“Crees, luego no existes” (Jaap)
Eduardo de la Serna
… Cuando
leo el catecismo del concilio de Trento, me da la impresión de que no tengo
nada en común con la religión que en él se expone. Cuando leo el Nuevo Testamento,
los místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma
de certeza que esa fe es la mía o, más exactamente, que sería la mía sin la
distancia que entre ella y yo pone mi imperfección. Esto hace penosa la
situación espiritual, me gustaría que esta fuera no menos penosa pero sí más
clara. Cualquier sufrimiento es aceptable en la claridad.
Y
comienza:
Voy a
enumerarle cierto número de pensamientos que habitan en mí desde hace años o al
menos algunos.... Le pido una respuesta firme sobre la compatibilidad o
incompatibilidad de cada una de estas opiniones con la pertenencia a la iglesia.
Y
finaliza todo su extenso interrogatorio diciendo:
Estos
problemas son hoy de una importancia capital, urgente y práctica. Pues
como toda la vida profana de nuestros países viene directamente de
civilizaciones “paganas”, mientras subsista la ilusión de un corte entre el
llamado paganismo y el cristianismo, este no será encarnado, no impregnará toda
la vida profana como debiera, quedará separado y, en consecuencia, no activo. ¡Cuánto
cambiaría nuestra vida si se viera que la geometría griega y la fe cristiana
han brotado de la misma fuente!
Lo
que me importa señalar aquí es que Simone es absolutamente coherente (y con la
hondura y seriedad que la caracterizó toda su vida) con el planteo de su tiempo
en lo que se ha llamado la Religionsgeschichte, la Escuela de la
historia de la Religión (corriente particularmente vigente desde fines del s.
XIX hasta la Segunda gran Guerra). Es decir, entender (desde una cierta lectura
enciclopédica) el cristianismo en coherencia o sintonía con lo que se fue
descubriendo de las antiguas religiones y pensamientos filosóficos… Ciertamente,
hoy hay nuevos elementos para dar respuesta a sus planteos que no los había
entonces, pero nada más razonable, en su tiempo, que formularlos,
particularmente desde su particular conocimiento de la filosofía griega.
Pero
lo que me interesa – en paralelo con esto – precisamente por la coherencia con
el pensamiento propio de su tiempo, es el conflicto de Etty Hillesum con su
hermano Jaap (con quien no tenía una buena relación), el cual era médico. Dice
Etty en su diario:
En una
ocasión, durante una fase enfermiza, me escribió en el encabezamiento de una
carta: «Cogito, ergo sum. Credis, ergo non es» Y creo que hoy en día,
esta sigue siendo la contradicción entre nosotros, que, seguramente resulta
insalvable (30 de octubre 1941)
Y
creo que el pensamiento de Jaap (pienso, luego existo; crees, luego no eres) es expresión – particularmente en ciertos
ambientes – del sentir de su tiempo. Creer es algo propio de mentes ignorantes,
de “la fe del carbonero” ... el conflicto “insalvable” – se decía – entre “fe y
ciencia” lleva a entender que creer en Dios es propio de mentes primitivas.
Ciertamente,
en la actualidad, en la que la ciencia ha aprendido a ser más humilde, y los “dogmas”
menos clausurados en la letra, mucho de esto ha aprendido a entrar en diálogo. Me
resulta curioso – debo reconocerlo – que en algunos ambientes ilustrados, y
pienso particularmente en la izquierda argentina (no en el resto de América
Latina en general), que pareciera que se han quedado en tiempos idos, y les
resultaría incomprensible entender aquello de que mis hermanos “todos son
comunistas con el favor de mi Dios” (Violeta Parra), por no aludir a “Líbranos
de aquel que nos domina/ en la miseria/ Tráenos tu reino de justicia/ e
igualdad” de Víctor Jara, o “¿Dónde pongo lo hallado?/ en la tierra, en tu
nombre,/ en la Biblia, en el día/ que al fin te he encontrado” de Silvio
Rodríguez. Y no se entienda que me refiero a que ellos sean cristianos, sino
simplemente a que no tienen una militancia tipo “ergo non es”,
sencillamente.
Las
puertas abiertas dentro de la Iglesia católica romana, por el Concilio Vaticano
II (puertas que, desde entonces, tantos intentan volver a cerrar, y con
cerrojos varios, para más “seguridades”) supieron poner al pensamiento en
diálogo con la ciencia, la cual ya no era vista como enemiga, sino como
compañera de camino. Camino siempre desafiante, camino siempre con nuevas preguntas,
camino con crisis y encuentros… caminos, ¡simplemente! Eso no implica que de un
lado u otro de la fe o de la ciencia no surjan, cada tanto, falsas seguridades
que miren al otro como un “non es” olvidando sistemáticamente, que lo primero
que nos constituye a unos y otros es formular preguntas y no atarse demasiado a
certezas que la vida misma se ocupa de hacer tambalear. Simone se formulaba
preguntas, y vivió con ellas, aunque le resultara “penoso”, pero sabiendo que “cualquier
sufrimiento es aceptable en la claridad”. Etty fue encontrando a Dios hasta llegar
a decir: “Voy a leer de nuevo a San Agustín. Es tan austero y tan
ferviente. Y tan lleno de sencilla devoción en sus cartas de amor a Dios. En
verdad, esas son las únicas cartas de amor que uno debería escribir: cartas de
amor a Dios” (9 de octubre 1942). Es comprensible, en su tiempo, la crítica de
Jaap (y, quizás, la no respuesta del dominico a Simone), pero en nuestro
tiempo, ambas místicas nos han dejado huellas para poder intuir hoy que también
es sensato decir “Credo, ergo sum”.
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