jueves, 8 de febrero de 2024

«La LEY, ¡soy yo!»

«La LEY, ¡soy yo!»

Eduardo de la Serna




Como no tengo “X” (y cosas como esta me afirman en la idea de no tenerlo) me comparten algo que mandó desde Israel el sujeto que gobierna los destinos de la patria.

https://x.com/carlosmaslaton/status/1755548321077178689?s=48

Allí mandan un texto en hebreo (en realidad, tres párrafos), curiosamente sin la “masora” (es decir, los puntitos que están debajo o por encima de las letras hebreas). Esto es comentado por Carlos Maslatón donde afirma que se trata de una cita bíblica del libro del Éxodo 32,19-21. Mirando la Biblia hebrea, hay un pequeño error de Maslatón, sin importancia (aunque agrava la cosa), se trata de una cita de Éxodo 32,19.20 y “salta” al v.26. Moisés ha ido al monte donde Dios le transmitirá las tablas de la Ley y, como se demora, a instancias del pueblo, Aarón hace un becerro de oro al cual el pueblo adora reconociéndolo como el que los sacó de Egipto. Yahvé alerta a Moisés de esto, quien baja del monte, rompe las tablas de rabia (v.19) y reduce a polvo el becerro (v.20). Aquí, el texto citado salta unos versículos, hasta el v.26 donde Moisés grita pidiendo que se le unan los que defienden a Yahvé lo cual hace la tribu de Levi y, entonces, deben matar a todos (matan “unos 3.000”; curiosamente no matan a Aarón).

Hasta acá el texto, lo que, como es habitual en las citas del presidente, totalmente sacadas de contexto, y sin la pregunta elemental de ¿qué quiere decir el texto? Pero vamos más allá y veamos qué quiere decir el presidente.

Obviamente es muy difícil no entender esto en el contexto de la “Ley Ómnibus”, la qué, según sus dichos, él hizo anular. Y, difícil, también, no entenderla en el contexto de su ira contra todos los que no acompañaron este proyecto.

Curiosamente, hace unos años, cuando le preguntaron por su relación con su hermana, también volvió a la imagen de Moisés y Aarón. Según otro texto (Éxodo 4,10-16), Moisés era torpe para hablar, por lo que Dios le encarga a Aarón ser su “vocero”. Dios le hablará a Moisés (= Karina) y él a Aarón (= Milei) quien hablará al pueblo. Ahora, parece haber habido un cambio de roles y ser Moisés Milei mismo sin que nos quede claro el rol de Karina (quizás Dios mismo, no lo sabemos).

Pero queda otro tema… quizá muy grave: ¡el mesianismo! ¿Qué / quién se cree Javier Gerardo Milei que es? (tenemos un problema ya con su mismo apellido, debemos reconocerlo).  Y sería interesante un buen análisis psiquiátrico, para el que no estoy capacitado, pero todo invita a sospechar las conclusiones. Pero con un sencillo análisis político las conclusiones son obvias… un rey dijo “el estado soy yo”; un papa dijo “la tradición soy yo”, y ahora nos enteramos que “la ley soy yo”. ¡Pobre Argentina lo que le espera para el breve tiempo que a este sujeto le queda!


Foto de la Biblia hebrea (de Stuttgart)

Tobías

Tobías

Eduardo de la Serna



En la Biblia católica –no en las Biblias protestantes ni la Biblia hebrea- hay un interesante libro llamado “Tobías” que narra la atrayente historia de este personaje. Señalamos esto de entrada para que no se piense necesariamente en un sujeto histórico concreto; podemos calificarlo de “novela”, con una clara intención teológica que es indicar a los lectores que Dios no se desentiende de sus amigos. Pero veamos de qué se trata y quién es este Tobías de la trama.

Señalemos que en la Biblia aparecen otros personajes con ese nombre (incluso extranjeros) pero solamente en el libro de Tobías se hace referencia al personaje que comentamos. El libro, además, parece tener bastante influencia de otros libros conocidos en el mundo antiguo (como uno llamado “Sabiduría de Ajicar” a quien se hace referencia en 1,21.22; 2,10; 11,19 y 14,10). El libro narra la historia de dos personajes que no se conocen entre sí: Tobit, el papá de Tobías, y Sara, una mujer de otra región llamada Ecbatana. Tobit es presentado como una persona sumamente religiosa (ver 1,6-9; 9,6) que vive en el exilio, en Nínive (1,10; 11,1). Muy atento a los pobres (1,16; 2,2-3) y también muy dedicado a enterrar judíos que han quedado sin sepultura (es que el imperio de turno los mataba y dejaba expuestos para que sirvieran de escarmiento a los demás; ver 1,17-18; 2,3-4.7). Lo cierto es que precisamente por ser así religioso, Tobit es perseguido, encarcelado, y, también, por ser religioso (no entra a su casa después de haber tocado cadáver para no hacer impura a la familia; por lo que duerme fuera, 2,9-10) a causa del excremento de unas aves queda ciego. El otro personaje, Sara, tenía un demonio enamorado de ella que mataba a sus maridos la misma noche de bodas (había tenido 7 maridos; quizás a eso aludan los saduceos en el debate con Jesús en Mc 12,20-22). Lo cierto es que ambos personajes rezan a Dios (3,1.11) y “en aquel instante” fue oída la oración de ambos (3,16-17) y Dios enviará a su ángel Rafael en su auxilio.

Tobit recuerda un dinero que le deben y envía a su hijo Tobías a recuperarlo, y Rafael será su ocasional acompañante en el camino. Un pequeño incidente–siempre con la ayuda de Rafael, que no se revela como ángel, sino como un buen judío- será desencadenante de la ayuda a ambos: un pez sacado en el río Tigris cuyo corazón, hígado y hiel servirán de remedio. En el camino hacen “escala” en casa de Ragüel, papá de Sara (6,10) y – aconsejado por Rafael - Tobías pide a Sara en matrimonio ya que le corresponde por ley (6,13). Después de un buen debate (7,9-11) se la conceden, y cuando van a pasar la noche de bodas (Ragüel empieza a cavar una tumba (8,9b-12) pensando que con Tobías ocurrirá lo mismo que con los maridos anteriores) siempre aconsejado por Rafael, Tobías quema el corazón y el hígado del pez (8,2-3) lo que ahuyenta al demonio de Sara y pueden consumar el matrimonio. Obviamente con esto –solucionado el primero de los problemas- comienza una gran fiesta de 14 días (8,20; 10,8) mientras Rafael va a buscar el dinero (9,1-3.6). Terminada la celebración y ya retornado Rafael regresan a casa de Tobit que ya desesperaba de volverlo a ver con vida (10,1-3) y su madre lloraba su muerte imaginada (10,4-7). Tobías y Rafael se adelantan (11,3) a la comitiva en la que iban Sara y los regalos (criados, camellos, bueyes, plata…, 10,10), y –nuevamente por consejo de Rafael- Tobías pone la hiel del pez en los ojos de Tobit que recupera la vista (11,4.8.11-12). En el resto del libro (capítulos 12-14) se revela la identidad de Rafael (12) hay un gran canto a Jerusalén (13) y una conclusión con las últimas palabras de Tobit a su hijo.

Tobías, entonces, aparece en el libro como el nexo entre ambos personajes que sufren, Tobit y Sara, y el que –acompañado por el mensajero de Dios, y en un clima de frecuente invocación y bendiciones- lleva la solución que Dios da a ambos a causa de su oración y lamento. Tobías es religioso como su padre, fiel a las indicaciones y consejos que este le dio (cap. 4), y a su vez se deja guiar por el enviado de Dios. Tobías, entonces, es presentado como aquel que es expresión visible de que Dios no se desentiende de su pueblo en el sufrimiento. Sea frente a la violencia del imperio, o la opresión de las fuerzas diabólicas que impiden ser felices, Dios está atento a sus amigos y manda la ayuda necesaria. Pero esa ayuda no es “mágica” sino que es un impulso que él mismo da a sus amigos para que ellos mismos se dejen conducir por Dios y sean instrumentos de vida y felicidad para los demás en la historia.


Imagen de Tobías pintada por S. Dalí, tomada de https://www.liveauctioneers.com/price-result/dali-1967-tobias-authentic-biblia-sacra-lithograph-framed/

martes, 6 de febrero de 2024

Domingo 6º "B"

La inclusión de los que la religión oficial excluye es voluntad de Jesús

DOMINGO SEXTO - TIEMPO DURANTE EL AÑO - "B"


Eduardo de la Serna



Lectura del libro del Levítico     13, 1-2. 45-46

Resumen: la lepra en la Biblia es más que una “enfermedad”, se trata de una impureza ritual que excluye a quien la padece del contacto con el “Dios santo” y con el “pueblo santo”. La responsabilidad de los sacerdotes ante un leproso es garantizar la impureza o purificación de una persona a fin de que participe o se vea excluido de la asamblea.


Lo que la Biblia llama “lepra” se encuentra muy detallado en los capítulos 13-14 del libro del Levítico [de las 36 veces que aparece el término hebreo tzarra’t lo encontramos 29x en estos capítulos y 6x en el resto del AT: 2 Reyes 5 (4x) y 1x en Dt y 2 Cr.]. Por “lepra” se entiende una mancha en la piel, con lo que probablemente haya que incluir también en el caso otras enfermedades cutáneas. Sin embargo, el tema principal no radica en la “enfermedad” sino en la “impureza”. Una persona con manchas en la piel es impura y por tanto no puede acercarse al ambiente “sagrado”. Pero – además – es importante señalar que la impureza se transmite (no se ha de confundir con el “contagio” de una enfermedad; y hoy se sabe que la lepra no es contagiosa) sino con que la impureza se transmite a los demás (o por el contacto con cosas impuras). 

Una nota sobre la pureza e impureza. El tema es sumamente importante y se podría profundizar extensamente. Señalemos, simplemente, que – por motivos diversos, muchos de ellos desconocidos para nosotros – hay cosas, alimentos, situaciones que hacen “impura” a la persona que entra en contacto con ello. Por ejemplo, tocar sangre (seguramente porque es la fuente de la vida, algo que pertenece al mundo divino) hace a alguien impuro, por lo que la menstruación o un parto hacen impura a la mujer. Del mismo modo, hay alimentos puros o impuros, o incluso actitudes que vuelven impuros a quienes las realizan (tocar un cadáver, por ejemplo). Hay baños purificadores, y hay cosas que no transmiten impureza (la piedra, por ejemplo)… Una persona impura no puede acercarse al “Dios santo”, y queda – a su vez – separado (temporalmente, mientras dure la impureza) del “pueblo santo”. En el caso concreto de la “lepra” es el sacerdote el que debe “atestiguarla” y, en ese caso, excluir de la asamblea al “leproso”; por eso, en caso de curación, es el mismo sacerdote quien debe testimoniar la purificación.

El texto litúrgico, luego de la exposición de la situación y la presentación al sacerdote, presenta solamente dos versículos (vv.45-46) con el aparente objetivo simplemente de ilustrar la vida de exclusión que vivía un leproso. Este debía ser visible por todos ya desde su modo de vestir y no podrá vivir en el “campamento” (más tarde se destacará la imposibilidad del leproso de ingresar a la ciudad “santa” de Jerusalén; es posible que ciudades como Betania fueran – en tiempos de Jesús – lugar de recepción de leprosos [¿a cargo de esenios?] que, incapacitados de entrar en la ciudad, estando en los alrededores pueden - por ejemplo - celebrar la pascua) y cuando ande por los caminos irá gritando su impureza para que nadie se le aproxime y quede a su vez impuro.


Lectura de la primera carta de San Pablo a los cristianos de Corinto     10, 31-11, 1

Resumen: con el criterio de no buscar el propio interés sino el de los demás, Pablo busca que los destinatarios de su misión “se salven” e invita a los lectores a que hagan lo mismo en toda circunstancia como lo hizo Cristo dando su vida por el bien de los débiles.


Pablo está terminando la unidad en la que responde a la pregunta formulada por los corintios sobre la carne ofrecida a los ídolos. La unidad está marcada por la idea de buscar el interés de “los demás” y no el propio (vv.24.33):

  • que nadie procure su propio interés sino el de los demás” (v.24)
  • lo mismo que yo, que me esfuerzo por agradar a todos en todo, sin procurar mi propio interés, sino el de todos para que se salven” (v.33).

En este caso, el interés de los demás es el cuidado de la “conciencia” de ellos (tema importante en la unidad) a fin de que esta no se vea afectada (vv.27-29). 

A modo de síntesis (y puesto que el tema es la comida, si se puede o no participar en donde se come carne que fue ofrecida a los ídolos) señala que lo que hagan (sea que coman, sea que beban) sea “para gloria de Dios”. El contraste parece estar entre dar gloria a Dios o escandalizar a los demás (a su conciencia), sean estos judíos, griegos o miembros de la Iglesia de Dios” (v.32). 

La gloria (doxa) siempre es dada a Dios, o es una manifestación de Dios en la historia. Sin embargo, en los primeros escritos de Pablo (como 1 Tesalonicenses y 1 Corintios) se parece al “honor de es debido a Dios” y también a los seres humanos (1 Tes 2,6; 2,20; 1 Cor 2,7; 15,40…) recién en los escritos posteriores es más referido al ambiente divino (cf. 2 Cor 3,7-11; 4,15.17; Fil 2,11; 3,21; Rom 5,2; 6,4…). Se trata de que Dios sea reconocido (y honrado) por los demás al ver nuestro obrar. Lo contrario es hacerlos tropezar, escandalizar.

Puesto que en su vida y ministerio Pablo (¡y lo acaba de decir hablando de sí mismo!) busca no su “propio interés” sino el de todos para que se salven, (objetivo principal del ministerio paulino, que los destinatarios “conozcan a Cristo”, es decir la fe) por tanto puede invitar a los lectores a que sean sus imitadores. Así como él imita a Cristo buscando la salvación de todos. La misma idea se encuentra en 4,16 y se trata de una exhortación a seguir el camino que Pablo enseña. El modelo de Cristo es el modelo de quién tanto miró el interés de los demás por encima del propio que dio su vida por los débiles (8,11) ya que “Cristo no buscó su propio agrado” (Rom 15,3).


Evangelio según san Marcos     1, 40-45

Resumen: una persona con lepra pide a Jesús ser purificado. Tocándolo Jesús logra la purificación de parte de Dios mostrando que el Reino que predica busca la inclusión de aquellos que el sistema religioso dejaba afuera.


Luego de presentar un “día en el ministerio de Jesús”, Marcos comienza a mostrar una serie de hechos de Jesús en los que entrará en conflicto con diversas estructuras religiosas de Israel. Todos estos hechos se ven interrumpidos en la lectura litúrgica por la cuaresma que comienza el próximo domingo [en realidad, el miércoles de Ceniza]; el tiempo “durante el año” continuará recién el 9 de junio (domingo 10º, con lo que los domingos 7º a 9º quedan omitidos este año, es decir los capítulos 2,1-3,19 de Marcos). 

El texto nos presenta una persona con “lepra” – una especie de ‘muerto en vida’ – que se “acerca” a Jesús y se pone de rodillas y le “suplica” (parakalôn). Lo que él (a distancia, como corresponde) dice a Jesús es que si quiere (thelô) puede “limpiarlo” (katharizô) (v.40). Ya hemos señalado (primera lectura) que en el caso de la lepra el tema no es tanto la enfermedad cuanto la pureza (el verbo limpiar, katharizô se encuentra 28x en Lev 13 y 14 y 4x en 2 Re 5, siempre en referencia a la lepra). Lo que el que tiene lepra pide es la limpieza, por tanto algo ritual. Que este es el tema central de la unidad viene manifestado en que el verbo se repite, a continuación, en un mismo versículo, otras dos veces: “queda limpio” (v.41; la voz pasiva puede indicar que Dios es quien lo limpia) – “quedó limpio” (v.42) y es enviado a hacer la ofrenda por la “limpieza” (v.44) (fuera de esta unidad en Marcos sólo se encuentra en 7,19 para referir a la pureza de los alimentos, también en sentido ritual). 

El texto está enmarcado en dos repeticiones:

Llegó (erjetai)...       puedes (v.40)
Se fue (exelthon)… no podía (v.45)

La purificación no es narrada más que a partir del efecto (quedó limpio) pero señala que Jesús “lo tocó”, algo expresamente vedado ante un impuro ya que la impureza se transmite por contacto (ver Lev 5,2; 22,5; Núm 19,22; Lam 4,15). De este modo Jesús queda impuro, pero no es ese el centro del relato ni lo importante. Lo que cuenta es la persona, Jesús no permanece indiferente ante su exclusión; no es la “religión” sino la “inclusión” lo que manifiesta el reino de Dios y el Dios del reino para Jesús. La frase “puedes (dynasailimpiarme” es interesante ya que el término suele usarse para señalar que Jesús “puede” hacer cosas que no son posibles a los humanos (3,27; 5,3; 8,4.22-23.28-29) pero son posibles para Dios (9,3; 10,26). El uso de la voz pasiva - como se dijo - nos remite a Dios como el que provoca la purificación.

Un tema debatido es de crítica textual, ¿qué dice el texto? ¿Cómo reacciona Jesús ante el pedido del que tiene lepra? Algunos manuscritos dicen que Jesús se “encolerizó” mientras otros afirman que se “compadeció”. Si bien los términos son muy diferentes en griego: orgistheis y splagjnistheis respectivamente, no son tan diferentes en un probable original arameo del relato (ethra‘em y ethraham respectivamente). En el primero de los casos, el enojo de Jesús estaría dado por el poder de la impureza que excluye de la vida al que tiene lepra, en el segundo de los casos, la compasión provoca la actitud positiva de Jesús hacia el enfermo. Es preciso afirmar que ambas lecturas son probables, y los autores y estudiosos dudan entre ambas, aunque la liturgia ha preferido “compasión”. De hecho es frecuente que Jesús frente al dolor o sufrimiento se mueve por la “compasión” y obra un milagro, un signo del reino. El verbo splagjnizomai – el que se ha aceptado – tiene su raíz en las splgjna, que son las “entrañas” (cf. Hch 1,18). Puesto que en la mentalidad bíblica la sede del amor son las entrañas (y no el corazón), es razonable que con frecuencia las traducciones castellanas, allí donde el griego dice splagjna – entrañas se prefiere traducir por “corazón” (cf. 2 Cor 6,12; 7,15; Fil 1,8; Flm 7.12.20; 1 Jn 3,17), es interesante el uso de “entrañas de misericordia” (cf. Lc 1,78; Col 3,12).

Como corresponde a la purificación, el sacerdote debe atestiguarla para permitir la reinserción del que ha tenido lepra, sin embargo aquí Jesús afirma para que “les sirva de testimonio”. Aparentemente se refiere a que la purificación les “sirva” a los sacerdotes como testimonio que Jesús es el agente del reino, que purifica al que había tenido lepra (mientras los sacerdotes sólo pueden atestiguar). Y a su vez de que Jesús viene a presentar un modo diferente de relación con Dios que no se guía por una “religión” de exclusión sino de misericordia. El gesto de “tocar” sin duda refuerza la centralidad en la persona que el reino que Jesús predica quiere mostrar y “atestiguar”.

Un elemento característico de Marcos y que aquí encontramos por vez primera es lo que se ha llamado el “secreto mesiánico”, es decir el mandato de Jesús a los que se han visto beneficiados por un milagro  de que no lo divulguen. El sentido parece semejante a lo que hemos señalado ante los demonios que confiesan quién es Jesús. Jesús no quiere ser reconocido como un mesías de milagros y poder sino aceptado en la cruz.  Que trasciendan sus milagros sólo sirve para confundir; de hecho, si bien es cierto que la fama crece y cada vez son más los que lo siguen, en el momento de la cruz todos – incluso los más cercanos, con la excepción de unas pocas mujeres – todos lo abandonan y dejan solo lo cual revela que no han entendido su mesianismo a pesar de un primer momento multitudinario.


lunes, 5 de febrero de 2024

domingo, 4 de febrero de 2024

La pena de muerte

La pena de muerte

Eduardo de la Serna



Es llamativa la cantidad de gente que se manifiesta a favor de la pena de muerte. Y no pienso en aquellas personas que han sufrido en seres queridos una situación de violencia extrema, a las que, su situación post-traumática hace comprensible la reacción. Me refiero a quienes la ven cómo una solución ante situaciones que no les tocan, pero de las que se enteran (se enteran como se les ha narrado, obviamente).

En general, mi experiencia con estas personas, es que no hay análisis, criterios, contrapropuestas, estadísticas ni nada que sirva. Es casi una especie de dogma. O, para ser más precisos, una suerte de receta mágica. Puede ser que haya errores, y la susodicha pena se aplique a alguien por error, pero eso entra dentro del margen de tolerancia. No afecta al dogma.

Y, curiosamente, en el discurso de los “penademuertistas” en un momento u otro, más rápido o más tarde aparece la denostación de los organismos de Derechos Humanos. O, para ser precisos… no es curioso. Es comprensible. Y, cuando uno escucha el mismo discurso aquí y más allá, en un negocio, una peluquería o en una fila esperando, es justo preguntarse si el discurso es propio, o es introyectado. Pero, todavía más, cuando, unos minutos después aparecen nombres, los que sí, los que no… entonces ya queda claro. Y queda claro, también, que nada que se diga aportará nada… ni directamente, ni colateralmente, ni de modo alguno. Son dos idiomas distintos, por ejemplo.

Y quizás, a modo de ejemplo tengamos un botón de muestra (en todo el sentido de la palabra) en nuestra inefable ministra.

La que (no) “puso bombas en jardines de infantes”, la montonerita que dio el mal paso, celebraba muertes, y, hasta quizás, brindaba. La muerte ajena era una especie de orgasmo para su neurona a-sináptica… Pero como la sed de muerte no se saciaba tan fácil, dar un salto inescrupuloso a “la contra” permitía también celebrar muertes ajenas… o torturas… o lo que fuere y con visos, apariencia o ficción de legalidad (protocolar, por cierto). Ver sufrir al enemigo resulta, para la insaciable, un nuevo orgasmo. Entonces, provocará, y provocará, contará las dizque toneladas de piedras para calcular los litros de pimienta, las personas que manifiestan disconformidad para calcular los rottweiler bípedos, o la cantidad de jubilados para calcular el largo de los bastones… La sangre parece ser el elixir que la sacia… si es que alguna vez lo lograra (además, sabiendo que nadie le pasará la factura por ello).

La sangre, que es vida, y que es muerte, pareciera ser el criterio. Y la sangre ajena – siempre ajena – pareciera ser la solución mágica a todos los problemas. Así que, ya lo sabemos… nada de educación para todos, nada de justicia para todos, nada de pan y trabajo para todos… la sangre de otros derramada es la panacea de la paz. Curiosamente. Sorprendente. Claro que “habemos otros” que no estaríamos de ese lado, pero, tristemente, es más probable que seamos sus víctimas que sus maestros, sus señalados que sus compañeros de camino. Eso sí… otros que queremos seguir caminando, como pueblo, con la sangre adentro y el sudor afuera, y creyendo que la justicia, la paz, la vida no son palabras mágicas, pero sí palabras de esperanza.

 

Foto tomada de https://theconversation.com/es-el-momento-de-la-abolicion-universal-de-la-pena-de-muerte-125044

viernes, 2 de febrero de 2024

¡Qué pandemia! ¡Dios mío!

¡Qué pandemia! ¡Dios mío!

Eduardo de la Serna



No hace mucho, con angustia, miedo, incertidumbre y consecuencias, salimos de una falsa pandemia. Una pandemia que afectó al mundo entero, aunque un grupo de enfermos psiquiátricos logró iluminar a débiles mentales demostrando que el único país del mundo que ficcionó una falsa pandemia, fue la Argentina. Afortunadamente con guillotinas, horcas, antorchas encendidas y bolsas mortuorias, que todas tienen un mismo origen, pudimos ver la luz y salir de ella… salir de la ficción.

Las mascarillas, las vacunas rusas, ¡nada menos que rusas!, el aislamiento y el encierro fueron una gran mentira que se logró desmontar. Eso de andar con tapabocas por la calle era absurdo.

Ahora, al fin nos podemos juntar… ¡Viva la libertad!

  •          Aunque, pensándolo bien, la calle Libertad queda al lado de los Tribunales y no es lejos del Congreso… mejor ¡esa no! Por esas arterias está prohibido andar.
  •          Es tanta la libertad que me dan ganas de llorar, aunque los mismos que nos quisieron hacer creer que el Covid existía, ahora dicen que las lágrimas, son reales, pero son provocadas por unos gases. ¡qué fácil lo dicen! Yo no lo ví… no lo toqué. Es decir, ¡no existe!
  •          Son los que quieren poner palos en la rueda, y quieren convencer a la ingenua sociedad de que los palos los portan los que nos cuidan.
  •          Todos lo sabemos, libertad sí, pero no es libertinaje… cortar las calles es algo atroz, porque no dejan andar libremente las motos que quieren recorrer, filmar y saludar a los visitantes.
  •          La libertad es nuestra panacea… por eso es flexible, como la goma, no rígida como el plomo, cosa que no parecen querer entender pseudo-periodistas que ahora las gomas las tienen puestas, ¡para que entiendan!
  •          Seamos claros, ahora sí tenemos una pandemia… ahora hay exceso de libertad. Y los que no quieren que otros la puedan disfrutar, andan con mascarillas, para no respirarla y contagiarla. ¡Ya van a aprender!

Lo que me dicen los que saben es que se trata de la teoría del derrame. Es decir, ahora la libertad la tienen ellos, y la tienen, y tienen más y más, y un día, tendrán tanta que se derramará sobre los que no tenemos libertad de salir, de trabajar, de comer, de protestar. Ya tendremos libertad… ¡Que viva!


Foto tomada de https://www.pagina12.com.ar/709071-ley-omnibus-las-fotos-de-la-represion-en-las-afueras-del-con

jueves, 1 de febrero de 2024

Santiago, el pariente de Jesús

Santiago, el pariente de Jesús

Eduardo de la Serna



Es interesante empezar diciendo que el nombre “Santiago” no existe originalmente. Es una versión castellana que alude a Jacob (nombre muy frecuente en Israel; de hecho, muchos “Santiagos” distintos son mencionados en el NT) y en este caso, se trata de un nombre “canonizado”, por lo que se trata de Sant-Iacob. Originalmente se lo ha llamado así por la leyenda improbable de que este Jacobo haya ido a España.

Santiago es uno de los parientes de Jesús a los que la Biblia llama “hermanos” (sin que sea claro exactamente de qué parentesco se trata). Originalmente parece que este grupo de parientes no pertenecen al grupo de Jesús. No lo comprenden (Mc 3,21.31; Jn 7,5) tanto que Jesús va a decir que «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio» (Mc 6,4; Jn 4,44). Sin embargo, en algún momento que desconocemos algo debe haber cambiado. Los familiares de Jesús parecen seguirlo a Jerusalén para su Pascua ya que Pablo nos dice que Jesús resucitado “se dejó ver por Santiago” (1 Cor 15,7), Hechos de los Apóstoles nos dice que en el grupo de discípulos que están en Jerusalén esperando el Espíritu Santo, junto a los apóstoles, también estaba “María la madre de Jesús y sus hermanos” (1,14).

Santiago parece haber ocupado un rol muy importante en la comunidad de Jerusalén, aunque también probablemente recorriera misionando (según una tradición, no segura, recogida en el siglo III, recorrió las regiones de la tierra de Israel; ver 1 Cor 9,5). Sin duda fue el representante de los grupos judíos que aceptaron la fe en Jesús, mientras Pablo será el gran representante de los grupos paganos (= no judíos) que aceptan esa fe, por eso es probable que en más de una ocasión no se hayan llevado demasiado bien (incluso algunos que decían actuar en nombre de Santiago entran en conflicto por él, Gal 2,12). El libro de los Hechos lo ubica siempre en Jerusalén siendo el coordinador de las comunidades (anacrónicamente se lo ha llamado “obispo”), por eso Pedro manda avisarle su partida cuando se fuga de la cárcel (12,17), por eso interviene en la importantísima Asamblea de Jerusalén (15,13) y por eso Pablo va a verlo y dialogar con él cuando llega a la Capital después de su gran misión por Asia y Europa (21,18); Pablo –en sus cartas- también lo ubica allí cuando después de unos años de incorporado al grupo cristiano va a Jerusalén, habla con Pedro y “ve a Santiago” (Gal 1,19) y –en alusión a la ya mencionada Asamblea de Jerusalén- él con Bernabé y Tito, se encuentran con Santiago, Pedro y Juan (Gal 2,9).

Como buen judío, al aceptar el mensaje de Jesús, reconoció que en su pariente se habían cumplido las expectativas de Israel: el mesías, las bendiciones, las alianzas, el espíritu (ver Rom 9,4-5)… e insistía en la importancia de ser un buen judío para entender plenamente el sentido de la novedad que trae Cristo. Mientras el mensaje de Jesús se expandía por todos los territorios posibles, fundamentalmente entre los paganos, Santiago velaba particularmente por el anuncio a los judíos, fundamentalmente en la tierra de Israel.

Santiago es asesinado en el año 62, pero sus discípulos mantuvieron viva su tradición (como otros discípulos lo hicieron con las tradiciones de sus propios referentes). Poco después, en el año 66 empieza la guerra de los judíos contra Roma que finalizará en el año 70 con la destrucción de la ciudad de Jerusalén y su Templo. La tradición de Santiago, entonces, se traslada por la región manteniendo los elementos fundamentales. Así se escribe una carta en su nombre en la que sus discípulos proponen mantener las tradiciones judías de un modo sapiencial, como más adelante y con otro género literario lo hará Mateo en una región vecina.

Santiago aparece como “sabio”, como cumplidor de la ley, celoso –quizás en extremo, ya que no siempre parece haber comprendido novedades como las que Pablo aporta- pero también él misionero a sus “hermanos de Israel”. Pero el hecho de que fuera cumplidor de las leyes judías no lo transformaba en menos “cristiano”, de hecho el responsable de su ejecución es, precisamente, el sumo Sacerdote. Así lo narra un historiador de la época:

El joven Anán… pertenecía a la fracción de los saduceos que comparados con los demás judíos son inflexibles en sus puntos de vista… Siendo Anán de este carácter, pensando que se le presentaba una gran ocasión pues Festo (el procurador) había fallecido Y Albino todavía estaba en camino, reunió al consejo de los jueces, hizo comparecer al hermano de Jesús, llamado Cristo, cuyo nombre era Santiago, y a algunos otros. Los acusó de infringir la ley y los condenó a ser apedreados” (Flavio Josefo, Antigüedades judías 20.200)

Como se ve, aunque fuera cumplidor de la ley (en lo que parece que radicaba parte de los malentendidos con Pablo) eso no impedía que ante todo siguiera, desde su propia perspectiva, los caminos propuestos por su pariente Jesús, y que, siguiendo esos caminos, e invitando a otros a seguirlos, diera la vida por el Evangelio.


Imagen de Santiago pintada por El Greco, tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Santiago_el_Menor