miércoles, 25 de febrero de 2026

Hace 50 años… La Iglesia, la dictadura…. Y yo

Hace 50 años…

La Iglesia, la dictadura…. Y yo

Eduardo de la Serna



Soy miembro de y estoy en “la Iglesia”. Lo que implica “una institución”, pero también una comunidad, un pueblo. No es fácil hablar, entonces, con terminologías tan polisémicas y ser comprendido. Habitualmente – con contadísimas excepciones (¡muy contadísimas!) – en los Medios de Comunicación cuando se habla de ella no se entiende absolutamente nada (pero ¡nada!) de lo que se habla y se mezcla todo. Entonces, hacer una reflexión de la Iglesia y la dictadura (y yo en medio de ellas) no es fácil, porque lo más probable es que se entienda poco y / o nada. Pero creo que debo intentarlo.

Para empezar, creo que es imprescindible recurrir al texto “casi fundacional” del tema que es el maravilloso libro de Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”. Y digo imprescindible, no solamente por lo que allí está sino, además, porque Emilio sabía de qué hablaba al decir “Iglesia”. Luego, algunos pretenderán remitirse a los 3 gruesos volúmenes de “La verdad los hará libres”, texto que la Conferencia Episcopal Argentina encargó a la Facultad de Teología (de hecho, el Papa Francisco habló del texto “de los obispos argentinos”). En lo personal – y he escrito detenidamente sobre eso – diría que es una “obra menor”, con pocos aportes (cosa que, ciertamente, habrá quiénes cuestionen). Después, hay bibliografía abundante sobre temas específicos, sea sobre algunos momentos, algunas personas, algunas situaciones en especial… Ciertamente diré mi opinión (que no tiene por qué ser compartida en todo o en parte por otros u otras).

Entré al seminario en 1974 y venía de grupos en los que la militancia religiosa y la militancia socio-política se tocaban. Y muchísimos amigos y amigas con quienes compartíamos esperanzas y utopías, eclesiales y políticas.

Desde una perspectiva podría dividir mi etapa del colegio secundario en dos momentos, un antes y un después de mi “encuentro con Jesús” (en una especie de “retiro” a mediados de 1970, es decir en 3er año del colegio). A modo simbólico diría que antes no me interesaba nada más que ir al club los fines de semana para ver a V. de la que estaba perdidamente enamorado. Después, en cambio, simplemente diría que me empezó a interesar “la vida”. “Antes” era un pésimo estudiante con pésimas notas (y creo que no era por falta de capacidad, sino de interés), mientras que “después” no tuve ningún problema con las notas aprobando holgadamente todas las materias. Pero, incluso, acompañando mi tiempo escolar con militancia religiosa y social (todavía no política; estábamos en dictadura). Mi amor, ahora era I., pero era “parte de un todo”. Empecé a ir a “la 31” a dar apoyo escolar, e incluso los domingos frecuentemente iba a misa allá (por eso me causa gracia cuando algunos hoy quieren decir “Carlos Mugica ¡era sacerdote!, rezaba, celebraba misa”… Sólo puedo decirles que yo soy testigo de eso, ¡sencillamente!; no necesito que me lo digan). Mi familia era antiperonista, sin duda, pero lentamente, los pobres (y la militancia, y Carlos) me fueron acercando más y más al peronismo.

Esto fue decisivo en mi camino posterior. Yo, que toda mi vida había dicho que sería veterinario (fanático de los animales, particularmente los muy grandes), cuando tuve que decidirme – al terminar el secundario – me dije que “no puedo dedicar mi vida a los animales”. Así terminé decidiendo mi ingreso al seminario, entendiéndolo como un compromiso con el pueblo (compromiso “religioso”, ciertamente).

Con la militancia como trasfondo, recuerdo muchas anécdotas que ilustrarían todo este momento, pero se extendería demasiado; sólo señalo que el día que ingresé al seminario, tenía en el bolsillo del pantalón un ejemplar de la revista “Militancia”, además de que leía casi diariamente el diario Noticias; cualquiera que sepa de qué hablo, entenderá cual era mi “lugar”. En este año introductorio, 1974, vivimos dos momentos fuertes: el asesinato de Carlos Mugica y la muerte de Perón. Ciertamente ambos marcaron, de diferente modo, lo que habría de ocurrir después. El martirio de Carlos fue el comienzo – no muy evidente primero, y más nítido después, del miedo; siempre recordé, además – con dolor – el comienzo del velatorio, en Villa Luro, y que los “pre-seminaristas” no tuviéramos autorizado ir al velatorio en la villa 31 y el posterior traslado del cuerpo al cementerio. Por otro lado, la muerte de Perón, el inicio de cierta debacle, marcada por el “gobierno” de Isabel y la presencia, cada vez más imponente de López Rega.

En 1975 empezamos propiamente el seminario. En la facultad de teología no tuve ninguna dificultad, aunque confirmé – ya venía de antes – mi cada vez mayor pasión por los estudios bíblicos. Debo señalar – como algo más personal – la importancia que tuvieron en este momento de mi vida mis “amigos de arriba”, Pablo y Teresita.

En 1976, sin duda, “la cosa” se complicó notablemente. Yo compartía habitación con mi gran amigo Nacho y el 24 de marzo nos despierta Ernesto, hijo de militar, diciendo “¡somos gobierno!” a lo que le solté un insulto desde las sábanas.

Podría señalar muchas cosas, incluso ya antes del 24 de marzo (vivía a pocas cuadras de la casa de Ortega Peña, así que fui testigo de la marcha solidaria a su domicilio cuando fue asesinado por las 3A). Casi desde el principio ya sabía del terror (debo confesar que lo único de lo que no estaba bien “en tema”, aunque un indicio tenía con L., fue de la apropiación de niños). La desaparición de Jalics y Yorio fue un tema presente, y, en mi caso (y con amigas/os), la desaparición de A. fue algo que provocó que el miedo fuera creciente. En el seminario nos prohibieron quedarnos solos (no podíamos ir a dormir si no había nadie, por ejemplo, la noche de los sábados). Con Nacho, lo recuerdo perfectamente, poníamos papelitos en la puerta de la habitación los fines de semana para ver si alguien había entrado, y con Carlos escondimos libros peligrosos (que nunca volvimos a buscar), además de quemar otros por “sugerencia” del rector.

Recuerdo, con algo de angustia, una vez, con ya varios desaparecidos en la espalda, que me dirigía, caminando, a casa de V. y una persona me siguió. Ostentosamente, ¡quería que supiera que me estaba siguiendo! Recuerdo que me dije “me toca a mí”. Cuando llegué al seminario, hablé con el rector quien me “ordenó” que no viera más a mis amigos y amigas militantes (es decir, ¡todas y todos!). Acá tuve que empezar mi vida de nuevo. Con mis amigos y amigas desaparecidos y exiliados, se exilió también “Cacho”, como me decían mis compañeros y compañeras. Mi nueva vida giraba, ahora, en torno a “ser seminarista”, lo socio-político quedaba en el olvido.

Era evidente que la dictadura militar, que se confesaba “occidental y cristiana”, trataría de llevarse bien con los obispos (con las conocidas excepciones, por cierto). Yo creo que si no me pasó nada fue por estar en el seminario; al cardenal no le tocarían a ninguno de “los suyos” (Pablo fue desaparecido cuando dejó la arquidiócesis; Jalics y Yorio cuando Aramburu les quitó las licencias ministeriales). Es evidente que el “arreglo” era “yo no digo nada, pero no tocan a ninguno de los míos”, o algo por el estilo.

En este contexto ocurre el asesinato de Angelelli (nunca creí, ni creímos, en el discurso del “accidente”), pero también los palotinos, los asuncionistas, etc. La Iglesia no estaba exenta de ser también víctima del terrorismo de estado y el genocidio. En este mismo tiempo desaparece mi primo Juan. Sabíamos, además, que habían ido a la Facultad a pedir la lista de los estudiantes (algo a lo que el decano Carmelo Giaquinta se negó terminantemente).

Podría señalar muchos elementos más; recuerdo, ¡con espanto! cuando fue el Mundial 78, un grupo de gente bailando a lo que se sumó un policía y la gente coreaba: “Policía federal, la alegría nacional” cuando yo toda mi vida había cantado otra cosa.

Recuerdo – también – la paz que tuve, después de no saber nada de ellos por meses, al recibir una postal de E. y B. contándome que estaban “paseando” (sic) por España… Supe, también, muchas cosas de muchas y muchos a los que “tenía vedado” ver.

En 1981 me ordené de diácono y me mandaron a una “parroquia casi militar”. Si hasta recuerdo que una chica de la parroquia, C., me dijo una vez, “mi primo – militar él – me dijo que no me junte con vos que estás fichado”. Hasta recuerdo otra vez, no me tocó participar de esa celebración gracias a Dios, ver a Videla entre los participantes de una misa.

En 1982, ya cura, la dictadura se iba deshaciendo, y la guerra de Malvinas terminó de aniquilarla; pero recuerdo que más de una vez hablé críticamente de la guerra y fui acusado de “antipatria”.

El regreso de la democracia no fue fácil ni rápido, y la ineptitud de Alfonsín no ayudó a que lo fuera. Muchos tardaron en volver. “Cacho” siguió en el exilio un tiempo más; en lo personal creo que – por varias cosas – 1996 fue el momento conclusivo del “retorno”; por ejemplo, ese año me tocó compartir parroquia con Orlando Yorio, lo cual fue absolutamente sanador. Sencillamente, Orlando ¡un grande!

¿Y la “Iglesia”? Pues, allí estaba, en el seminario, que no nos dejaba ir al velatorio de Mugica, pero nos cuidaba de no quedar solos, en el arzobispo, cómplice, pero que – en cierta manera – “cuidaba” a “los suyos”, en los curas, unos y otros… Allí estaba, con sus luces y sus sombras. Podría contar anécdotas de diferente tipo, tensas algunas, graciosas otras, pero sólo anoto una seria y una divertida a modo de ejemplo: una vez el rector me dice “- yo les diría a esas madres que ahora buscan a sus hijos, ¿por qué no se preocuparon antes? ¿No te parece?”… “-¡No!”, le respondí sencillamente, ¡no! Otra, jugando a la paleta, el vicerrector, con el que tuvimos muy buena relación, me dice “Eduardo, aparte del ideológico, ¿qué parentesco tenés con el Che Guevara?”

Quiero recordar una última anécdota antes de dar otro paso. Una mañana, en nuestra casa del seminario, apareció un paquete, obviamente tirado por encima de la pared, quizás por alguien que se vio “en problemas”. El paquete era un montón de revistas “Estrella Roja”, del ERP. Ernesto le comentó a su papá, militar, como dije, y él le pidió que se las llevara. La cosa es que viajamos juntos en el colectivo – vivíamos cerca – con el “paquetito”. Obviamente yo no lo sabía. ¿Qué hubiera pasado si nos paraba un retén, de los cientos que había por todas partes todo el tiempo? Es obvio lo que hubiera pasado; es obvio que tuvimos suerte (y es obvio que cuando lo supe a Ernesto le dije “algunas cosas”).

Ciertamente, con el tiempo fuimos sabiendo más cosas; en lo personal pude reencontrarme con muchos y muchas y saber bastante de aquellas o aquellos desaparecidas y desaparecidos habiendo terminado “mi – absurda – veda”. Y, también, saber más del rol de cierta jerarquía.

Tengo una pésima opinión del nuncio Pio Lagui y peor aún de su sucesor Ubaldo Calabresi, de la gran mayoría del episcopado y de muchísimos curas; pero también, desde Mugica en adelante, la experiencia de curas y obispos que llenan de alegría mi saberme parte de la Iglesia.

Creo que decir “la Iglesia” para referirse a la Dictadura, es sumamente ambiguo. E incluso también lo es decir “los obispos”. Creo que hubo obispos absoluta y totalmente cómplices del genocidio, creo que hubo quienes lo veían como un “mal menor” (para evitar caer en el comunismo ateo), creo que hubo algunos tibios que no quisieron desentonar de la mayoría y la "comunión episcopal", hasta algunos fundamentalistas que repetían que “la autoridad viene de Dios”, y también hubo obispos que “creyeron en Dios”, y – por lo tanto – con mayor o menor vehemencia según el caso, con claridad o profetismo, hablaron. Pero no es fácil ni sensato “meter a todos en la misma bolsa”; y va un ejemplo: saber las barbaridades que decía y hacía el obispo pro-vicario castrense Victorio Bonamín no es representativo del episcopado, ya que nunca participó de la Conferencia episcopal (¿se sentía más militar que obispo? ¡probablemente!; y viendo otros casos, parece que “viene con el cargo”); él nunca fue referente ni ejemplo para el resto del episcopado, pero – obviamente – si fue un referente para muchísimos militares.

Recuerdo, por ejemplo, en plena dictadura, una reunión de curas. Estaba presente el obispo auxiliar mons. C. En un momento, habló un capellán de la policía y dijo estas palabras: “a nuestra juventud le falta mística. El otro día escuchaba la grabación de un montonero antes de morir, y ¡hay que ver qué mística! así deberían ser los nuestros”. Estaba reconociendo en público tortura y crimen y el obispo calló. Como si nada hubiera pasado. Creo que así fue la mayoría.

La sensación (a veces exagerada, a veces impulsada por voces varias, o también limitada) de que “la Iglesia fue cómplice de la dictadura” ciertamente es verdadera, es falsa, es ambigua, es relativa. Todo eso. Uno de los méritos de “La verdad los hará libres”, es mostrar testimonialmente lo que ya todos los que quieren ver, sabíamos: quién era Aramburu o Primatesta, quién era Novak o De Nevares, por caso.

El problema, y es punto central en el tema, es la voz (y el silencio) de las máximas autoridades episcopales (es decir, el nuncio (Laghi [1974-1980] y Calabresi [1981-2000]) y el presidente de la Conferencia Episcopal (Tortolo [1970-1976], Primatesta [1976-1982] y Aramburu [1982-1985]) y también los documentos y los silencios del pleno. Es esto lo que amerita crítica; aunque, otro tema, más complejo, es la acción, omisión, palabras o silencios de obispos en sus respectivas diócesis, muchos de los cuales no han tenido particular trascendencia fuera de sus respectivos lugares.

Se dice que el episcopado pidió perdón y, se aclara, cosa que no hicieron otros colectivos (sindicatos, empresarios, periodistas…). En lo personal, ciertamente quisiera que lo hagan – si es sincero y veraz, por cierto – pero no es un campeonato a ver quién pide más o mejor perdón; se trata de ser fieles al mensaje de Jesús, se trata de ser fieles a la comunidad a la que nos debemos como curas y obispos, se trata de “pastores” y un compromiso militante con el pueblo. Creo que el pedido de perdón episcopal fue tibio y, en lo personal, no creíble.

Escuché a algunos de los que participaron en “La verdad los hará libres” (notables algunas ausencias en los convocados; notable el período escogido para “empezar” como si antes la violencia fuera una entelequia, y notable la ausencia de un buen análisis sobre qué es y cómo entender “la violencia”) decir que al ver los archivos sentían que entraban al infierno… En lo personal, como dije, no vi en esto nada nuevo en la obra, y – repito, personalmente – si alguien afirma, al ver los textos, que entró en el infierno, ese es motivo más que suficiente para ser excluido del equipo de trabajo, ya que es indicio de que ignoraba totalmente lo que ocurrió en Argentina desde hace 50 años (y más también). Pero “La verdad…” no es, ciertamente, una autocrítica, y, aunque parezca excesivo, siempre espero más y mejor arrepentimiento episcopal. ¡Memoria, verdad y justicia! Ah… y ¡fueron 30.000!


foto tomada de https://es.dreamstime.com/las-ovejas-perdieron-en-la-niebla-image131304016

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Cualquiera puede comentar y no será eliminado, aunque no este de acuerdo con lo dicho, siempre que sea respetuoso (caso contrario, será borrado). Pero habitualmente no responderé los comentarios, ni unos ni otros, para no transformar este blog en un foro. De todos modos, podrán expresar su opinión.