Propagar tonterías
Eduardo de la Serna
Un día, hace mucho tiempo, el 3
de febrero de 1945, hubo un fotógrafo, Joe Rosenthal, que difundió en los medios
una foto suya tomada en Iwo Jima, Japón. Allí se ve a 6 personas levantando una
bandera de los EEUU en medio del conflicto bélico. La foto le mereció a don Joe
el premio Pulitzer a la mejor fotografía ese año. Ciertamente era muy discente.
No mucho después surgió el planteo de que, en realidad, la foto no había sido una
instantánea sino una foto “armada”. Sospechando esto último, pero sin ser el
tema que me interesa, la reflexión más que evidente es que, sea como fuere, la
fotografía no solo dijo, sino también movilizó, impulsó (y por eso se difundió).
El nacionalismo (una especie de fuerza latente en tantas ocasiones) se vio
alimentado y revitalizado, cosa que en una guerra siempre es conveniente. A eso
también se lo llama “propaganda”.
Y eso, que tantos supieron
siempre, lo impulsan y alientan todavía hoy otros tantos. Los asirios, por
ejemplo, quizás uno de los imperios más sanguinarios de la historia, supieron
hacer ostentación de la sangre, y, cual película de Mel Gibson, la mostraban
por doquier. Sabiendo que venían, la cosa era rendirse o escapar antes que
llegaran. Algo semejante hicieron los romanos, desperdigando monumentos por
todas partes del imperio. Todos podían ver las omnipotentes y omnipresentes
legiones y su paso triunfal (quizás aprendido, a su vez, de la propaganda de Alejandro
Magno). Algo semejante, siglos después, hicieron los grupos paramilitares de
las AUC, provocando que Colombia fuera el segundo país con más desplazados del
mundo. La propaganda es poderosa, y en muchas ocasiones, indispensable al menos
para sobrevivir. La propaganda, obviamente, propaga.
De eso se tratan hoy las fotografías
oficiales. No puede dudarse. Ver una foto de Milei saludando a un bombero en la
Patagonia incendiada, una cantando el himno, o una comiendo milanesas en Casa Rosada
(con un fondo en el que se ve ¡la Casa Rosada!) no pretenden comunicar
información, pretenden “propagar”. Y, especialmente dirigida a grupos humanos
que solo ven (civilización de la pantalla) sin analizar, ¡y mucho menos leer!, lo
cual ayuda a entender o responder a muchos por qué.
Las Fuerzas Armadas lo hicieron
en Malvinas y, antes, con el Mundial 78, y un poco, también, con la “inminente
guerra con Chile”. Por supuesto que existe también una “contra propaganda”: en
el Mundial, empezando, aparentemente, por el periodismo de los Países Bajos,
mostraron el “ejército de mujeres armadas con pañuelos blancos sobre sus
cabezas”, lo cual también fue propagado. A eso puede sumarse la leyenda acerca
del por qué no vino Johan Cruyff y el rumor que afirmaba que, de ganar la final
(algo que jamás podría ocurrir, sospecho), los holandeses se negarían a recibir
la copa de manos de Videla. Eso también es propaganda. Pero, en este caso, lo
que cuenta no es quién transmite mejor “la verdad” sino aquello que los destinatarios
“quieren creer”. Obviamente, en Argentina, muchos eligieron creer que había una
“campaña antiargentina en el exterior”, que Amnesty International eran
perversos, que los argentinos somos derechos y humanos y muchas otras sandeces
más. Sandeces que, todavía hoy, y, ¡por supuesto, propaganda mediante!, muchos
eligen seguir creyendo.
Claro que los medios de
propagación no son hoy los de ayer. La foto de Rosenthal, cuyo rollo fue
enviado, revelado y analizado en Guam, a más de 1.000 kilómetros de Iwo Jima
(con todo el tiempo y riesgos que eso implica) y luego enviada por fax por Associated
Press a todo el mundo, fue algo que demoró más de 17 horas en llegar.
Ciertamente, esto es hoy impensable e incomprensible para tantos… o para casi todos.
Hoy, la propaganda se propaga casi al instante, en “tiempo real”, la publicidad
se hace “pública” al momento. Y se elige creer simultáneamente. ¿Analizar? ¡No!
¡Yo no me meto en política!
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