sábado, 30 de mayo de 2026

Un límite a la humanidad magnífica

Un límite a la humanidad magnífica

Eduardo de la Serna



En lo personal tengo a San Agustín en una estima altísima. Para mí – obviamente se puede opinar distinto – es de los grandes pensadores y teólogos cristianos de todos los tiempos. ¡De los más grandes! Por supuesto que eso no significa ignorar muchos de sus límites, gran parte de los cuales fácilmente se entienden en su tiempo, su cultura, su historia… Su posición negativa, por ejemplo, frente a las mujeres o a los judíos, difícilmente puedan hoy sostenerse, pero, seguramente, esto debe ubicarse en su contexto. Otro elemento, que es al que quiero referirme, es su clara postura platónica. Difícilmente podría – en ese tiempo – intentar pensar la fe y la vida cristiana sin la ayuda del platonismo (y neo-platonismo), lo cual – ciertamente – no significa que debamos hoy asumirla (y, menos aún, acríticamente). Dentro de esto, además, claramente puede ubicarse su lectura de la Biblia, lectura que hoy es desaconsejada en los mismos textos magisteriales.

Señalo esto porque, en Ciudad de Dios, Agustín dice claramente:

Por consiguiente, dos amores construyeron dos ciudades, el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios la terrena, y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo la celeste. Aquélla se gloria en sí misma, ésta en el Señor. Pues aquélla exige de los humanos la gloria, pero para ésta la máxima gloria consiste en tener a Dios por testigo de su conciencia. Aquélla levanta la cabeza en su vanagloria, ésta dice a su Dios: Gloria mía, tú levantas mi cabeza [Salmo 3,4]. A aquélla la domina el ansia de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete, en ésta se sirven mutuamente en la caridad los dirigentes gobernando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su fortaleza en sus poderosos, ésta dice a su Dios: Te amo, señor, mi fortaleza [Salmo 17,2]. Por ello, en aquélla sus sabios, que viven conforme al hombre, han perseguido los bienes de su cuerpo o su alma, o de ambos, o quienes pudieron conocer a Dios, ni le glorificaron como Dios ni le profesaron agradecimiento, sino que se extraviaron en sus pensamientos y su corazón ignorante se oscureció; al afirmar que eran sabios (es decir, exaltándose en su sabiduría bajo el dominio de su soberbia) se hicieron necios y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes corruptibles semejantes al hombre, a las aves, a los cuadrúpedos y a los reptiles (pues fueron conductores o seguidores de los pueblos en la adoración de imágenes semejantes), y rindieron culto y sirvieron a la criatura antes que al Creador, que es bendito por todos los siglos [Romanos 1.21-24], pero en ésta no existe ninguna sabiduría humana salvo la piedad, por la que rinde el culto apropiado al Dios verdadero, esperando en la sociedad de los santos, tanto de los seres humanos como de los ángeles, el premio siguiente: que Dios lo sea todo en todas las cosas [Romanos 1,25].

[San Agustin, Ciudad de Dios XIV,28]

Y, creo que es evidente, este es el esquema desde el que parte León XIV (¡agustino!) en su reciente encíclica Magnifica Humanitas.

Como puede verse en esta encíclica, el punto de partida (y de conclusión) es la lectura bíblica de la construcción de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén en tiempos de Nehemías. Creo que ninguno de ambos textos dice – al menos en lo fundamental – lo que el Papa dice que dicen, pero bien parece una lectura hecha en clave “dos ciudades” agustiniana. Babel – que es Babilonia – es la edificación de un imperio, y la desmesura imperial exige que exista una sola y única lengua. La dispersión y la multiplicidad de lenguas es un acto de resistencia anti imperial, y algo provocado por Dios que toma partido por las víctimas de la violencia y la opresión. La lengua propia (el hebreo, por caso) es evidentemente algo querido por Dios. Nehemías es sirviente imperial; la reconstrucción de las murallas de Jerusalén son algo querido (¡y financiado!) por el imperio persa para evitar la presencia egipcia en la región. Pero, además, en el texto referidos por León, se destaca la gran oposición a dicha reconstrucción (especialmente por los samaritanos y los pueblos vecinos), pero también, cómo dicha actitud perjudica a los pobres, algo frente a lo que Nehemías debe reaccionar. Todo esto queda, además, complementado – por el Papa – con la Jerusalén del Cielo, del Apocalipsis sin que él señale nada, en este caso; ¿es la Iglesia (como es posible)? ¿es un planteo de escatología final, y por tanto sin constructores humanos? Nada de eso se dice en la encíclica (la cual, extrañamente añade una tercera a las dos ciudades).

Pero, para más, si excluimos estos textos, que, como dije, estructuran toda la encíclica, la Biblia y los Padres de la Iglesia (con excepción de Agustín) están totalmente ausentes del texto. Y acá mi pregunta… ¿Se puede hacer verdadera y seria teología católica sin tener en cuenta la Palabra de Dios y la Tradición, de la que los Padres son mojones fundamentales? Sinceramente creo que no. Creo que será un aporte interesante, un texto quizás humanista, quizás una reflexión piadosa (y espiritualista en el sentido neoplatónico) pero no creo que sea un texto verdaderamente teológico. ¿Será Magisterio? Ciertamente, para empezar, la clave estará dada por la Recepción, algo que sabremos con el tiempo (y no me refiero a semanas o meses) …  Lamentablemente hay textos dizque magisteriales en los que la Biblia está ausente (o usada de modo meramente decorativo), pero – de nuevo me refiero a mi mirada – sigo lamentando la ausencia de lo bíblico. Irónicamente he dicho (y repito) que los que se autoperciben “magistres” magisteriales, harían bien en sacar de los documentos del Concilio Vaticano II la Dei Verbum (la maravillosa Dei Verbum, aclaro), al menos para no quedar como teólogos esquizoides, o que sostienen algo que, al menos en la práctica, manifiestan no creer. Es bueno destacar que muchos de los primeros Padres señalaban la divinización del ser humano gestada en la encarnación (“Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios”; “lo que no es asumido no es redimido”, etc…). Es interesante señalar que el “humus común” en estas temáticas ha hecho confundir en más de una ocasión a los autores; hay expresiones semejantes o afines en varios Padres y por eso se han atribuido, erróneamente, con frecuencia la primera cita a Agustín y la segunda a Ireneo (incluso así ocurre en el documento de Puebla 400)

  • ·         … que estés entre aquellos a quienes se concedió llegar a ser hijos de Dios. En efecto, Dios quiere hacerte dios, no por naturaleza, como lo es aquel a quien engendró, sino por don suyo y por la adopción. [Agustín, Sermón 166.4]
  • ·         Tal es la razón por la cual el Verbo se hizo hombre y el Hijo de Dios, hijo del hombre; es por la cual el hombre se intercambia con el Verbo y recibe así la adopción filial, deviniendo hijo de Dios [Ireneo de Lyon, Contra las Herejías III,19.1]
  • ·         Porque él mismo se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios; y él mismo se hizo visible a través de su cuerpo para que tuviéramos una idea del Padre invisible [Atanasio, sobre la Encarnación del Verbo 54.3]
  • ·         Si alguno pone su esperanza en un hombre privado de espíritu, él verdaderamente ha perdido el espíritu y no es digno de ser salvado enteramente, porque lo que no es asumido no es sanado, pero lo que está unido a Dios es salvado [Gregorio Nacianceno, carta 101.32]

Esta divinización del ser humano fue rechazada (y hasta negada vehementemente en otros tiempos) por “teólogos” posteriores, pero alli se revela claramente la enorme influencia y lectura de los textos bíblicos que movía el pensar y decir de los Padres. Insisto: extraño una buena teología en los escritos magisteriales; lamento su ausencia más allá de que haya muchos elementos positivos, ¡y hasta necesarios!, en ellos. ¡Ven, Espíritu Santo!


Imagen tomada de https://radiomaria.org.ar/programacion/donde-quiero-estar/asumir-el-barro-que-hay-en-vos-es-descubrir-sus-propiedades-sanadoras-indico-fray-jose/

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