jueves, 7 de marzo de 2024

Job, ¿el paciente?

Job, ¿el paciente?

Eduardo de la Serna



Antes de comenzar a presentar al personaje llamado “Job”, que se encuentra en el libro que lleva su nombre, señalemos algunos elementos que pueden ayudar a evitar equívocos. Fuera de este libro, se hace referencia a “Job” en 3 textos: en la llamada carta de Santiago (5,11) donde se habla del “aguante”, la “resistencia” de Job y cómo Dios fue compasivo con él; y en el profeta Ezequiel (14,14.20) donde se habla de tres personajes “emblemáticos”: “Noé, Dan(i)el y Job”, característicos por su justicia, es decir, su fidelidad a Dios. Se trata de tres personajes ideales. Por otra parte, es bueno señalar que el libro de Job no se trata de una “biografía” ni nada por el estilo; es una suerte de “obra de teatro”, o “parábola”, como hay otras en la Biblia y en la cual se toma el nombre de uno de estos personajes “idealizados” para "decir algo". Por tanto no es conveniente pensar en situaciones concretas y personajes reales.

Como es característico en muchos pueblos –y todavía en nuestro tiempo- siempre resulta escandaloso y extraño entender por qué tantas veces al bueno le va mal y al malo le va bien en la vida. Especialmente si se supone que Dios bendice y castiga las obras buenas o malas de los seres humanos. El autor, entonces, compone un texto en el que un hombre justo, religioso y bueno (1,1-5) pierde todos sus bienes (1,13-18), sus hijos (1,18-19) y su salud (2,7-10). El lector sabe que esto tiene que ver con una suerte de “apuesta” hecha en la corte celestial entre Dios y el “fiscal” de la corte (“satán”, que así se llama, quiere decir “acusador”; ver Ap 12,10). Lo que ellos han debatido es si la religiosidad de Job es “gratuita” –como afirma Dios- (1,8; 2,3) o si –por el contrario- se debe a que fue bendecido con bienes, como sostiene el acusador (1,9-11; 2,4-5). Dios, entonces, lo autoriza a que pierda todo (recordar que es una “novela”, ya que si no, sería escandaloso) (1,12; 2,6): y pierde bienes, ganados, hijos, salud… es decir, todo aquello en lo que habría sido bendecido. Este es el planteo de la situación: Job, de golpe, pierde todo, pero mantiene su religiosidad (1,20-22; 2,8-10). Entonces comienza el cuerpo de la obra, tres amigos vienen a consolarlo (2,11-13), pero lo hacen defendiendo la teología tradicional: le afirman que si perdió todo, es porque que Dios lo castigó. Y si Dios lo castigó es porque es un pecador. Job, que no sabe por qué le ocurrió su desgracia, les dirá que él, pecador no es. Los amigos cada vez se ponen más vehementes y violentos ya que al decir eso, Job aparece –según ellos- como afirmando que Dios es “injusto”. Los amigos quieren “defender a Dios”, al que suponen “mal tratado” por Job a causa de su infidelidad. El texto está armado como tres largos ciclos de intervención de un amigo, respuesta de Job, intervención del segundo amigo, respuesta… (caps. 3-37). A medida que pasan las respuestas de Job, que no deja de defenderse, los amigos cada vez son más agresivos: lo acusarán de idólatra, de injusto, de pecador; lo cual, obviamente, Job negará. El problema es que cuando Job se defiende afirmando que él no es pecador como para merecer eso, los amigos –que se guían con la teología tradicional (ver 4,7)- entienden que Job está “hablando mal” de Dios, lo cual es muy grave. Lo que ellos nunca pudieron darse cuenta es que lo que estaba “fallando” no era el discurso de Job sino la “teología” que ellos tenían.

Después de la larga lista de discursos alternados entre los amigos y Job, y la intervención de un cuarto amigo (cap. 32-37), se produce la intervención de Dios (cap. 38-41). “Ahora me toca a mí”, parece decir. “Ustedes ya hablaron, ahora hablo yo”. Y se dirige a Job. Se puede decir que lo primero que Dios hace con Job es “ponerlo en su lugar”. Es decir, en su defensa Job más de una vez estuvo cerca de cuestionar a Dios y su obrar y Dios le dice: “¿dónde estabas?” (38,4), a ver, “¡explícame…!” (38,3; 40,7) con mucha ironía. Pero luego de hacerlo, y notar que Job se arrepiente de haber avanzado más de lo debido (40,4-5; 42,1-6), Dios se dirige a los amigos cuestionándoles su teología. Ellos creían defender a Dios, pero, en la práctica, estaban hablando mal. Ellos creían que era Job el que estaba “mal-diciendo” cuando en realidad eran ellos quienes lo hacían (42,7). Y Dios termina diciéndoles que ellos deben pedir a Job que interceda por ellos a fin de que Dios los perdone (42,8).

Como se ve, Job es un personaje literario; allí el autor pretende ayudarnos a conocer mejor a Dios (eso es “teología”). Muchas veces creemos que Dios está o dice lo que es más bien una creación nuestra. Job nos invita a “dejar a Dios ser Dios”, y a saber que una fe gratuita –y no que espera una intervención de Dios que nos premie por nuestra justicia o castigue a los injustos- es una fe donde Dios reconoce que estamos “hablando bien” de Él.


Imagen de Job pintada por Caravaggio tomada de http://es.catholic.net/op/articulos/61741/enviado61741.html

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