jueves, 5 de marzo de 2026

Una mujer con hemorragias

Una mujer con hemorragias

Eduardo de la Serna



En los tres Evangelios que se llaman “Sinópticos” por su mutua semejanza (Mateo, Marcos y Lucas) encontramos la escena de la curación de una mujer que padece hemorragias. Cada Evangelista lo cuenta a su modo porque pretende predicar a su comunidad, pero hay unos elementos comunes que merecen nuestra atención. El texto lo encontramos en Mateo 9,20-22, Marcos 5,25-34 y Lucas 8,43-48.

Se nos habla de una mujer que sufre ese mal desde hacía doce años, y no había logrado ser curada por nadie (Lc) y había gastado todos sus bienes en médicos sin solución y empobreciéndose (Mc). La mujer se ha enterado de los beneficios que se dice que obra el maestro y decide actuar: se aproxima por detrás de Jesús y tocó su manto pensando que con solo tocarlo quedaría sanada (Mc y Mt). Notemos que se señala que se trata de los flecos del manto (Mt y Lc), algo que llevaban, como memoria de la alianza y la ley, todos los judíos piadosos (Núm 15,38-39; Dt 22,12; Zac 8,23; ver Mt 23,4).

Veamos, para entender mejor el tema, que, para los judíos, tocar sangre transforma a alguien en impuro; la mujer con flujos queda impura mientras estos le duren, y también queda impuro quien la toque o a quien ella lo haga (ver Lev 15,19.25) por tanto, en este caso, la mujer lleva doce años de impureza, y al tocar a Jesús lo vuelve impuro también a él.

Para resaltar el hecho, Mc y Lc dicen que la sanación de la mujer ocurrió “al instante” pero – sorprendentemente – Jesús nota que algo ha ocurrido y pregunta quién lo tocó, cosa que extraña a sus compañeros ya que una multitud lo aprieta en el camino (cosa ya anticipada en Mc 5,24). La mirada insistente de Jesús hace que la mujer, “con temor y temblor” confiese el hecho. Es razonable que ella esté preocupada ya que ha vuelto impuro al maestro, pero no es eso lo que le importa a Jesús. Ella “anuncia delante de todo el pueblo” (Lc), y le “dijo toda la verdad” (Mc) pero lo que Jesús dice a continuación está lejos de ser un reproche, la llama “hija” y le afirma que lo que la ha salvado es su fe… Y aquí finaliza la escena ya que lo que había introducido el relato, la enfermedad de la hija de Jairo (Mc 5,22-24), se retoma llegando Jesús a casa de este (5,35-43) separándose de la multitud solo con sus amigos Pedro, Santiago y Juan. Esta escena, como se ve, queda en el medio de la del jefe de la sinagoga.

Pero hay un elemento que no podemos dejar de lado: en los llamados “milagros” de Jesús, él es quien realiza un gesto (sanador habitualmente) mostrando que Dios no quiere que sus hijos padezcan (Dios reina en la vida, la salud, la paz…) pero en este caso, es evidente que Jesús no busca ni pretende hacer nada, es la misma mujer la que le “roba” a Jesús su milagro habiendo oído hablar a la gente acerca de este maestro que pasaba por su cercanía (ver Mc 6,56; Mt 14,36), algo que, a continuación, Jesús, ciertamente aprueba. Cuando ella queda expuesta, porque Jesús la visibiliza, a pesar de su temor por lo hecho, cuenta “toda la verdad”, y lo “anuncia a todo el pueblo” puesta de rodillas ante él.

Nada más sabemos de esta mujer en los Evangelios, simplemente tenemos presente que, para Jesús, la fe, es decir la confianza plena en Dios y en su Hijo, son el punto de partida fundamental para que Dios reine. Y Dios reina en la vida plena y feliz de sus hijos e hijas. Esta mujer consiguió lo que anhelaba, pero no porque la fe pueda lograr cualquier cosa, sino porque lo que ella buscaba era, precisamente, aquello que Dios quiere para ella: que viva, que cesen sus impurezas (que incluían no poder acercarse a Dios o la sinagoga) y que pueda compartir la vida con los suyos y las suyas.


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Curaci%C3%B3n_de_la_hemorro%C3%ADsa

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