jueves, 2 de abril de 2026

Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día

Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día

Eduardo de la Serna



Como es evidente, el término “sacerdote / cio” proviene de lo “sagrado”, lo sacro. Se trata de alguien – varón o mujer en general – que tiene una relación con lo sagrado, pero algo que, obviamente, no es “para sí”, sino para otros, sea un grupo, una comunidad o un pueblo. De allí que su servicio sea de mediador. No hay sacerdote sin “lo sagrado”, pero tampoco lo hay sin “otros”, llamémoslo “pueblo”. “Mediador entre Dios y los hombres (varones y mujeres)”, se canta.

Diferentes culturas o espacios “religiosos” o confesiones, tienen criterios diferentes para que alguna persona pueda acceder al sacerdocio. En el Israel bíblico, por ejemplo, sólo lo eran los varones que pertenecían a la tribu de Leví (el sacerdocio femenino no existía en el mundo bíblico). En ese sentido, en Israel no existía lo que llamamos “vocación sacerdotal”. Si alguien quería ser sacerdote, no podía serlo a menos que perteneciera a la tribu de Leví, y un “levita” era sacerdote, aunque no lo quisiera. Y, aunque había muchos grados y roles, todos tenían un servicio que cumplir entre Dios y el pueblo.

Es interesante, pero sería demasiado entrar en terrenos más amplios, notar que el mismo Israel se ve a sí mismo como un pueblo sacerdotal, esto es mediador entre Dios y los demás pueblos (= los paganos). Pero, además, es importante entender que en el mundo antiguo, lo “sagrado” es algo evidentemente diferente de cómo se entiende en la actualidad; lo sagrado se contrapone a lo profano, y hay tiempos sagrados, personas sagradas, espacios sagrados, alimentos sagrados que no pueden siquiera mezclarse con lo profano.

Pero, entrando en el Nuevo Testamento, es sabido que entre los primeros cristianos no existía un “orden sacerdotal”; Jesús mismo era laico (de la tribu de Judá); y los primeros seguidores tenían diferentes ministerios al servicio de los demás, pero estos no fueron catalogados como sacerdocio.

Será el autor de la carta a los Hebreos el que – haciendo una lectura espiritual del Antiguo Testamento – afirmará que Jesús sí era sacerdote (repito: ¡espiritualmente!). Pero, si nos detenemos en los demás textos del nuevo Testamento, nos consta que había celebraciones, había bautismos, había reuniones de comunidad, pero nunca se dice cómo se celebraban y quiénes y qué roles cumplía cada uno o cada una en ellos. Como es razonable, a medida que las comunidades empiezan a organizarse, a estructurarse e institucionalizarse, empiezan a establecerse roles y ministerios, fijos o temporales, pero – propiamente hablando – esto fue lento, y no fue universal hasta pasado bastante tiempo (siglo III, seguramente).

Esto no significa que no hubiera celebraciones, grupos o incluso ministros o ministras que establecieran una cierta mediación entre lo sagrado y el pueblo o las comunidades. El servicio profético, por ejemplo, ha de tenerse en ese sentido por sacerdotal ya que es una mediación, una relación con Dios y con el pueblo.

Pero con el tiempo, y especialmente cuando los tres “oficios”, real, profético y sacerdotal, se fueron distinguiendo, el “ministerio” sacerdotal se fue institucionalizando. El “sacerdote” realiza su mediación en función de la liturgia, el altar; el profeta, en cambio, con la palabra y el rey en la conducción. Todo dice relación con Dios, pero varía el rol ministerial.

Es interesante, a su vez, que el Concilio Vaticano II fortaleció la identidad eclesial como “pueblo de Dios”; ya no había conductores y conducidos, sino que todo el pueblo, cada quién con sus distintos ministerios o carismas, eran reyes, profetas y sacerdotes por el Bautismo. Todo el pueblo, todos los miembros del pueblo, lo son.

En este sentido es bueno pensar brevemente el “ministerio ordenado”, al que habitualmente se llama “sacerdocio”. Insisto, para empezar, que, por un lado, todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes, como se ha dicho. Insisto, además, que la relación con lo “sagrado”, no se da exclusivamente en el altar como es evidente. Sería razonable, entonces, pensar qué es lo que se dice al destacar tal o cual ministerio (presbiterado, episcopado o diaconado, por ejemplo, pero no solo) y después – recién después – ver si el término “sacerdote” le es adecuado.

Una extraña mentalidad juridicista, que pretende diversos momentos institucionales para poder afirmar que en tal o cual acto o dicho Jesús “instituyó” tal o cual sacramento, entiende que al decir “hagan esto en memoria mía”, Jesús “instituyó el sacerdocio” (por eso se lo celebra el Jueves Santo, acotemos). Es muy difícil dudar que las comunidades siguieron celebrando la Cena del Señor, pero no resulta evidente que – como se ha dicho – dejaran claro quiénes presidían (si había quienes lo hacían) las celebraciones. Y, los actuales estudios bíblicos complican (felizmente) la cosa dejando en penumbra quiénes participaron o no de esa Última Cena. La fundamentalista serie “Los Elegidos”, por ejemplo, que no puede ignorar que las mujeres participaban de las comidas con Jesús, las retira de la escena enviándolas a Betania para protegerlas y que, entonces, sean sólo “los Doce” los participantes de esa cena…

Ahora bien, si el ministerio ordenado tiene también un rol real y uno profético, no está de más preguntarnos si no puede haber ministros ordenados más dedicados a la conducción y otros más dedicados a la palabra y ¡todos ellos!, “mediadores entre Dios y las personas”. Es decir, llamarlos “sacerdotes” los limita “al altar””; un ministro que se dedica a la palabra o que acompaña comunidades o que peregrina o que está en medio de los pobres, no está en el “altar”, ¿es menos “sacerdote”? Pero, mirando otros términos, a su vez, – hoy, no ayer – “pastores” parece suponer “rebaño”, cosa que en la actualidad muchos, muy razonablemente, se niegan a ser reconocidos como tales. La imagen del pastor incluía, también, a aquel que se pone delante de su rebaño ante el peligro, de allí el “cuidado pastoral”. De aquí el término “cura”. Se trata de quien tiene cuidado (latín “curare”).

Queda un planteo que hoy supera el tema del día (Jueves Santo) y es el acceso de las mujeres al ministerio ordenado. Ya señalé que la lectura juridicista “hace agua” y, además, si se aplicara, es muy discutible que no hubiera mujeres cuando Jesús dijo “hagan esto…”. Por otro lado, hay suficientes trabajos que han ido mostrando seria y académicamente el acceso de mujeres en diferentes tiempos y lugares. Y es, a su vez, evidente, que el patriarcado fue dejado de lado cada vez mas a las mujeres de todos los espacios ministeriales. Pero – y suponiendo que jamás las hubiera habido (suponiendo erróneamente, repito) – la pregunta sensata es cuál es la razón por la cual hoy las mujeres no pueden tener acceso a los ministerios ordenados. Ciertamente la respuesta “Jesús no lo hizo” es totalmente parcial y limitada (Jesús nunca comió papa, no viajó en tren, nunca usó estola o mitra y nunca confesó a nadie… podríamos decir irónicamente); la pregunta razonable – que debe ser seriamente pensada (y no ideológicamente, como lo es el patriarcado) – es “¿Jesús lo haría?” Dejo el tema porque, como dije, excede al tema, pero sin duda creo que la respuesta debiera ser ¡sí!

Celebrar el ministerio ordenado, sea o no adecuado el día históricamente hablando, es algo sumamente razonable; es de esperar que, aprovechando el día, sirva para que los ministros no olviden (no olvidemos) que el ministerio existe en favor de un pueblo, y no para nosotros mismos. Cuando el cura aparece demasiado (clericalismo le llamaba el papa Francisco) el pueblo le está a su servicio y todo se ha trastocado. Que no hay un solo y único modo de ser curas, aunque, cada quién, debería buscar el modo de serlo del mejor modo posible, dejando a Dios ser Dios y todo y siempre en favor del bien del pueblo.


Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/almacen-de-metraje-de-v%C3%ADdeo-mucha-gente-la-muchedumbre-caminando-lo-largo-del-camino-video54338366

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