La Teología de la liberación sigue floreciendo
Eduardo de la Serna
Como
es sabido, la Teología de la Liberación pasó y pasa por distintos estadios.
Surgida
en diferentes lugares y confesiones en el tránsito entre las décadas del 60 y
el 70, suele llevar su nombre originado en el libro de Gustavo Gutiérrez, “Teología
de la Liberación. Perspectivas”, aunque – ya en ese mismo tiempo – hubo
conferencias con el mismo título (por ejemplo. de Eduardo Pironio y Lucio Gera).
Con el auge de la teología política, teología de la esperanza y teología del
desarrollo, la centralidad en la “liberación” le dio a este “hablar de Dios”
otra centralidad. La “liberación”, repetía Gutiérrez, es un tema bíblico.
Me
permito un breve señalamiento para una mejor comprensión.
- Como
dije, la teología de la liberación (TL) no nace “católica” sino “ecuménica”;
algunos teólogos (y rápidamente también teólogas) protestantes también
empezaron a “vivir y pensar” TL.
- Desde
el comienzo, al menos en muchos de los teólogos de la liberación, no se
pensaron como una “teología de genitivo” (teología acerca de la liberación, es
decir, la liberación como tema) sino un pensar “desde” un “lugar”. La experiencia
de dependencia-liberación era el punto de partida necesario.
- La
experiencia – la vida – fue luego pensada y razonada (hablada y escrita), de
allí que la teología de la liberación se perciba a sí misma como un “acto
segundo”, o como un “intellectus amoris”.
- Esto
ayuda a entender que muchos de los primeros trabajos de TL nacen más como
artículos pastorales o charlas / conferencias, luego ampliados una y otra vez.
La TL y sus teólogos no son teólogos de escritorio.
Como
se ve, el tema es vasto. La situación de América Latina y sus ampliaciones o
paralelos en África, Asia y también en otros ambientes urgidos de liberación
(feminismo, negritud, indígenas…) ampliaba y amplía más y más el horizonte. Una
aclaración breve: el feminismo – o mejor, los feminismos – y sus corrientes de pensamiento,
son anteriores a la TL, y por momentos corrieron paralelos sin –
lamentablemente – tocarse e iluminarse mutuamente. En muchas exponentes (y
pocos exponentes masculinos) pareciera haber hoy un acercamiento que solo puede
enriquecer a unas y otros. Las teologías feministas merecen también una
reflexión y sistematización que escapan a lo que acá pretendo, pero no por ello
dejo de señalarlas, recordarlas y agradecerles.
Señalemos,
para no ser injustos, que la TL fue ferozmente combatida, especialmente en el invierno
eclesial con Juan Pablo II, Joseph Ratzinger, y personajes como Alfonso López
Trujillo y sus adláteres (Darío Castrillón y Antonio Quarraccino
especialmente). La censura de muchos teólogos en Puebla (el caso de Gustavo
Gutiérrez es emblemática; López Trujillo lo consideraba su gran enemigo) se
amplió más aún en Santo Domingo. El tema se apaciguó en Aparecida,
aparentemente por influencias del cardenal Errázuriz, a la sazón presidente del
CELAM.
A
modo sintomático señalemos un aspecto fácil de comprender. Obviamente, por una
cuestión biológica, por una parte, y una cuestión editorial por otra, los
escritos (y escritores) de TL empezaron a ser menos frecuentes y menos
conocidos (la crisis editorial todavía continúa si no se ha agravado). No podemos
ignorar que algunas colecciones, que habían comenzado a publicarse, fueron censuradas
y hasta prohibidas en el “Invierno”. Esto llevó a una astuta “campaña
publicitaria” que afirmaba que caído el muro de Berlín fue muriendo la teología
de la liberación, lo cual era un modo evidente de afirmar que esta teología era
marxista. En esa misma línea, para “llevar agua para su molino”, fue
sintomático el intento de personajes como Antonio Quarraccino de distinguir la
teología del pueblo de la teología de la liberación (cosa que en algunos
ambientes todavía continúa; incluso en artículos de Juan Carlos Scanonne de
aquellos tiempos, se ponía en duda la comunión de ambas).
Pero,
con los límites y riquezas propios de cada caso, se siguió “viviendo y pensando”
TL. Y se sigue.
El
papado de Francisco permitió que ciertos teólogos cobraran nuevos aires, y me
permito -a modo meramente ilustrativo – mencionar tres ejemplos: Gustavo
Gutiérrez fue invitado a Roma a participar de un encuentro del que participó
también el papa; Leonardo Boff influyó claramente en la encíclica Laudato Si y
Víctor Codina fue saludado y abrazado efusiva y afectivamente en el viaje papal
a Bolivia. De hecho, a partir del papado de Francisco, Leonardo Boff retomó el
viejo tema sobre si la Teología del Pueblo era o no considerada Teología de la Liberación,
dando un clarísimo ¡sí! a ese interrogante. Muerto Gustavo Gutiérrez se publicó
póstumamente una obra en la que venía trabajando por años (Vivir y pensar el
Dios de los pobres, Lima: CEP 2025) y el prefacio es ¡del papa Francisco!
(donde reitera que la teología del pueblo es teología de la liberación).
Señalo
todo esto porque encuentro, en estos días, diferentes textos que me parece no
son acabados o complexivos. Se señala, por ejemplo, la desaparición de varios
de ellos:
“Sin Gustavo Gutiérrez O.P., Enrique
Dussel, Franz Hinkelammert, Ignacio Ellacuría, Juan Luis Segundo, Jon Sobrino,
Pedro Casaldáliga, Mons. Romero, entre otros que sirvieron de referentes, la
Teología y Filosofía de la Liberación deben regresar en América Latina”.
Evidentemente
los nombres escogidos son simbólicos, monseñor Romero no era teólogo, Jon
Sobrino todavía vive, por ejemplo. Y se omiten nombres como Ronaldo Muñoz,
Josef Comblin, Víctor Codina, Juan Bautista Libanio o Elsa Tamez, por ejemplo,
y – curiosamente – se omiten totalmente nombres de la Teología del pueblo
(Lucio Gera, Rafael Tello, y – ya que señala también filósofos – Juan Carlos
Scannone). Además, la ausencia (lamentablemente nos vamos acostumbrando a eso)
de biblistas: Pablo Richard, J. Severino Croatto, Milton Schwantes y Carlos Mesters
(que vive, todavía). Y, reitero, además de la ausencia de grandes teólogas
feministas de América Latina; además que no pueden ignorarse autores europeos
que también han aportado claramente al pensamiento teológico latinoamericano (señalo
solamente a modo de ejemplo a J. B. Metz, C. Duquoc y J. I. González Faus por
hacer referencia a tres países diferentes y autores que ya no viven). Llamativamente,
se destaca que esos teólogos deben retoñar (quizás ignorando que retoños hay, y
varios de ellos ya llevan años floreciendo). Pero, curiosamente, en sendos
trabajos, se ven – como retoños – nombres extraños (y ausencias llamativas). Se
mencionan “nombres (que), son hoy referentes del pensamiento católico
latinoamericano y logran dialogar con las problemáticas de un mundo globalizado”.
Y que, al igual que los nombres referidos del pasado me surgen preguntas:
Emilse Cuda no es feminista, por cierto, Rodrigo Guerra o Rafael Luciani no
están ni remotamente cerca de la TL, y, de la lista señalada, solo Consuelo Vélez
sería acabadamente parte razonable de la misma. Y llaman la atención las
ausencias… por ejemplo – además de los mencionados y mencionadas – de Jorge
Costadoat, Carlos Suzin, Agenor Brighenti (y, quizás también, de Carlos
Schickendantz) por no mencionar a quienes se perciben como herederos de la
teología del pueblo, aunque estos seguramente no se referencien en la TL.
Una
de las cosas que aprendí en la facultad de teología de Buenos Aires fue que no
todos (en realidad, casi ninguno) de los profesores, que eran latinoamericanos,
pensaban “desde” América Latina, y, mucho menos que su pensamiento fuera un “acto
segundo” desde la experiencia y urgencia de liberación (hoy, quizás, más
urgente que ayer) que buscara «vivir y pensar el Dios de los pobres». Celebro,
sin embargo, que – como repetía irónicamente Pedro Casaldáliga, “resucitaremos,
¡aunque nos cueste la vida!”
Foto tomada de https://pixnio.com/es/plantas/flores/cacto/hermosas-cactus-flores
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