sábado, 6 de diciembre de 2025

Los sacramentos cambian, el diaconado para las mujeres ¡no!

Los sacramentos cambian, el diaconado para las mujeres ¡no!

Eduardo de la Serna



En el Vaticano se ha hecha pública la decisión negativa sobre el acceso de las mujeres al diaconado… "a la luz de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio eclesiástico” y quisiera expresar brevemente mi opinión ante tan lamentable postura.

Es evidente que los estudios bíblicos contemporáneos, particularmente después de la Divino Afflante Spiritus (Pio XII) y el documento Dei Verbum del Concilio Vaticano II han avanzado y crecido de un modo notable, para temor de algunos y provecho de la mayoría.

Así, mientras antiguamente la Biblia era solamente algo que debía confirmar lo que la dogmática afirmaba (Dicta Probantia), hoy se pretende – no en todas partes, hemos de reconocerlo – que la Biblia sea “el alma de la teología”.

Así, por ejemplo, se ha abandonado una mentalidad a la que podríamos calificar de “juridicista” que pretendía demostrar en qué momento preciso Jesús había instituido determinados sacramentos. Hoy parece más sensato afirmar que no se trata de que Jesús “fundó” la Iglesia, sino que la Iglesia debe “fundarse” en Jesús.

Y, como se dice, en esa vida y tradición eclesial se han de ubicar los sacramentos.

Es evidente que el Bautismo, por ejemplo, en un primer tiempo se administraba “en nombre de Jesús”, como se ve en Pablo y en Hechos de los Apóstoles. Recién Mateo, en las últimas décadas del s. I utilizó la fórmula “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” que luego se impuso. Pero, recién con el tiempo se aceptó una alternativa a la inmersión del bautizando aceptando el derramamiento de agua sobre su cabeza. E, incluso, ante la conversión en masa de indígenas en México, a causa del acontecimiento guadalupano, se aceptó el rociamiento con agua (aunque se vedó para el futuro). Todavía, entrado el siglo XX, el gran teólogo luterano Karl Barth señaló la inconveniencia del bautismo de niños, cosa que pasó a numerosos tratados teológicos europeos.

El sacramento de la reconciliación también tuvo sus momentos de cambio. Inspirado en Hebreos (9,26-28; 10,10) por varios siglos se administraba solamente una vez en la vida, con las obvias consecuencias que esto conllevaba. Añadido al momento penitencial, fueron importantes las peregrinaciones al Santo Sepulcro, a Roma y a Compostela (mucho más tarde, Francisco consigue que se incorpore Asís a este grupo) con las complicaciones que esto también traía y sus consecuencias económicas.

Sabemos que la Eucaristía también tuvo momentos diversos en la historia: la unidad entre “mesa” y “misa” fue frecuente en los primeros tiempos, aunque luego estas se dividieron. No deja de ser curioso que el texto eucarístico del Evangelio de Juan (Jn 6,9.13), la referencia comienza con el pan de cebada (pan de los pobres), no de trigo. Sabemos, incluso, que en un tiempo se participaba por la mañana de las oraciones y luego, por la noche, esto se complementaba. Sabemos, también, que. de la celebración eucarística, no podían participar sino los bautizados, por lo que, los catecúmenos sólo podían participar de una parte el primer año y, en el segundo año, hasta el Padrenuestro. También que, a partir de la crisis con el protestantismo, que se omitió la comunión con el cáliz.  Pero la eucaristía – especialmente desde la influencia del neoplatonismo – se celebraba en el misterio, algo que solamente quienes tenían acceso al altar podían ver. La celebración “circular” del pueblo en torno a la mesa-altar retomada por el Concilio Vaticano II, en lengua vernácula, fue, ciertamente, un nuevo cambio que, en general, gozó de amplia recepción.

En esta misma línea de pensamiento, es evidente que en la historia de la Iglesia ha habido diferentes momentos en los ministros ordenados. Es sabido que la actual estructuración en tres “grados”: diaconado – presbiterado y episcopado, recién fue establecida en la Traditio Apostólica (Hipólito romano, s. III). Es verdad que en los escritos tardíos del Segundo Testamento y algunos padres del s. II (Ignacio de Antioquía particularmente) ya se utilizan estos términos, pero, por un lado, no son universalmente (católicamente) aceptados en ese mismo tiempo, y, además, no es evidente que sean ni firmemente establecidos ni duraderos, al menos en ocasiones. Así, por ejemplo, se afirma que el acceso de mujeres al diaconado y presbiterado (del episcopado consta solamente una frase en una tumba sin que sea preciso el sentido) no han de entenderse en el actual modo de entender los ministerios. Podemos acordar con eso ¡sí, y solo sí! lo mismo se aplica a los varones; no es sensato afirmar que Esteban fue diácono pero Febe no lo fue, por ejemplo; o ambos no, o ambos sí…).

El antiguo (y vetusto) planteo de que Jesús instituyó la Eucaristía en la última cena (mirada juridicista) y también el ministerio ordenado al decir “hagan esto…” entra en crisis, no solamente por lo dicho más arriba, sino por la posibilidad concreta de que algunas mujeres también participaran de la cena con Jesús. Es obvio que en el Segundo Testamento no se indica el modo como se realizaban las celebraciones comunitarias, pero, en la primera generación (Pablo, por ejemplo), la participación de mujeres al mismo nivel que los varones es evidente. La estructuración eclesiástica siguiendo el modelo romano de la “casa” fue relegando a las mujeres, aunque en los primeros siglos su participación es más que evidente (especialmente porque si el “lugar” de las mujeres era el interior de la casa, es allí donde se celebraba la Eucaristía… Constan abundantes casos de celebraciones presididas por mujeres, aunque esto fuera cada vez más restringido y, hasta, más tarde, impedido.

El reciente ¡no! de la comisión vaticana encargada de evaluar el acceso de mujeres al diaconado es llamativo. Por lo menos llamativo. Para empezar, porque afirma que “por el momento no es posible formular un juicio definitivo, como en el caso de la ordenación sacerdotal”: es decir, si eventualmente se tomara una decisión en contrario, las mujeres no pueden ¡de ninguna manera!, esperar ni soñar el acceso al presbiterado…

Debo confesar que el argumento que algunos han planteado que “Jesús era varón” me ha resultado el argumento más insustancial y menos razonable que yo podría imaginar. Jesús era laico, ¡debemos recordarlo! Y cuando escucho “justificar” el supuesto respeto en la Iglesia por las mujeres dado el amor a la Virgen María, me pregunto si se están burlando de mí. Jesús no es referente para los varones y la Virgen para las mujeres, ¡evidentemente! María es modelo de discípula para mujeres y para varones; Jesús es la palabra que se hace “carne” humana (varones y mujeres) para mostrar un Dios que le sale al encuentro a la humanidad, a varones y a mujeres.

Lamentablemente, también debo confesar, no me extraña; no esperaba de los ambientes de la curia vaticana, apertura de género, atención a los signos de los tiempos, y, ni siguiera, docilidad al Espíritu Santo. El patriarcado, el miedo, el autoritarismo, y la misoginia (cuando no ginofobia) campean a sus anchas en la “Santa Madre” (sic). Curiosamente dicen que el tema debe ser mejor estudiado, siendo que grandes teólogas y algunos teólogos llevan casi un siglo estudiándolo atenta y concienzudamente. A lo mejor serían, al menos más honestos, y en lugar de decir que “por ahora”, que “debemos profundizar” se atrevan a decir “tenemos miedo”, consideramos a “las mujeres como inferiores”, “no queremos ceder poder” o cosas por el estilo. No sería grato, pero al menos sería más creíble. Mientras tanto, toca seguir esperando que alguna vez el Espíritu Santo, “el alma de la Iglesia”, se decida a “pegar un golpe sobre la mesa”.


https://laicismo.org/mujeres-en-el-altar/

 

Imagen de 4 religiosas limpiando de oleo el altar de la Sagrada Familia que el papa Benito XVI había consagrado, tomada de https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20101108/cuatro-monjas-limpiaron-oleo-altar-584380

viernes, 5 de diciembre de 2025

Tres causas para pensar

Tres causas para pensar

Eduardo de la Serna



Hace poco me pidieron que dijera algo en una comunidad marginal que pretendía resistir y entender…


Yo dije que creo que las razones de que estemos como estamos son fundamentalmente tres: espiritualismo, individualismo y pereza.


1.- Espiritualismo (no “espiritualidad”, por cierto) que creo que debe entenderse con una mirada neoplatónica.


A fines del s. II y principios del s. III, el neoplatonismo – al menos en ciertos temas – confrontaba con el gnosticismo (ambos en auge en Alejandría). A modo de ejemplo, mientras los gnósticos (para quienes toda la materia es negativa) negaban el matrimonio, Clemente lo defendía (al menos como una suerte de “mal necesario”) destacando que Pedro estaba casado, y también Pablo y Felipe… El dualismo neoplatónico tuvo presencia importante en la espiritualidad católica hasta fines del s. XIX y, cada tanto, persiste en regresar; el individualismo, sin duda, es propio de ellos. Especialmente en estos tiempos en los que el gnosticismo (new age, por ejemplo, y ciertas corrientes, también dentro de la Iglesia) está vigente, el neoplatonismo también tiene su presencia. Un tema característico en América Latina es la insistencia de que “hay una sola historia”, no dos (la historia profana y la historia sagrada), pero esa “historia sagrada” se resiste a la desaparición, dualismo mediante.


Es interesante que el “Renacimiento” quiso volver a los orígenes (nacimiento), esto es el helenismo, y por eso se caracterizó por el resurgimiento del neoplatonismo como superador de la “edad oscura”, que había (habría) sido el Medioevo… así se dio espacio a la modernidad que,más tarde, entra en crisis con los “maestros de la sospecha”… y que da paso a lo que – todavía hoy, al menos – llamamos “posmodernidad…


2.- Individualismo es una mirada totalmente vigente, y en la que el “intimismo” y el “espiritualismo” no son ajenos. En ciertos grupos eclesiásticos predominan los textos ¡y cantos!, en “primera persona del singular”: “me has mirado a los ojos… mi nombre”, “espíritu se mueve en mí…”, “ven a mi vida” … Ha desaparecido el “nosotros” de la comunidad, de la Iglesia pueblo de Dios. Se exaltan las “adoraciones eucarísticas”, en las que, por cierto, no hay mesa, no hay comida, no hay peregrinación sino “Jesús y yo” … Y esto se expresa también en la política (“¡viva MI libertad…!”), en la economía (meritocracia y emprendedurismo). No deja de ser interesante que los muchos salmos, originalmente en primera persona del singular se incorporan al canon bíblico cuando conforman una suerte de “cancionero de un pueblo” y lo individual se refleja en un “yo = pueblo”. El triunfo del individualismo en la espiritualidad y pastoral eclesiástica no debería descuidarse a la hora de un análisis de situación.


3.- La pereza es un “vicio” capital; no se trata de pecados, sino situaciones vitales que nos dejan “a la puerta”. Es fácil de entender en el caso de la envidia: al ver los logros de otra persona, la envidia puede servir para esforzarnos y superarnos para alcanzar eso mismo, o también para buscar su eliminación. En un caso es una “sana envidia”, en el otro, se dio el paso al pecado, se “traspasó la puerta”. Pero la pereza no tiene una variante constructiva: “me da pereza levantarme” y quedamos en el suelo.  La pereza nos lleva a no leer, no estudiar, no investigar… y conformarnos (perezosamente) en un simple volante (= flyer), un TicToc o cosas menores. Y, entonces, repetimos sin informarnos lo que “está establecido” que digamos, lo que “me” agrada.


Así triunfa lo afectivo por sobre la razón, y, más aún, el arrebato (positivo o negativo, como el gozo o el odio / miedo) que tienen que ver con la pereza y con el individualismo.


No pretendo dar recetas, pero sí creo que es sensato elegir la razón por sobre el algoritmo, la comunidad por sobre el individualismo y una mirada integradora por sobre el espiritualismo (que, por definición, es individualista). No pretendo triunfos ni rating, simplemente compartir entre tantos la sensación militante de caminar las huellas de un Nazareno, que fracasó, fue asesinado y abandonado por sus amigas y amigos (mucho más estos que aquellas, debemos reconocerlo), pero que un día, su papá / mamá Dios le y nos dijo “¡es por acá!”


Imagen tomada de https://itemadrid.net/dualismo-y-psicologia/

jueves, 4 de diciembre de 2025

Maher Salal Jas Baz

Maher Salal Jas Baz

Eduardo de la Serna



Desde hace ya mucho tiempo estamos – en estas páginas – presentando diferentes personajes bíblicos. Hoy queremos tomar uno, casi desconocido, y, a continuación de esto, presentar otros casos similares.

Maher Salal Jas Baz es el nombre que tiene un hijo de Isaías, y – poco antes – se había señalado que eso mismo debía escribir el profeta en una tabla (Is 8,1.3). En hebreo eso significa “Pronto al saqueo – rápido el botín” y, convengamos, no suele ser un nombre habitual para un hijo.

Pero antes de avanzar es importante tener muy presente que, a diferencia de lo que ocurre entre nosotros, la elección de un nombre para un hijo era algo sumamente significativo en los tiempos bíblicos. El nombre “dice” algo sobre esa persona. Por eso también serán frecuentes e importantes los cambios de nombre; como tendremos presente – hay muchos casos en la Biblia de esto – el cambio de nombre a Simón: “te llamarás Pedro” (Mt 16,18); lo cual implica un encargo a la persona “llamada”. Aquí es oportuno reconocer que, como el caso del hijo de Isaías, tampoco es frecuente que a alguien se lo llame “piedra” … Con el paso del tiempo nos hemos habituado, especialmente por la acepción “Pedro”, y no el arameo Cefas. Ya sabemos que, en ocasiones, al anunciar el nacimiento de un hijo, el enviado de Dios, a su vez indica el nombre que se le pondrá lo cual será en función de la misión del nacido.

Veamos el contexto del nombre del hijo del profeta: la ciudad de Jerusalén está sitiada por los reyes de Samaría y Damasco con la intención de derrocar al rey y poner uno que, aliado con ellos, enfrentara al ejército asirio que se aproximaba, algo a lo que el rey Ajaz se negaba. Es que “antes que el niño sepa decir «papá» y «mamá», la riqueza de Damasco y el botín de Samaría serán llevados ante el rey de Asiria» (Is 8,4), he ahí el saqueo y el botín que, como en el nombre del nacido, ocurrirán “pronto”. Como puede verse, el extraño nombre del hijo de Isaías forma parte integral de la predicación del profeta. Algo semejante había dicho, también Isaías, con un esquema idéntico y en el mismo contexto histórico y político: anuncia el nacimiento de un hijo (seguramente la esposa del rey está embarazada) y “le pondrá por nombre Emmanuel” (7,14, que significa Dios está con nosotros), es decir, Dios no deja abandonado a su pueblo ante las amenazas de los reyes que tienen sitiada la ciudad. Y, agrega: “antes que el niño sepa rehusar lo malo y elegir lo bueno, será abandonado el territorio cuyos dos reyes te dan miedo” (7,16).

Lo mismo ocurre con los nombres de los hijos de otro profeta: Oseas. El primero de ellos ha de llamarse Yizreel. Este es una región en la que el rey Jehú derramó mucha sangre (2 Re 9,10-36), y donde antes se había derramado también la sangre de Nabot (1 Re 21,1-16). En este caso, se anuncia el fin del período de aquel rey sangriento. La segunda hija se llama Lo-Ruhama, es decir “No-Compasión”, porque ante tanta infidelidad Dios ya no tendrá compasión de su pueblo. El tercer hijo es Lo-Ammi, “no mi pueblo”, porque puesto que Yahvé ya no es el Dios de Israel, ellos ya no serán “mi pueblo” (Os 1,3-9). Pero el profeta espera que en un futuro cercano la actitud del pueblo cambiará, la situación crítica se revertirá en expresa alusión a los nombres de los hijos (2,1-3). Pero eso ocurre después de la predicación expresada en el nombre de los hijos.

Así, por ejemplo, podemos recordar que el ángel, en sueños, dice a José que al hijo que espera su esposa María ha de llamarlo Jesús (que significa “Dios salva”) porque “él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21), algo idéntico encarga el ángel a María en Lucas 1,31. También Zacarías escucha que al hijo por venir le “pondrás por nombre Juan” (Lc 1,13) y cuando, en la circuncisión, muchos quieren ponerle otro nombre, Isabel dice expresamente que “se ha de llamar Juan” (1,61) y ante la insistencia de todos Zacarías escribe en una tabla (como Isaías) “Juan es su nombre” (1,63).

Nombre y misión van “de la mano” en la Biblia. En cada persona, en su nombre, Dios tiene algo para decir ayer y hoy. Quizás podamos aprender a que nuestra propia persona sea una predicación de Dios para quienes nos rodean.


Imagen tomada de https://stanzadellasegnatura.wordpress.com/2022/07/13/despues-de-dos-anos-de-estar-sitiada-y-mientras-reina-la-hambruna-en-jerusalen-los-babilonios-abren-una-brecha-en-sus-murallas-13-de-julio-de-586-ac/

martes, 2 de diciembre de 2025

Adviento 2A

“El reino se está acercando”, lo dice el profeta

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO -  "A"
Eduardo de la Serna



Lectura del libro de Isaías     11, 1-10

Resumen: La situación de devastación lleva a fortalecer la esperanza en que la dinastía de David volverá renovada. Y de allí surgirá  quién se deje conducir por el espíritu de Dios para hacer justicia en especial a los pobres y oprimidos. Es que la situación de los pobres corroe el interno de la vida del pueblo, por lo que en el tiempo futuro ideal no habrá cabida para la violencia y el miedo.


La imagen del tronco es metáfora de devastación y aniquilamiento (cf. 6,13). Los bloques anteriores (7,1-9,6 y 9,7-10,34) ya venían señalando que el juicio de Dios se manifestaría como devastación. El texto parece señalar la concreción del mismo. Pero este tronco es “de Jesé”, es decir, del padre de David; la dinastía que da fundamento a la monarquía en Judá se remonta a sus mismos orígenes. Quizás así se quiera señalar un “nuevo comienzo” en momentos críticos. 

Como es habitual, lo que se espera del rey es que esté lleno del espíritu de Dios (1 Sam 10,10; 16,13), sólo así puede ser un rey “como Dios manda”, es decir, fiel a la voluntad de Dios de instaurar el “derecho y la justicia”. Es el espíritu necesario para poder llevar adelante la misión que Dios le encomienda. En este caso se señala la cualidad de este espíritu presentado en tres pares de cualidades: “sabiduría e inteligencia” (cf. 1 Re 3,14-15; Is 9,5), “planificación y fuerza” (Is 36,5; cf. 1 Re 15,23; 16,5.27; 22,46. Así como en 9,5 la fuerza no está al servicio de la guerra, sino de la paz), “conocimiento y temor de Yahve”. Estas características son propias de los reyes de Medio Oriente.  

«Míos [dice la sabiduría] son el consejo y la habilidad, yo soy la inteligencia, mía es la fuerza. Por mí los reyes reinan y los magistrados administran la justicia» (Pr 8:14-15). El rey tiene la plenitud de la capacidad para “juzgar”, que es tarea propia del “monarca”, y esta está expresada como hacer justicia a los pobres, liberar con su fuerza a los que no la tienen. El “temor de Dios”  es obedecerlo, respetar su ley. El texto refuerza esta última cualidad señalando que el temor de Dios “lo inspirará”.

Nota: la versión griega reemplaza la referencia al “temor” del último par por la “piedad” y mantiene el “temor” en el refuerzo, con lo que las características del rey esperado pasan a ser siete. De aquí fue tomado, tardíamente, el tema de los así llamados “siete dones del Espíritu Santo”.

Es interesante destacar que si es propio del rey, juzgar, aquí no se señala la “obra de gobierno” sino su actitud con respecto a los pobres y oprimidos. La “rectitud” es sinónima de la justicia como se nota en el paralelismo (v.4); es propio del rey Yahvé (Sal 45,7; 67,5; Mal 2,6). Es justicia que se ejerce con la boca (ver v.4b) en sentencias justas en favor del pobre.

Este rey es “fiel” (’emunác). La fidelidad de Dios a su pueblo se manifiesta en la fidelidad de aquel al pueblo (Sal 33,4-5; 36,6-7; 40,11; 88,12-13; 96,13; 98,2-3…), ser fiel a su pueblo es la garantía de fidelidad del rey a Dios. Lo que devasta al pueblo no son enemigos externos, sino que es la injusticia, la fuerza de los malvados que oprimen a los pobres. Esto debe ser desarmado como lo señala claramente el programa del rey ideal (Salmo 72); en el nuevo tiempo inaugurado por la dinastía renovada no habrá víctimas de la violencia interna que deshace el país.

Este tiempo futuro será metafóricamente tiempo ideal de paz. No en el sentido de un paraíso perdido, pero sí en cierta semejanza a una armonía ideal. Es propio de la escatología bíblica imaginar los tiempos futuros como se imaginan los tiempos primeros. Los pares violentos de las parejas animales abandonan toda violencia y agresividad. Gen 1,30 ya había planteado que en el proyecto original de Dios no había lugar a la muerte, y la alimentación de todos sería vegetal, aquí como allí el león comerá paja con el buey. El miedo y la violencia han desaparecido porque el país “está lleno del conocimiento de Yahvé” (v.9); ya no se esperará a comer del “árbol del conocimiento” puesto que toda la tierra estará inundada de ese “conocimiento”.

El texto concluye con una nueva unidad comenzada por “en aquel día” (ver v.11.12; 12,1). La referencia a “Jesé” une el texto con lo anterior, mientras que la referencia al “día” futuro lo une con lo que sigue, en este caso ligado a la vuelta de los desterrados (algo más bien propio del llamado “Segundo Isaías”, como también la imagen del “nuevo éxodo”, cf. v.15).



Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     15, 4-9

Resumen: dos unidades diferentes son integradas en el texto litúrgico, una que refiere a los fuertes y los débiles, donde los primeros deben preocuparse seriamente de los segundos. Y otra referida a las judíos y los paganos que juntos buscan que Dios sea glorificado en sus vidas.


Como se señaló la semana pasada, la parte exhortativa de la carta a los romanos es motivo de debate entre los estudiosos. En el texto de hoy, esta está llegando a su fin para dar pasos a los saludos conclusivos. Con algunas reminiscencias a 1 Corintios, que probablemente la inspira, Pablo habla de la responsabilidad de los “fuertes” con los “débiles” (algo de lo que viene hablando desde 14,1 y parece concluir en 15,6 con la fórmula solemne “Dios y Padre de nuestro Señor Jesús, el Cristo”, cf. 5,11.21; 6,23; 7,25; 8,39). Esta unión entre unos y otros es destacada –ya a modo de conclusión de la carta, retomando lo que la motivó desde el comienzo- a la actitud de Cristo con los judíos y los paganos (15,7-13). A partir de v.14 Pablo finaliza dando algunas informaciones sobre su situación y sobre sus proyectos (15,14-33) y todo el cap. 16 envía saludos a diferentes personajes y a su vez destaca los saludos que algunos, que están cerca de él, les envían a los romanos. 

La unidad, entonces, integra el párrafo conclusivo de la perícopa sobre los fuertes y los débiles (15,1-6) y la unidad conclusiva de toda la carta (15,7-13). El texto litúrgico comienza con la digresión conclusiva de la primera unidad, y con el comienzo de la segunda, omitiendo la cadena de citas bíblicas (vv.9-12) y la oración conclusiva (v.13) de la segunda.

La referencia a los fuertes y los débiles parece que alude a los “débiles en la fe” (14,1) por lo tanto la relación está dada en las prácticas religiosas en las que unos creen que debe sostenerse la fe, mientras los fuertes se desentienden de eso. Para Pablo, la fe no consiste en una lista de preceptos, en una serie de prácticas religiosas a realizar, sino en la convicción de que la fe en sí misma es suficiente. Pero no se trata de una fe individualista ya que los fuertes (entre los que Pablo se cuenta a sí mismo, 15,1) deben sostener a los débiles, seguramente preocupados por los escrúpulos. Llevar unos las cargas de otros (cf. Ga 6,2) nos une a Cristo (15,1). En un ambiente en el que el honor era una suerte de “prioridad absoluta”, Pablo invierte el esquema cultural poniendo en el otro, especialmente en el débil la dedicación, en lugar de valerse de ellos, nuestra responsabilidad es “cargar” su debilidad. Para esto, se debe buscar “agradarle”, no buscar el propio agrado. No se trata de un preocuparse “genérico” sino preciso y concreto, se trata de un mirar sensiblemente la conciencia de los débiles (cf. 1 Cor 8,7.12; 10,29). Y esto, planteado como “edificación”, algo característico de Pablo (1 Tes 5,11; 1 Cor 14,12.26; 2 Cor 10,8; 12,19; 13,10. La solidaridad es el criterio fundamental. 

La búsqueda de la concordia mutua entre unos y otros (los fuertes y los débiles) parece el tema central de la primera parte, reforzada con la cita explicita de Sal 69,10 leída cristológicamente. Señalando el texto de modo cristológico en referencia a Jesús en su pasión. Este tema (“tener los unos con los otros los mismos sentimientos”, v.5) es frecuente en toda la exhortación: 12,10.16; 13,8; 14,13.15.19. Acá recurre al ejemplo de Cristo (v.3) como ejemplo a imitar de ese amor por los débiles, de no mirar su propia complacencia y su solidaridad. 


Sal 69,10 (hebr.)
Sal 64,10 (LXX)
Rom 15,3
Los insultos de los que te insultan caen sobre mi
Los ultrajes de los que te ultrajaron cayeron sobre mi
Los ultrajes de los que te ultrajaron cayeron sobre mi


Así - en la lectuira cristológica de Pablo - se tratarían de palabras que Cristo se apropia para animar al cristiano a la solidaridad.

La referencia a los escritos del pasado (del cual el salmo es un ejemplo) para enseñanza nuestra establece un criterio hermenéutico (cf. 1,2), pero enseñanza en lo tocante a la vida cristiana. “lo escrito” es una invitación contante a esta hermenéutica en toda la carta. Dos elementos aparecen ligados a los efectos de las Escrituras en nosotros: consuelo (paráklêsis) y resistencia (hypomonê) y ambas promueven la esperanza como causa y efecto. Dios mismo se revela como Dios de la resistencia y el consuelo (v.5) y Pablo pide que Él “les” conceda “unanimidad” en una sola voz (lit. “boca”). Más que una oración se trata de un deseo de Pablo (cf. 12,5.10.16; 13,8; 14,13.19). Pero la unanimidad no se trata de uniformidad, precisamente en una unidad donde rescata las diversidades, pero alienta a la solidaridad. Es “una-anima” como Cristo que no buscó su propio placer. El término hebreo, en Qumrán, alude a la coparticipación en la comunidad. En Hechos (10 veces) alude a la concordia y armonía comunitaria, no a la “unanimidad” entendida como “uniformidad” (1,14; 2,46; 4,24; 5,12; 7,57; 8,6; 12,20; 15,25; 18,12; 19,29). 

“Comerán juntos, bendecirán juntos y juntos tomarán consejo” (Regla de la comunidad, 1QS 6,2-3) [es interesante que a diferencia de Pablo que afirma que los fuertes deben sostener a los débiles, la regla de Qumrán afirma –en este mismo texto- que “el pequeño obedecerá al grande en el trabajo y en el dinero”]

La “una voz” debe pensarse, entonces, como una suerte de coro, el respeto a la diferencia, la armonía. El objetivo final es la “gloria de Dios” (v.6), el reconocer su grandeza.

La segunda unidad, deja el tema de los fuertes y los débiles y retoma un tema central de toda la carta que es el de los judíos y los paganos. Muchos elementos que se encuentran en la carta son aquí retomados a fin de darle síntesis: la “verdad de Dios” (1,25; 8,7), “las promesas a los padres” (4,9-22; 9,4.8-9), la “misericordia” a los paganos (9,15-18.23; 11,30-32).

La gloria de Dios vuelve a ser retomada (v.7) para integrar a los “circuncisos” (= judíos) y para los gentiles (v.9). Para afirmar esto, relee una serie de textos bíblicos encadenados por un simple “y también” (kaì palin, vv.10.11.12) y concluir con un breve deseo-oración de que ese Dios que era mencionado como de la “resistencia y el consuelo” (v.5), ahora es mostrado como “Dios de la esperanza” (recordar que los tres términos se encuentran en v.4). [Curiosamente el texto de Romanos (v.12) incluye entre estas citas la referencia a la “raíz de Jesé”, de Isaías que se encuentra en la primera lectura, pero no está incluido ese verso en el fragmento litúrgico de Romanos que finaliza en v.9].


Evangelio según san Mateo     3, 1-12

Resumen: Juan el Bautista predica como profeta semejante a Elías a gente de diferentes regiones que se acercan a él para ser bautizados, y les anuncia que Dios está empezando a reinar en alguien que viene y que es más importante que él mismo. Pero para recibirlo será necesaria una auténtica conversión, no solamente de palabra sino en frutos concretos.

Siguiendo al Evangelio de Marcos, aunque añadiendo elementos propios y elementos del Documento Q, Mateo presenta los acontecimientos previos al ministerio de Jesús. Podríamos resumirlos de esta manera: 

a) Presentación de Juan, el Bautista, 
b) Bautismo de Jesús y 
c) Tentaciones en el desierto. 

La liturgia –como corresponde al tiempo de Adviento- presenta a Juan como quien “prepara el camino del Señor”, es decir, la primera de las tres escenas mencionadas. Señalamos en tres columnas los tres evangelios sinópticos para que sea fácil de visualizar lo que Mateo toma de sus fuentes y lo que le es propio (como corresponde, se deja espacio en lo que no es paralelo, aunque hay que notar que algunas frases se encuentran desplazadas).


           Mateo 3,1-12
            Mc 1,2-8
           Lc 3,1-18






















1 Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:

 2 «Conviértanse porque ha llegado el Reino de los Cielos».
 3 Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas.








 4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. [= Mc 1,6]
 5 Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán,
 6 y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.




 7 Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién les ha enseñado a huir de la ira inminente?
 8 Den, pues, fruto digno de conversión,  9 y no crean que basta con decir en su interior: «Tenemos por padre a Abraham»; porque les digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham.
 10 Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
































 11 Yo los bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El los bautizará en Espíritu Santo y fuego.


 12 En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga».
2 Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino.
 3 Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas,















 4 apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo 

de conversión para perdón   de los pecados.






















5 Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
 6 Juan llevaba un vestido de pie de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre.
























































7 Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias.  8 Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo».







En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene;
 2 en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3 Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo 

de conversión para perdón de los pecados,

 4 como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas;
 5 todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos.
 6 Y todos verán la salvación de Dios.






7 Decía, pues, a la gente que acudía para ser bautizada por él:











«Raza de víboras, ¿quién les ha enseñado a huir de la ira inminente?
 8 Den, pues, frutos dignos de conversión, y no anden diciendo en su interior: «Tenemos por padre a Abraham»; porque les digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham.
 9 Y ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego».
 10 La gente le preguntaba: «Pues ¿qué debemos hacer?»
 11 Y él les respondía: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo».
 12 Vinieron también publicanos a bautizarse, y le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
 13 Él les dijo: «No exijan más de lo que les está fijado».
 14 Le preguntaron también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» El les dijo: «No hagan extorsión a nadie, no hagan denuncias falsas, y conténtense con su soldada».
 15 Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan,   si no sería él el Cristo;
 16 respondió Juan a todos, diciendo: «Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El los bautizará en Espíritu Santo y fuego.


 17 En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga».
 18 Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva.


Lo primero que llama la atención es que Mateo pone en boca del Bautista lo mismo que dirá Jesús al comenzar su ministerio: “el Reino de los cielos ha llegado” (ver 4,17), y que más tarde anunciará también la Iglesia (10,7), pero enseguida afirma que “este es”, relacionando la llegada del reino con una persona (el dicho de Jesús, en cambio, finaliza allí mismo con lo que deberemos esperar al desarrollo de todo el Evangelio para saber qué es este reino que él predica; especialmente en las parábolas, cf. 13,11). Como Juan es parte de la historia, “predica” y “proclama” (v.1) como lo hará Jesús (4,17.23; 9,35) y lo harán también los apóstoles (10,7.27; 24,14; 26,13). Sin embargo hay que destacar que el bautismo de Juan, en Mateo, no es “para perdón de los pecados” como sí lo es en Marcos. El perdón, para Mateo, ocurrirá en la eucaristía (cf. 26,28).

A continuación destaca que de él habla el profeta Isaías, citando el texto de Is 40,3 (es interesante notar que Lucas extiende la cita a Is 40,3-5; y Marcos añade Mal 3,1 que Mateo citará –siempre en referencia a Juan- en 11,10, como también Lucas 7,27, mostrando que ambos siguen en esto al texto Q). La cita es idéntica a la versión griega de Isaías con la única diferencia que dice “sus senderos” en lugar de “senderos a nuestro Dios”. La diferencia sin embargo es notable por el contexto, como ya lo señalaba Marcos: en Isaías, el desierto es el tema sobre el que la voz habla. Como una suerte de nuevo éxodo (típico del discípulo de Isaías) ya no será el mar el que se abre sino el desierto el que será camino del pueblo de Dios que se dirige a la tierra prometida, y por eso destaca los milagros que acompañarán esto: los montes serán abajados, los valles rellenados (texto que –como se dijo- continúa Lucas). En los Evangelios, en cambio, el desierto es el lugar en el que la voz (= Juan) habla; cosa que queda confirmada no sólo por el contexto, sino por lo que afirma a continuación destacando que comía la comida frecuente en el desierto y allí acudían de toda la región. El tema, entonces ya no es “el desierto” sino “el camino” referido ahora a la vida humana que debe cambiar (“convertirse”). Algo semejante ocurre en Qumrán (también están "en" el desierto):
Y cuando estos existan como comunidad en Israel según estas disposiciones se separarán de en medio de la residencia de los hombres de iniquidad para marchar al desierto para abrir allí el camino de aquel. Como está escrito: ‘en el desierto, preparen el camino de…, enderecen en la estepa una calzada para nuestro Dios’. Este es el estudio de la ley…” (1QS 8,12-14)
Marcos añadiendo el texto de Malaquías nos había señalado que Juan era ese “Elías” que muchos judíos esperaban previo al “Día de Yahvé”. Mateo –como dijimos- lo referirá más adelante, e incluso lo destacará expresamente en 17,13: después que Jesús dice que “Elías ya vino” pero ni lo escucharon e hicieron con él lo que quisieron, Mateo acota: “entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan, el Bautista”. Este paralelo entre Elías y Juan queda reforzado con la vestidura (ya en Marcos): “vestido de pelos de camello y un cinturón de cuero”: cuando un extraño les sale al encuentro a los enviados del rey Ocozías con un mensaje para el rey, éste pregunta: 
« ¿qué aspecto tenía el hombre que les salió al paso y les dijo estas palabras?» Le respondieron: «era un hombre con manto de pelo y una faja de piel ceñida a la cintura». Él dijo: «es Elías el tesbita»” (2 Re 1,7-8). 
Como puede verse, a Mateo le interesa más Juan como profeta y predicador que en cuanto bautizador.

Es oportuno destacar que como ocurre en el castellano, también en griego “desierto” (érêmos) puede significar un lugar árido (p.e. desierto del Sahara) pero también un lugar deshabitado. Ciertamente si se trata del lugar donde Juan habita puede tratarse de ambas acepciones del término, pero al referirse –más adelante- a un bautismo en el Jordán, ha de entenderse en el segundo modo. El término es especialmente bíblico más que geográfico.

No es este el lugar para analizar el tema histórico, hablando de la persona de Juan, de los movimientos bautistas, de los diferentes bautismos, e incluso de la originalidad del bautismo de Juan con respecto a otros rituales. El texto señala algo que sabemos por un historiador, como Flavio Josefo: que la persona de Juan fue muy aceptada por los judíos y congregaba mucha gente, e incluso tenía discípulos (cf. 9,14; 14,12). La confesión de los pecados de los que acudían al bautismo remarca que el bautismo no se trata de algo meramente ritual sino de la firme decisión de “enderezar el camino”, de un cambio de vida. Este cambio de vida se justifica por la “ira inminente”. Juan identifica el reino-persona que llega con un tiempo de ira, como el “día de Yahvé” anunciado por muchos profetas: 
“¿quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se tendrá en pie cuando aparezca? Porque es como fuego de fundidor y lejía de lavandero” (Mal 3,2; ver Nah 1,6; Jl 2,11; Am 5,18-20). 
Esto está dicho por Juan –como es propio de Mateo- a “fariseos y saduceos” (con lo que distinguirá la actitud del pueblo con la de sus autoridades), a los que llamará “raza de víboras” (fuera de este texto tomado de Q, el término se encuentra otras dos veces, ambas en Mateo dirigidas a los “fariseos”, lo que es propio de tiempos del evangelista y la situación que vive su comunidad con otros judíos en el debate acerca de cuál de los dos grupos –fariseos rabínicos o cristianos- es el “verdadero Israel”). 

La conversión no es algo de “palabra” sino que debe manifestarse en “frutos”. Ser “hijos de Abraham” no es lo que cuenta, sino los frutos, esto es, la vida toda (“dar” fruto se encuentra en imperativo aoristo, una suerte de “¡ya mismo!”; acerca de las piedras y los hijos de Abraham, cf. Is 51,1-2). El árbol que no dé “buen fruto” tiene como destino el fuego. La imagen frecuente en la Biblia de comparar a Israel (los hijos de Abraham) con un árbol frutal del que se espera que dé frutos es la que subyace a esta unidad (cf. Is 5,1-7; Os 10,1; Jer 2,21; 6,9; 12,10; Ez 15,1-8; 17,6; Sal 80,9-19; Os 2,12; 9,10; Jl 1,7.12) y otros textos del NT (cf. Mc 11,12-14; 12,1-12; Lc 13,6-9). La unidad en vv.10 y 12 finaliza con la amenaza del fuego del juicio.

Pero esta referencia al día de ira está ligada –como se dijo- a una persona que está llegando. Juan entonces, contrasta su bautismo con el bautismo que traerá “aquel que viene detrás de mí”. El contraste entre ambos es importante en Mateo: de este se dice que es “más fuerte”, que Juan “no es digno de llevarle la sandalia” (en los restantes Evangelios, Juan incluido se manifiesta indigno de “desatar la correa de las sandalias”, algo propio del esclavo; es decir, menos aún que eso), el bautismo de agua para conversión contrasta con el nuevo bautismo en “espíritu santo y fuego” (ver 28,19), y lo que hará finalmente: limpiar la era para recoger el trigo y quemar la paja en ese fuego (ver Is 1,25; Za 13,9). Toda esta unidad está tomada de Q (Marcos decía que el que viene bautizará en espíritu santo, solamente). La superioridad entre uno y otro (Juan y el que ha de venir) queda destacada desde el comienzo (y cada evangelista la resaltará a su manera en otros momentos). Juan identifica al que viene con el reino que llega, y ese reino será de ira y fuego, de hacha a los que no den buen fruto, en una actitud ciertamente judicial (cf. 7,19; 13,40.42.50; 18,9; 25,41). Sin duda más adelante, viendo a Jesús que come con pecadores, se junta con ellos y es su “amigo” (11,19), eso provocará que Juan se desconcierte y pregunte si es Jesús “el que ha de venir” o hay que esperar a otro (11,3).

Lo cierto es que –especialmente teniendo en cuenta el texto en el tiempo litúrgico de Adviento- Juan anuncia la llegada de alguien que viene, y esa llegada, esa persona, está ligada estrechamente al reinado de Dios. Y Juan invita a todos los que desde diferentes regiones se aproximan a él a una conversión en palabras y hechos para dejar a Dios obrar en sus vidas y recibir a aquel que se aproxima.



El video con comentario al Evangelio en
https://youtu.be/YU6ZV_-ijKo
o también en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2025/12/comentario-al-evangelio-del-2-domingo.html



Foto tomada de http://es.wikipedia.org/wiki/Palestina_(región)