Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día
Eduardo de la Serna
Como es evidente, el término “sacerdote / cio”
proviene de lo “sagrado”, lo sacro. Se trata de alguien – varón o mujer en general
– que tiene una relación con lo sagrado, pero algo que, obviamente, no es “para
sí”, sino para otros, sea un grupo, una comunidad o un pueblo. De allí que su
servicio sea de mediador. No hay sacerdote sin “lo sagrado”, pero tampoco lo
hay sin “otros”, llamémoslo “pueblo”. “Mediador entre Dios y los hombres
(varones y mujeres)”, se canta.
Diferentes culturas o espacios “religiosos” o
confesiones, tienen criterios diferentes para que alguna persona pueda acceder
al sacerdocio. En el Israel bíblico, por ejemplo, sólo lo eran los varones que pertenecían
a la tribu de Leví (el sacerdocio femenino no existía en el mundo bíblico). En
ese sentido, en Israel no existía lo que llamamos “vocación sacerdotal”. Si alguien
quería ser sacerdote, no podía serlo a menos que perteneciera a la tribu de Leví,
y un “levita” era sacerdote, aunque no lo quisiera. Y, aunque había muchos
grados y roles, todos tenían un servicio que cumplir entre Dios y el pueblo.
Es interesante, pero sería demasiado entrar
en terrenos más amplios, notar que el mismo Israel se ve a sí mismo como un
pueblo sacerdotal, esto es mediador entre Dios y los demás pueblos (= los paganos).
Pero, además, es importante entender que en el mundo antiguo, lo “sagrado” es
algo evidentemente diferente de cómo se entiende en la actualidad; lo sagrado
se contrapone a lo profano, y hay tiempos sagrados, personas sagradas, espacios
sagrados, alimentos sagrados que no pueden siquiera mezclarse con lo profano.
Pero, entrando en el Nuevo Testamento, es sabido
que entre los primeros cristianos no existía un “orden sacerdotal”; Jesús mismo
era laico (de la tribu de Judá); y los primeros seguidores tenían diferentes
ministerios al servicio de los demás, pero estos no fueron catalogados como
sacerdocio.
Será el autor de la carta a los Hebreos el
que – haciendo una lectura espiritual del Antiguo Testamento – afirmará que
Jesús sí era sacerdote (repito: ¡espiritualmente!). Pero, si nos detenemos en
los demás textos del nuevo Testamento, nos consta que había celebraciones,
había bautismos, había reuniones de comunidad, pero nunca se dice cómo se celebraban
y quiénes y qué roles cumplía cada uno o cada una en ellos. Como es razonable,
a medida que las comunidades empiezan a organizarse, a estructurarse e institucionalizarse,
empiezan a establecerse roles y ministerios, fijos o temporales, pero –
propiamente hablando – esto fue lento, y no fue universal hasta pasado bastante
tiempo (siglo III, seguramente).
Esto no significa que no hubiera
celebraciones, grupos o incluso ministros o ministras que establecieran una
cierta mediación entre lo sagrado y el pueblo o las comunidades. El servicio
profético, por ejemplo, ha de tenerse en ese sentido por sacerdotal ya que es
una mediación, una relación con Dios y con el pueblo.
Pero con el tiempo, y especialmente cuando
los tres “oficios”, real, profético y sacerdotal, se fueron distinguiendo, el “ministerio”
sacerdotal se fue institucionalizando. El “sacerdote” realiza su mediación en
función de la liturgia, el altar; el profeta, en cambio, con la palabra y el
rey en la conducción. Todo dice relación con Dios, pero varía el rol ministerial.
Es interesante, a su vez, que el Concilio
Vaticano II fortaleció la identidad eclesial como “pueblo de Dios”; ya no había
conductores y conducidos, sino que todo el pueblo, cada quién con sus distintos
ministerios o carismas, eran reyes, profetas y sacerdotes por el Bautismo. Todo
el pueblo, todos los miembros del pueblo, lo son.
En este sentido es bueno pensar brevemente el
“ministerio ordenado”, al que habitualmente se llama “sacerdocio”. Insisto,
para empezar, que, por un lado, todos los bautizados son sacerdotes, profetas y
reyes, como se ha dicho. Insisto, además, que la relación con lo “sagrado”, no
se da exclusivamente en el altar como es evidente. Sería razonable, entonces,
pensar qué es lo que se dice al destacar tal o cual ministerio (presbiterado,
episcopado o diaconado, por ejemplo, pero no solo) y después – recién después –
ver si el término “sacerdote” le es adecuado.
Una extraña mentalidad juridicista, que
pretende diversos momentos institucionales para poder afirmar que en tal o cual
acto o dicho Jesús “instituyó” tal o cual sacramento, entiende que al decir “hagan
esto en memoria mía”, Jesús “instituyó el sacerdocio” (por eso se lo
celebra el Jueves Santo, acotemos). Es muy difícil dudar que las comunidades
siguieron celebrando la Cena del Señor, pero no resulta evidente que – como se
ha dicho – dejaran claro quiénes presidían (si había quienes lo hacían) las
celebraciones. Y, los actuales estudios bíblicos complican (felizmente) la cosa
dejando en penumbra quiénes participaron o no de esa Última Cena. La
fundamentalista serie “Los Elegidos”, por ejemplo, que no puede ignorar que las
mujeres participaban de las comidas con Jesús, las retira de la escena
enviándolas a Betania para protegerlas y que, entonces, sean sólo “los Doce”
los participantes de esa cena…
Ahora bien, si el ministerio ordenado tiene también un rol real y uno profético, no está de más preguntarnos si no puede haber ministros ordenados más dedicados a la conducción y otros más dedicados a la palabra y ¡todos ellos!, “mediadores entre Dios y las personas”. Es decir, llamarlos “sacerdotes” los limita “al altar””; un ministro que se dedica a la palabra o que acompaña comunidades o que peregrina o que está en medio de los pobres, no está en el “altar”, ¿es menos “sacerdote”? Pero, mirando otros términos, a su vez, – hoy, no ayer – “pastores” parece suponer “rebaño”, cosa que en la actualidad muchos, muy razonablemente, se niegan a ser reconocidos como tales. La imagen del pastor incluía, también, a aquel que se pone delante de su rebaño ante el peligro, de allí el “cuidado pastoral”. De aquí el término “cura”. Se trata de quien tiene cuidado (latín “curare”).
Queda un planteo que hoy supera el tema del
día (Jueves Santo) y es el acceso de las mujeres al ministerio ordenado. Ya
señalé que la lectura juridicista “hace agua” y, además, si se aplicara, es muy
discutible que no hubiera mujeres cuando Jesús dijo “hagan esto…”. Por otro lado,
hay suficientes trabajos que han ido mostrando seria y académicamente el acceso
de mujeres en diferentes tiempos y lugares. Y es, a su vez, evidente, que el
patriarcado fue dejado de lado cada vez mas a las mujeres de todos los espacios
ministeriales. Pero – y suponiendo que jamás las hubiera habido (suponiendo
erróneamente, repito) – la pregunta sensata es cuál es la razón por la cual hoy
las mujeres no pueden tener acceso a los ministerios ordenados. Ciertamente la
respuesta “Jesús no lo hizo” es totalmente parcial y limitada (Jesús nunca
comió papa, no viajó en tren, nunca usó estola o mitra y nunca confesó a nadie…
podríamos decir irónicamente); la pregunta razonable – que debe ser seriamente
pensada (y no ideológicamente, como lo es el patriarcado) – es “¿Jesús lo
haría?” Dejo el tema porque, como dije, excede al tema, pero sin duda creo que
la respuesta debiera ser ¡sí!
Celebrar el ministerio ordenado, sea o no
adecuado el día históricamente hablando, es algo sumamente razonable; es de
esperar que, aprovechando el día, sirva para que los ministros no olviden (no
olvidemos) que el ministerio existe en favor de un pueblo, y no para nosotros
mismos. Cuando el cura aparece demasiado (clericalismo le llamaba el papa
Francisco) el pueblo le está a su servicio y todo se ha trastocado. Que no hay un
solo y único modo de ser curas, aunque, cada quién, debería buscar el modo de
serlo del mejor modo posible, dejando a Dios ser Dios y todo y siempre en favor
del bien del pueblo.
Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/almacen-de-metraje-de-v%C3%ADdeo-mucha-gente-la-muchedumbre-caminando-lo-largo-del-camino-video54338366
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