Una mujer con hemorragias
En
los tres Evangelios que se llaman “Sinópticos” por su mutua semejanza (Mateo,
Marcos y Lucas) encontramos la escena de la curación de una mujer que padece
hemorragias. Cada Evangelista lo cuenta a su modo porque pretende predicar a su
comunidad, pero hay unos elementos comunes que merecen nuestra atención. El
texto lo encontramos en Mateo 9,20-22, Marcos 5,25-34 y Lucas 8,43-48.
Se
nos habla de una mujer que sufre ese mal desde hacía doce años, y no había
logrado ser curada por nadie (Lc) y había gastado todos sus bienes en médicos
sin solución y empobreciéndose (Mc). La mujer se ha enterado de los beneficios
que se dice que obra el maestro y decide actuar: se aproxima por detrás de
Jesús y tocó su manto pensando que con solo tocarlo quedaría sanada (Mc y Mt).
Notemos que se señala que se trata de los flecos del manto (Mt y Lc), algo que
llevaban, como memoria de la alianza y la ley, todos los judíos piadosos (Núm
15,38-39; Dt 22,12; Zac 8,23; ver Mt 23,4).
Veamos,
para entender mejor el tema, que, para los judíos, tocar sangre transforma a
alguien en impuro; la
mujer con flujos queda impura mientras estos le duren, y también queda impuro
quien la toque o a quien ella lo haga (ver Lev 15,19.25) por tanto, en este caso, la mujer lleva
doce años de impureza, y al tocar a Jesús lo vuelve impuro también a él.
Para resaltar el hecho, Mc y
Lc dicen que la sanación de la mujer ocurrió “al instante” pero –
sorprendentemente – Jesús nota que algo ha ocurrido y pregunta quién lo tocó,
cosa que extraña a sus compañeros ya que una multitud lo aprieta en el camino
(cosa ya anticipada en Mc 5,24). La mirada insistente de Jesús hace que la
mujer, “con temor y temblor” confiese el hecho. Es razonable que ella esté
preocupada ya que ha vuelto impuro al maestro, pero no es eso lo que le importa
a Jesús. Ella “anuncia delante de todo el pueblo” (Lc), y le “dijo toda la
verdad” (Mc) pero lo que Jesús dice a continuación está lejos de ser un
reproche, la llama “hija” y le afirma que lo que la ha salvado es su fe… Y aquí
finaliza la escena ya que lo que había introducido el relato, la enfermedad de
la hija de Jairo (Mc 5,22-24), se retoma llegando Jesús a casa de este
(5,35-43) separándose de la multitud solo con sus amigos Pedro, Santiago y
Juan. Esta escena, como se ve, queda en el medio de la del jefe de la sinagoga.
Pero hay un elemento que no
podemos dejar de lado: en los llamados “milagros” de Jesús, él es quien realiza
un gesto (sanador habitualmente) mostrando que Dios no quiere que sus hijos
padezcan (Dios reina en la vida, la salud, la paz…) pero en este caso, es
evidente que Jesús no busca ni pretende hacer nada, es la misma mujer la que le
“roba” a Jesús su milagro habiendo oído hablar a la gente acerca de este
maestro que pasaba por su cercanía (ver Mc 6,56; Mt 14,36), algo que, a continuación, Jesús, ciertamente aprueba. Cuando
ella queda expuesta, porque Jesús la visibiliza, a pesar de su temor por lo
hecho, cuenta “toda la verdad”, y lo “anuncia a todo el pueblo” puesta de
rodillas ante él.
Nada más sabemos de esta mujer
en los Evangelios, simplemente tenemos presente que, para Jesús, la fe, es
decir la confianza plena en Dios y en su Hijo, son el punto de partida
fundamental para que Dios reine. Y Dios reina en la vida plena y feliz de sus
hijos e hijas. Esta mujer consiguió lo que anhelaba, pero no porque la fe pueda lograr cualquier cosa, sino porque lo que ella buscaba era, precisamente,
aquello que Dios quiere para ella: que viva, que cesen sus impurezas (que
incluían no poder acercarse a Dios o la sinagoga) y que pueda compartir la vida
con los suyos y las suyas.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Curaci%C3%B3n_de_la_hemorro%C3%ADsa
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