Un límite a la humanidad magnífica
Eduardo de la Serna
En lo personal tengo a San
Agustín en una estima altísima. Para mí – obviamente se puede opinar distinto –
es de los grandes pensadores y teólogos cristianos de todos los tiempos. ¡De
los más grandes! Por supuesto que eso no significa ignorar muchos de sus
límites, gran parte de los cuales fácilmente se entienden en su tiempo, su
cultura, su historia… Su posición negativa, por ejemplo, frente a las mujeres o
a los judíos, difícilmente puedan hoy sostenerse, pero, seguramente, esto debe
ubicarse en su contexto. Otro elemento, que es al que quiero referirme, es su clara
postura platónica. Difícilmente podría – en ese tiempo – intentar pensar la fe
y la vida cristiana sin la ayuda del platonismo (y neo-platonismo), lo cual –
ciertamente – no significa que debamos hoy asumirla (y, menos aún,
acríticamente). Dentro de esto, además, claramente puede ubicarse su lectura de
la Biblia, lectura que hoy es desaconsejada en los mismos textos magisteriales.
Señalo esto porque, en Ciudad de
Dios, Agustín dice claramente:
Por
consiguiente, dos amores construyeron dos ciudades, el amor a sí mismo hasta el
desprecio de Dios la terrena, y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo
la celeste. Aquélla se gloria en sí misma, ésta en el Señor. Pues aquélla exige
de los humanos la gloria, pero para ésta la máxima gloria consiste en tener a
Dios por testigo de su conciencia. Aquélla levanta la cabeza en su vanagloria,
ésta dice a su Dios: Gloria mía, tú levantas mi cabeza [Salmo 3,4]. A aquélla
la domina el ansia de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete, en
ésta se sirven mutuamente en la caridad los dirigentes gobernando y los
súbditos obedeciendo. Aquélla ama su fortaleza en sus poderosos, ésta dice a su
Dios: Te amo, señor, mi fortaleza [Salmo 17,2]. Por ello, en aquélla sus
sabios, que viven conforme al hombre, han perseguido los bienes de su cuerpo o
su alma, o de ambos, o quienes pudieron conocer a Dios, ni le glorificaron como
Dios ni le profesaron agradecimiento, sino que se extraviaron en sus pensamientos
y su corazón ignorante se oscureció; al afirmar que eran sabios (es decir,
exaltándose en su sabiduría bajo el dominio de su soberbia) se hicieron necios
y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes corruptibles
semejantes al hombre, a las aves, a los cuadrúpedos y a los reptiles (pues
fueron conductores o seguidores de los pueblos en la adoración de imágenes
semejantes), y rindieron culto y sirvieron a la criatura antes que al Creador,
que es bendito por todos los siglos [Romanos 1.21-24], pero en ésta no existe
ninguna sabiduría humana salvo la piedad, por la que rinde el culto apropiado
al Dios verdadero, esperando en la sociedad de los santos, tanto de los seres
humanos como de los ángeles, el premio siguiente: que Dios lo sea todo en todas
las cosas [Romanos 1,25].
[San Agustin, Ciudad
de Dios XIV,28]
Y, creo que es evidente, este es
el esquema desde el que parte León XIV (¡agustino!) en su reciente encíclica Magnifica
Humanitas.
Como puede verse en esta
encíclica, el punto de partida (y de conclusión) es la lectura bíblica de la
construcción de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén en
tiempos de Nehemías. Creo que ninguno de ambos textos dice – al menos en lo fundamental
– lo que el Papa dice que dicen, pero bien parece una lectura hecha en clave
“dos ciudades” agustiniana. Babel – que es Babilonia – es la edificación de un
imperio, y la desmesura imperial exige que exista una sola y única lengua. La
dispersión y la multiplicidad de lenguas es un acto de resistencia anti
imperial, y algo provocado por Dios que toma partido por las víctimas de la
violencia y la opresión. La lengua propia (el hebreo, por caso) es
evidentemente algo querido por Dios. Nehemías es sirviente imperial; la
reconstrucción de las murallas de Jerusalén son algo querido (¡y financiado!)
por el imperio persa para evitar la presencia egipcia en la región. Pero,
además, en el texto referidos por León, se destaca la gran oposición a dicha reconstrucción
(especialmente por los samaritanos y los pueblos vecinos), pero también, cómo
dicha actitud perjudica a los pobres, algo frente a lo que Nehemías debe
reaccionar. Todo esto queda, además, complementado – por el Papa – con la Jerusalén
del Cielo, del Apocalipsis sin que él señale nada, en este caso; ¿es la Iglesia
(como es posible)? ¿es un planteo de escatología final, y por tanto sin
constructores humanos? Nada de eso se dice en la encíclica (la cual,
extrañamente añade una tercera a las dos ciudades).
Pero, para más, si excluimos
estos textos, que, como dije, estructuran toda la encíclica, la Biblia y los
Padres de la Iglesia (con excepción de Agustín) están totalmente ausentes del
texto. Y acá mi pregunta… ¿Se puede hacer verdadera y seria teología católica
sin tener en cuenta la Palabra de Dios y la Tradición, de la que los Padres son
mojones fundamentales? Sinceramente creo que no. Creo que será un aporte
interesante, un texto quizás humanista, quizás una reflexión piadosa (y
espiritualista en el sentido neoplatónico) pero no creo que sea un texto
verdaderamente teológico. ¿Será Magisterio? Ciertamente, para empezar, la clave
estará dada por la Recepción, algo que sabremos con el tiempo (y no me refiero
a semanas o meses) … Lamentablemente hay
textos dizque magisteriales en los que la Biblia está ausente (o usada de modo
meramente decorativo), pero – de nuevo me refiero a mi mirada – sigo lamentando
la ausencia de lo bíblico. Irónicamente he dicho (y repito) que los que se
autoperciben “magistres” magisteriales, harían bien en sacar de los documentos
del Concilio Vaticano II la Dei Verbum (la maravillosa Dei Verbum, aclaro), al
menos para no quedar como teólogos esquizoides, o que sostienen algo que, al
menos en la práctica, manifiestan no creer. Es bueno destacar que muchos de los
primeros Padres señalaban la divinización del ser humano gestada en la
encarnación (“Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios”; “lo que no
es asumido no es redimido”, etc…). Es interesante señalar que el “humus común”
en estas temáticas ha hecho confundir en más de una ocasión a los autores; hay expresiones
semejantes o afines en varios Padres y por eso se han atribuido, erróneamente, con frecuencia
la primera cita a Agustín y la segunda a Ireneo (incluso así ocurre en el documento de Puebla
400)
- · … que estés entre aquellos a quienes se concedió llegar a ser hijos de Dios. En efecto, Dios quiere hacerte dios, no por naturaleza, como lo es aquel a quien engendró, sino por don suyo y por la adopción. [Agustín, Sermón 166.4]
- · Tal es la razón por la cual el Verbo se hizo hombre y el Hijo de Dios, hijo del hombre; es por la cual el hombre se intercambia con el Verbo y recibe así la adopción filial, deviniendo hijo de Dios [Ireneo de Lyon, Contra las Herejías III,19.1]
- · Porque él mismo se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios; y él mismo se hizo visible a través de su cuerpo para que tuviéramos una idea del Padre invisible [Atanasio, sobre la Encarnación del Verbo 54.3]
- · Si alguno pone su esperanza en un hombre privado de espíritu, él verdaderamente ha perdido el espíritu y no es digno de ser salvado enteramente, porque lo que no es asumido no es sanado, pero lo que está unido a Dios es salvado [Gregorio Nacianceno, carta 101.32]
Esta divinización del ser humano
fue rechazada (y hasta negada vehementemente en otros tiempos) por “teólogos”
posteriores, pero alli se revela claramente la enorme influencia y lectura de los
textos bíblicos que movía el pensar y decir de los Padres. Insisto: extraño una
buena teología en los escritos magisteriales; lamento su ausencia más allá de
que haya muchos elementos positivos, ¡y hasta necesarios!, en ellos. ¡Ven,
Espíritu Santo!
Imagen tomada de https://radiomaria.org.ar/programacion/donde-quiero-estar/asumir-el-barro-que-hay-en-vos-es-descubrir-sus-propiedades-sanadoras-indico-fray-jose/
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