“¿Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva?”
Eduardo de la Serna
Con toda intención elegí como título
una canción que fue popularísima a fines de los 60 y comienzos de los 70,
originada en la República española y difundida, especialmente, por maravillosos
músicos chilenos (Víctor Jara y Quilapayún). Y no para referirme al tema,
complicado, que celebraría cuando “los pobres coman pan y los ricos mierda,
mierda”, porque tengo la sensación que, quienes queremos tener el corazón junto
a los pobres, en ese hipotético entonces, deberíamos pelear por el pan para los
apellidos ilustres. Es que, sospecho, en muchos, el imaginario pascual es como
una suerte de tortilla: los que la pasan mal la pasarán bien, los que la pasan
bien la pasarán mal en la resurrección. ¡Horror!
Con la resurrección “tenemos un
problema” que se remonta al año 1054. Entonces ocurrió lo que se llama “el
cisma de Oriente”, el cual creo – personalmente – fue el momento más dramático
para la teología católica romana. Dentro de las muchas cosas que “perdimos”
estuvieron la “Trinidad”, la Biblia, el Espíritu Santo y la Resurrección. Me
refiero a que dejaron de ser “temas”, se dejaron de “teologizar” … Es interesante,
por ejemplo, que recién cuando todo conducía al Concilio Vaticano II, recién entonces
empezaron a aparecer obras teológicas sobre la Resurrección (Durwell, “La
resurrección de Jesús. Misterio de Salvación” [1950], y luego, Léon-Dufour, “Resurrección
de Cristo y mensaje pascual” [1971], ambos en francés originalmente).
Ciertamente, el tema quedaba
centrado en la muerte de Jesús (en contraste con el Cristo resucitado frecuente
en Oriente); basta con ver la cantidad de pinturas, por ejemplo sobre la cruz
(y cuánto más sangrante, era preferible). Y, obviamente, esto repercutió en la
catequesis. Toda América Latina quedó marcada por la teología centrada en el
dolor originada en la península Ibérica. Ciertamente eso influye en que,
todavía hoy, en muchos ambientes, al menos, sea más popular el Via Crucis
que la celebración de la Vigilia Pascual.
Veamos muy brevemente. La teología
tradicional del Antiguo Testamento por la cual Dios retribuye el bien o el mal
que hacemos quedó herida de muerte con el libro de Job, pero, siempre quedó
vigente la pregunta, ¿Y Dios? Así, algunos – en el período griego – empezaron a
suponer que Dios volvería a la vida a las personas (no era unánime, algunos
pensaban que solamente a los buenos; otros que sería a todos, pero los malvados
lo serían para el padecimiento… ¡y acá la tortilla!). Es decir, pasado un
tiempo, se volvería a la vida con la cual – sin males, enfermedades o
violencias – se viviría, alimentaría, reproduciría en paz hasta finalmente “apagarse”.
Es bueno notar que, en muchas culturas, y tal parece ser también lo que ocurre
en Israel, se vive con alegría y paz la muerte cuando ocurre “naturalmente”,
cuando un anciano se va después de haber vivido (“se acuesta con sus padres”),
mientras que se vive con angustia o dolor la muerte por enfermedad, accidente o
violencia. La resurrección, entonces, sería - ironicemos – una suerte de “segunda
temporada”.
Pero los cristianos se
encontraron con una experiencia totalmente novedosa: ¡la resurrección de
Cristo! Y, así como cuando murió el primero (= Adán) todos murieron, pues
cuando resucitó el primero (= Cristo) todos resucitarán. Con Jesús empieza la “era
de los resucitados” insiste Pablo (1 Tesalonicenses, 1 Corintios, Romanos).
Pero, como ocurre con tantas
cosas, hemos sido incapaces de profundizar la novedad de Jesús, y hemos vuelto
atrás, al Antiguo Testamento, también en esto, y, entonces, entendemos la
resurrección como una suerte de premio. Y – sigamos ironizando – para ganar un
premio debo comprar números. Así, se mezclan una serie de cosas que en nada se
asemejan a Jesús: resucitarán los que hicieron el bien (= mérito), los que lo
ganan (= premio), los que Dios decide (= predestinados) …
La resurrección de Jesús no fue
un premio o un pago de Dios al mérito de su Hijo, evidentemente. La
resurrección de Jesús nos cuenta dónde está Dios en el drama de la historia que
significó la cruz.
Quedarnos en la cruz (olvidando
la resurrección) nos lleva a mirar a un Dios violento (René Girard, Giuseppe Barbaglio)
e ignorar la impotencia de Dios – porque el amor es impotente – que, en el
drama, ¡calla! Pero no porque sea mudo, no porque sea indiferente, no porque
“decida no hacer nada”, sino simplemente porque no puede hacer nada. Dios no
puede bajar a su hijo de la cruz y mandar un ejército de ángeles. Pero Dios sí
es amor, es vida y vida plena, y, por eso la resurrección. La resurrección, la
de Jesús y también la nuestra es don, es gracia.
La gracia es un Dios que – otra vez
– no puede quedarse solo “allá arriba” mirando el show de la humanidad
desorientada. Porque es amor, y “es propio del amor abajarse” ... y abajarse
hasta lo más bajo. La gracia es el abajamiento de Dios, pero no para quedarse
allí, abajo, sino para levantarnos (y no está de más recordar que, en griego,
levantar y resucitar se dicen con la misma palabra). Levantarnos hasta sus
rodillas maternales (Teresa de Lisieux).
En nuestros tiempos de meritocracia,
de competencia y de individualismo, pareciera que la resurrección y la “salvación”
son algo personal, “¡mío!”, algo que se me debe (¡Dios me debe!). Y, ante tanta
tontería, no está mal, si queremos mirar con otros ojos, volver a la
resurrección de Jesús. Porque así será la que esperamos.
Como no hemos sabido romper
esquemas dualistas (cuerpo y alma), en otros ambientes, pareciera que “el alma”
anda flotando a la espera de “que le devuelvan el envase” que ocurrirá “al final
de los tiempos”.
Y como no hemos, tampoco, roto el
esquema jurídico de un “juicio final” entendido con nuestras categorías
jurídicas (ironizo una vez más, pero si fuera como el poder judicial argentino
hay “infierno para todos y todas”) toca temblar hasta ver si el dedo imperial de
Dios se dirige hacia arriba o hacia abajo.
Isabel de la Trinidad decía, con
exactitud teológica: “el cielo es Dios”. Si la resurrección es un encuentro con
Dios, el encuentro de un pueblo (no de individuos), lo mejor para entenderla es
sencillamente mirar a Dios, a ese Dios padre-madre (abbá-imma) enamorado
de sus hijos e hijas. Ciertamente un Dios que celebra y hace fiesta cuando el hijo
o la hija se encuentran con Él-Ella, un Dios comunidad que ni se entiende solo
ni quiere estarlo.
Y sabemos cómo es una fiesta… en
la que los niños y niñas corren, hacen ruido y, a veces, hasta rompen algo, en
la que el abuelo repite anécdotas que escuchamos mil veces, en la que una tía
malhumorada casi no habla y un primo reparte chimentos, no siempre agradables.
Y brindamos, y celebramos, y nos alegramos, y cantamos… y esperamos volvernos a
ver “el año que viene”. ¿E imaginamos la fiesta de Dios como una suerte de
desfile militar sin nada que se salga de la raya? Discúlpenme, pero pienso la
resurrección y la vida como una fiesta en la que Dios brinda porque sus hijos e
hijas están reunidos y celebramos. ¡Salud!
Imagen tomada de https://mundococina.es/como-dar-la-vuelta-a-la-tortilla-trucos
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