El demonio o los demonios
Eduardo de la Serna
En el mundo griego, la palabra “demonio” no significaba lo mismo que
significa hoy para nosotros; se trataba, en realidad, de una especie de fuerza
externa y no material, y esta podía ser benéfica o maléfica para las personas.
Por ejemplo, el historiador judío Flavio Josefo (siglo I), hablando de un
personaje llamado Juan Hircano dice que “tenía tres cosas
principalmente él solo, porque era príncipe de los judíos, pontífice, y además
de esto profeta, con quien la divinidad hablaba de tal manera, que nunca
ignoraba algo de lo que había de acontecer” (Guerra de los Judíos I:69). Y
donde, en castellano dice “la divinidad”, en griego dice “demonio”; en este
caso, como se ve, por “demonio” se entiende nada menos que a Dios.
En la Biblia, en cambio, la cosa tiene otros matices. En el
antiguo testamento en griego (la palabra “demonio” es una palabra
griega), por ejemplo, allí donde el hebreo decía que los “dioses de los otros
pueblos” son “la nada misma”, en griego dice “son demonios” (Salmo 95,5); lo
mismo ocurre en otras ocasiones como en Isaías
65,11. Pero en el libro de Tobías –
que no se encuentra en la Biblia hebrea sino en la griega – se presenta a
un demonio llamado Asmodeo como una fuerza espiritual que mata a todos los
maridos de Sarra antes de la noche de bodas porque estaba enamorado de ella
(Tobías 6,15), pero que finalmente será derrotado y atado por el ángel Rafael
(Tob 8,3). Si llegamos al Nuevo Testamento, los demonios siempre son personajes
negativos que obran el mal en las personas enfermándolas o perjudicándolas; a
veces son llamados “espíritus impuros” (pero esta imagen se encuentra casi exclusivamente en los Evangelios) y
su característica es que son “expulsados”.
Es interesante notar que, en la
Biblia – especialmente en el Nuevo Testamento – los demonios son presentados
como una especie de soldados enemigos y que, por lo tanto, tienen un jefe (lo
que en griego se dice arjôn / arjê) que tiene diferentes nombres:
Belcebú, Belial, “el
gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del
mundo entero” (Apocalipsis 12,9), muchos nombres para el mismo “general”. Es
decir, el diablo es el jefe del ejército de los demonios. Pero estos, en este
mundo simbólico, se enfrentan con otro ejército espiritual, los ángeles que
también tienen un jefe (arjê, un arj-ángel) que es Miguel, del
que ya hemos hablado. En este lenguaje simbólico, típico de esta época, se dice
que “se entabló una
batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el
Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el
cielo lugar para ellos (Ap 12,7-8; ver Jud 9), “En aquel tiempo surgirá Miguel,
el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. ... En aquel tiempo se
salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro” (Daniel
12,1).
Como puede verse, en tiempos de
mucha violencia provocada por el imperio, sea griego (tiempo de Daniel) o
Romano (tiempo del Apocalipsis). los autores bíblicos imaginan un conflicto
entre fuerzas espirituales teniendo claro que las fuerzas del mal no pueden
vencer a los amigos de Dios. Dos ejércitos con sus generales (el arjé príncipe
de los demonios, el diablo y el arjé, príncipe de los ángeles, Miguel)
combaten. Cualquier lector de la Biblia, entonces, entendía que en la historia
se mueven fuerzas benéficas y fuerzas maléficas para los seres humanos, y que
los miembros del pueblo de Dios están siempre invitados a tomar partido por
Dios y su causa, que es su reino. Las fuerzas del mal pueden parecer poderosas
(porque los imperios lo son y el mal en ocasiones parece imponerse) pero los
demonios son finalmente expulsados, aunque sean como una Legión romana (Marcos
5,9), porque Dios toma partido en la historia, y no es indiferente al mal y el
sufrimiento de sus amigos. En la historia, el mal, como la muerte, no tienen la
última palabra.
Imagen tomada de https://historiaeweb.com/2017/01/28/el-ejercito-hoplita/
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