algunos tengan acción y otra, solo tenga pasión.
Después de un tiempo en pareja
la concubina regresa a la casa paterna, y el levita, decide ir a buscarla
(“para hablarle al corazón”, v.3). El padre de la muchacha recibe
hospitalariamente a su “yerno” y le insiste con frecuencia que permanezca,
coma, duerma con ellos, hasta que, pasados varios días, recién el sexto, el
levita toma a su criado y los asnos que había llevado y lleva consigo a su
concubina (v.10). Es interesante que, aunque viajen los tres (levita, concubina
y criado) en general los verbos están en singular: partió, llegó… Pasan de
largo la localidad de Jebús donde el levita se niega a quedarse por ser “ciudad
de extranjeros” (v.12) y se detiene en Guibeá (ciudad que parecería amable por
ser de Israel). Pero nadie de la localidad les ofrece alojamiento. Más tarde,
un anciano, extranjero, aloja a los peregrinos haciendo gala de la hospitalidad
que es normativa en el mundo antiguo (vv.20-21). Mientras dentro de la casa
“alegran el corazón”, fuera, los habitantes de la ciudad (“gente malvada”, v.22)
le piden al anciano que haga salir al levita a quien quieren violar. El anciano
les ofrece a los ciudadanos a su hija virgen, pero “no cometan semejante
infamia con ese hombre” (v.24; toda esta escena es muy semejante a Gen 19,4-8);
pero, como los de la ciudad insistían, el levita saca afuera a su propia concubina
(y él quedó a salvo). Ella fue abusada por todos durante toda la noche. Al
amanecer ella cae en la puerta de la casa donde permanece tirada hasta que es
de día. El levita sale de la casa “para continuar su camino” (¿y ella?) y la ve
en el piso con las manos en el umbral (v.27). Le dice que se levante para
seguir, pero ella no responde (¿estaba muerta? ¿agonizaba?) por lo que la sube
en un asno para llegar a su casa. Allí toma “el cuchillo” y la descuartiza en
12 partes para enviarlos a todo el territorio de Israel con la consigna ¿se ha
visto alguna vez algo semejante (en Israel)? A lo que la respuesta, obviamente, es negativa.
En 20,4-6, ante la pregunta de “los israelitas” el levita da una versión que lo
exculpa totalmente. El texto continúa con un conflicto bélico entre los
israelitas y los de Benjamín que se niegan a condenar a los de Guibeá. Después
de una serie de momentos inversos, finalmente Benjamín es derrotado (cap. 20).
En el cap. 21 se plantea el problema de repoblar la tribu (porque debe haber 12
tribus en Israel) y nuevamente se plantea el rol de las mujeres (a las que no
se las consulta ni pueden decidir en contrario).
Como se ve, el texto es
terrorífico. El contexto es el de la hospitalidad, primero la del suegro, luego
la del anciano y la “no-hospitalidad” de los habitantes de la ciudad; pero la
hospitalidad que importa es con el varón, la concubina no le importa a nadie,
ni al anciano, ni a los habitantes de Guibeá ni a su propio concubino que es
quien la entrega para ser violada y así salvar su honor.
La mujer no importa: no habla,
no se la consulta (no se le “habla al corazón”), ella había decidido regresar a
la casa paterna, pero simplemente se la va a buscar para que regrese; la
palabra la tienen los varones, la pasión la concubina; y cuando todo ocurre ni
siquiera puede tener una digna sepultura, es expuesta ante todos, su cuerpo
nuevamente es mancillado. Los que deciden, los que opinan, los que importan son
los varones.
En la Biblia no son pocas las
veces que se muestran escenas “fuertes”; se muestra sin excusas el pecado de
Abraham, de Moisés, de David, etc. En este caso, seguramente el más duro, un
momento atroz. Las mujeres, muchas veces son las víctimas de esto (víctimas de
la miseria de Abraham, de David…). La sociedad patriarcal (machista) no dio a
las mujeres el lugar que deben ocupar, el espacio que se les debe reconocer,
los derechos que les pertenecen. Con el tiempo, en el Antiguo Testamento,
empezarán más tardíamente a mostrarse mujeres protagonistas, “verdaderas
israelitas” (Ester, Rut, Judit, etc.). Más adelante, todavía, Jesús y su
movimiento, supo reconocer en las mujeres verdaderas discípulas y verdaderas
hermanas. Esto no quita que muchas veces estos pasos adelante sufrieran
retrocesos, crueldades y feminicidios, pero para Jesús, los y las discípulos
son de verdad “mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,35).
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/La_concubina_del_Levita

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