Es sensato pensar que no siempre los deseos se encaminan o nos dirigen hacia algo bueno. De hecho, el delito nos conduce a desear algo penado por la ley. Por eso es sensato que el deseo esté “bien encaminado”; ahora bien ¿quién lo encamina?
Con frecuencia, sociedades autoritarias (o con autoridad) ponen límites legales o morales al deseo, y, quienes los traspasan son de alguna manera sancionados (o, si son muy manejados, autosancionados). La Iglesia es, ciertamente, un cabal ejemplo de esto (y, extrañamente, con frecuencia traspasando los límites de lo mera e internamente eclesial y, por ejemplo, pretendiendo injerir en la sanción de leyes civiles). En ambientes eclesiales, el deseo errado (con los criterios eclesiales, por cierto) se califica de concupiscencia.
En sociedades individualistas, en cambio, el deseo se maneja al arbitrio de cada quién. A lo sumo (y no siempre) con el límite del otro (“mi libertad termina donde comienza la tuya”, se decía en los ambientes individualistas con sensibilidad).
Seguramente un tema importante, en todos estos casos, radica en la “conciencia”, la voz interior que – en común con otras (con – ciencia) – nos indica u orienta a lo bueno o lo malo. También es cierto que la conciencia puede y debe “formarse” (y nuevamente la pregunta es ¿quién?). Pero señalemos, al menos brevemente, que – para poner el caso eclesiástico, al que pertenezco – y sin pretender que “un papá” (o Papa), una autoridad superior, me indique lo bueno o lo malo, sí puedo creer que el Evangelio del Reino de Dios es “lo bueno por excelencia, y es hacia allí donde es razonable tender, y hacia allí “formarme / nos” las conciencias.
Ahora bien, el deseo es una experiencia de realización, de plenitud, de satisfacción, que puede ser efímera o más duradera, depende del objeto. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando los estímulos son frecuentes, innumerables, constantes? Porque, en ese caso, la concreción de un estímulo es inmediatamente tapada por otro… Y la sensación es, por un lado, de un cierto placer, pero a su vez de una honda insatisfacción. Y, en esa catarata algorítmica, el deseo nunca es satisfecho (ni siquiera el deseo desordenado, acotemos). Y, en un imperio del individualismo, sin límites, por un lado, sin criterios por el otro, sin razones (ni siquiera razonables, valga la ironía), sin otros con los que compartir, ni valorar, ni por quienes tender (y compartir), el deseo está licuado, pasteurizado, obturado, secuestrado y atrofiado. Y, en ese ambiente, nada que se diga tiene repercusión alguna porque raudamente ya hay otro deseo que empezar a llenar, aunque al solo empezar este ya se propone la necesaria satisfacción de otro, y – de solo comenzar – este ya es viejo porque otro micro-deseo está esperando urgentemente nuestra atención inmediata.
En su obsesión neo-platónica anti sexo, la concupiscencia era, especialmente, la tendencia a satisfacer el deseo desordenado de sexo… Hoy, hasta el sexo llegó tarde, nos han obturado el deseo (salvo que seamos nosotros los objetos deseados por los Epstein del sistema) y sólo somos objetos, fragmentos de un mundo roto que solamente “ellos” están decididos a armar (cuando terminen de destruir lo que no les sirve y tiren los preservativos usados).
Imagen tomada de https://concepto.de/deseo/
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