Hace 50 años…
La Iglesia, la dictadura….
Y yo
Eduardo de la Serna
Soy miembro de y estoy en “la
Iglesia”. Lo que implica “una institución”, pero también una comunidad, un
pueblo. No es fácil hablar, entonces, con terminologías tan polisémicas y ser
comprendido. Habitualmente – con contadísimas excepciones (¡muy contadísimas!) –
en los Medios de Comunicación cuando se habla de ella no se entiende
absolutamente nada (pero ¡nada!) de lo que se habla y se mezcla todo. Entonces,
hacer una reflexión de la Iglesia y la dictadura (y yo en medio de ellas) no es
fácil, porque lo más probable es que se entienda poco y / o nada. Pero creo que
debo intentarlo.
Para empezar, creo que es
imprescindible recurrir al texto “casi fundacional” del tema que es el maravilloso
libro de Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”. Y digo imprescindible, no
solamente por lo que allí está sino, además, porque Emilio sabía de qué hablaba
al decir “Iglesia”. Luego, algunos pretenderán remitirse a los 3 gruesos volúmenes
de “La verdad los hará libres”, texto que la Conferencia Episcopal Argentina
encargó a la Facultad de Teología (de hecho, el Papa Francisco habló del texto “de
los obispos argentinos”). En lo personal – y he escrito detenidamente sobre eso
– diría que es una “obra menor”, con pocos aportes (cosa que, ciertamente,
habrá quiénes cuestionen). Después, hay bibliografía abundante sobre temas
específicos, sea sobre algunos momentos, algunas personas, algunas situaciones
en especial… Ciertamente diré mi opinión (que no tiene por qué ser compartida
en todo o en parte por otros u otras).
Entré al seminario en 1974 y
venía de grupos en los que la militancia religiosa y la militancia
socio-política se tocaban. Y muchísimos amigos y amigas con quienes compartíamos
esperanzas y utopías, eclesiales y políticas.
Desde una perspectiva podría
dividir mi etapa del colegio secundario en dos momentos, un antes y un después
de mi “encuentro con Jesús” (en una especie de “retiro” a mediados de 1970, es
decir en 3er año del colegio). A modo simbólico diría que antes no
me interesaba nada más que ir al club los fines de semana para ver a V. de la
que estaba perdidamente enamorado. Después, en cambio, simplemente diría que me
empezó a interesar “la vida”. “Antes” era un pésimo estudiante con pésimas
notas (y creo que no era por falta de capacidad, sino de interés), mientras que
“después” no tuve ningún problema con las notas aprobando holgadamente todas
las materias. Pero, incluso, acompañando mi tiempo escolar con militancia
religiosa y social (todavía no política; estábamos en dictadura). Mi amor,
ahora era I., pero era “parte de un todo”. Empecé a ir a “la 31” a dar apoyo
escolar, e incluso los domingos frecuentemente iba a misa allá (por eso me
causa gracia cuando algunos hoy quieren decir “Carlos Mugica ¡era sacerdote!,
rezaba, celebraba misa”… Sólo puedo decirles que yo soy testigo de eso,
¡sencillamente!; no necesito que me lo digan). Mi familia era antiperonista,
sin duda, pero lentamente, los pobres (y la militancia, y Carlos) me fueron acercando
más y más al peronismo.
Esto fue decisivo en mi camino posterior.
Yo, que toda mi vida había dicho que sería veterinario (fanático de los
animales, particularmente los muy grandes), cuando tuve que decidirme – al terminar
el secundario – me dije que “no puedo dedicar mi vida a los animales”. Así
terminé decidiendo mi ingreso al seminario, entendiéndolo como un compromiso
con el pueblo (compromiso “religioso”, ciertamente).
Con la militancia como trasfondo,
recuerdo muchas anécdotas que ilustrarían todo este momento, pero se extendería
demasiado; sólo señalo que el día que ingresé al seminario, tenía en el bolsillo
del pantalón un ejemplar de la revista “Militancia”, además de que leía casi
diariamente el diario Noticias; cualquiera que sepa de qué hablo, entenderá cual
era mi “lugar”. En este año introductorio, 1974, vivimos dos momentos fuertes:
el asesinato de Carlos Mugica y la muerte de Perón. Ciertamente ambos marcaron,
de diferente modo, lo que habría de ocurrir después. El martirio de Carlos fue
el comienzo – no muy evidente primero, y más nítido después, del miedo; siempre
recordé, además – con dolor – el comienzo del velatorio, en Villa Luro, y que
los “pre-seminaristas” no tuviéramos autorizado ir al velatorio en la villa 31 y
el posterior traslado del cuerpo al cementerio. Por otro lado, la muerte de
Perón, el inicio de cierta debacle, marcada por el “gobierno” de Isabel y la
presencia, cada vez más imponente de López Rega.
En 1975 empezamos propiamente el
seminario. En la facultad de teología no tuve ninguna dificultad, aunque
confirmé – ya venía de antes – mi cada vez mayor pasión por los estudios bíblicos.
Debo señalar – como algo más personal – la importancia que tuvieron en este
momento de mi vida mis “amigos de arriba”, Pablo y Teresita.
En 1976, sin duda, “la cosa” se
complicó notablemente. Yo compartía habitación con mi gran amigo Nacho y el 24
de marzo nos despierta Ernesto, hijo de militar, diciendo “¡somos gobierno!” a
lo que le solté un insulto desde las sábanas.
Podría señalar muchas cosas, incluso
ya antes del 24 de marzo (vivía a pocas cuadras de la casa de Ortega Peña, así
que fui testigo de la marcha solidaria a su domicilio cuando fue asesinado por
las 3A). Casi desde el principio ya sabía del terror (debo confesar que lo
único de lo que no estaba bien “en tema”, aunque un indicio tenía con L., fue
de la apropiación de niños). La desaparición de Jalics y Yorio fue un tema
presente, y, en mi caso (y con amigas/os), la desaparición de A. fue algo que provocó
que el miedo fuera creciente. En el seminario nos prohibieron quedarnos solos (no
podíamos ir a dormir si no había nadie, por ejemplo, la noche de los sábados).
Con Nacho, lo recuerdo perfectamente, poníamos papelitos en la puerta de la
habitación los fines de semana para ver si alguien había entrado, y con Carlos
escondimos libros peligrosos (que nunca volvimos a buscar), además de quemar
otros por “sugerencia” del rector.
Recuerdo, con algo de angustia, una
vez, con ya varios desaparecidos en la espalda, que me dirigía, caminando, a
casa de V. y una persona me siguió. Ostentosamente, ¡quería que supiera que me
estaba siguiendo! Recuerdo que me dije “me toca a mí”. Cuando llegué al
seminario, hablé con el rector quien me “ordenó” que no viera más a mis amigos
y amigas militantes (es decir, ¡todas y todos!). Acá tuve que empezar mi vida
de nuevo. Con mis amigos y amigas desaparecidos y exiliados, se exilió también “Cacho”,
como me decían mis compañeros y compañeras. Mi nueva vida giraba, ahora, en
torno a “ser seminarista”, lo socio-político quedaba en el olvido.
Era evidente que la dictadura
militar, que se confesaba “occidental y cristiana”, trataría de llevarse bien
con los obispos (con las conocidas excepciones, por cierto). Yo creo que si no
me pasó nada fue por estar en el seminario; al cardenal no le tocarían a
ninguno de “los suyos” (Pablo fue desaparecido cuando dejó la arquidiócesis;
Jalics y Yorio cuando Aramburu les quitó las licencias ministeriales). Es evidente
que el “arreglo” era “yo no digo nada, pero no tocan a ninguno de los míos”, o algo
por el estilo.
En este contexto ocurre el
asesinato de Angelelli (nunca creí, ni creímos, en el discurso del “accidente”),
pero también los palotinos, los asuncionistas, etc. La Iglesia no estaba exenta
de ser también víctima del terrorismo de estado y el genocidio. En este mismo
tiempo desaparece mi primo Juan. Sabíamos, además, que habían ido a la Facultad
a pedir la lista de los estudiantes (algo a lo que el decano Carmelo Giaquinta
se negó terminantemente).
Podría señalar muchos elementos más;
recuerdo, ¡con espanto! cuando fue el Mundial 78, un grupo de gente bailando a
lo que se sumó un policía y la gente coreaba: “Policía federal, la alegría
nacional” cuando yo toda mi vida había cantado otra cosa.
Recuerdo – también – la paz que
tuve, después de no saber nada de ellos por meses, al recibir una postal de E.
y B. contándome que estaban “paseando” (sic) por España… Supe, también, muchas
cosas de muchas y muchos a los que “tenía vedado” ver.
En 1981 me ordené de diácono y me
mandaron a una “parroquia casi militar”. Si hasta recuerdo que una chica de la
parroquia, C., me dijo una vez, “mi primo – militar él – me dijo que no me
junte con vos que estás fichado”. Hasta recuerdo otra vez, no me tocó
participar de esa celebración gracias a Dios, ver a Videla entre los participantes
de una misa.
En 1982, ya cura, la dictadura se
iba deshaciendo, y la guerra de Malvinas terminó de aniquilarla; pero recuerdo
que más de una vez hablé críticamente de la guerra y fui acusado de “antipatria”.
El regreso de la democracia no
fue fácil ni rápido, y la ineptitud de Alfonsín no ayudó a que lo fuera. Muchos
tardaron en volver. “Cacho” siguió en el exilio un tiempo más; en lo personal
creo que – por varias cosas – 1996 fue el momento conclusivo del “retorno”; por
ejemplo, ese año me tocó compartir parroquia con Orlando Yorio, lo cual fue
absolutamente sanador. Sencillamente, Orlando ¡un grande!
¿Y la “Iglesia”? Pues, allí
estaba, en el seminario, que no nos dejaba ir al velatorio de Mugica, pero nos
cuidaba de no quedar solos, en el arzobispo, cómplice, pero que – en cierta
manera – “cuidaba” a “los suyos”, en los curas, unos y otros… Allí estaba, con
sus luces y sus sombras. Podría contar anécdotas de diferente tipo, tensas
algunas, graciosas otras, pero sólo anoto una seria y una divertida a modo de
ejemplo: una vez el rector me dice “- yo les diría a esas madres que ahora
buscan a sus hijos, ¿por qué no se preocuparon antes? ¿No te parece?”… “-¡No!”,
le respondí sencillamente, ¡no! Otra, jugando a la paleta, el vicerrector, con
el que tuvimos muy buena relación, me dice “Eduardo, aparte del ideológico,
¿qué parentesco tenés con el Che Guevara?”
Quiero recordar una última
anécdota antes de dar otro paso. Una mañana, en nuestra casa del seminario,
apareció un paquete, obviamente tirado por encima de la pared, quizás por alguien
que se vio “en problemas”. El paquete era un montón de revistas “Estrella Roja”,
del ERP. Ernesto le comentó a su papá, militar, como dije, y él le pidió que se
las llevara. La cosa es que viajamos juntos en el colectivo – vivíamos cerca –
con el “paquetito”. Obviamente yo no lo sabía. ¿Qué hubiera pasado si nos
paraba un retén, de los cientos que había por todas partes todo el tiempo? Es
obvio lo que hubiera pasado; es obvio que tuvimos suerte (y es obvio que cuando
lo supe a Ernesto le dije “algunas cosas”).
Ciertamente, con el tiempo fuimos
sabiendo más cosas; en lo personal pude reencontrarme con muchos y muchas y
saber bastante de aquellas o aquellos desaparecidas y desaparecidos habiendo
terminado “mi – absurda – veda”. Y, también, saber más del rol de cierta
jerarquía.
Tengo una pésima opinión del nuncio
Pio Lagui y peor aún de su sucesor Ubaldo Calabresi, de la gran mayoría del
episcopado y de muchísimos curas; pero también, desde Mugica en adelante, la
experiencia de curas y obispos que llenan de alegría mi saberme parte de la
Iglesia.
Creo que decir “la Iglesia” para
referirse a la Dictadura, es sumamente ambiguo. E incluso también lo es decir “los
obispos”. Creo que hubo obispos absoluta y totalmente cómplices del genocidio,
creo que hubo quienes lo veían como un “mal menor” (para evitar caer en el
comunismo ateo), creo que hubo algunos tibios que no quisieron desentonar de la
mayoría y la "comunión episcopal", hasta algunos fundamentalistas que repetían que “la autoridad viene de
Dios”, y también hubo obispos que “creyeron en Dios”, y – por lo tanto – con mayor
o menor vehemencia según el caso, con claridad o profetismo, hablaron. Pero no
es fácil ni sensato “meter a todos en la misma bolsa”; y va un ejemplo: saber
las barbaridades que decía y hacía el obispo pro-vicario castrense Victorio
Bonamín no es representativo del episcopado, ya que nunca participó de la
Conferencia episcopal (¿se sentía más militar que obispo? ¡probablemente!; y viendo
otros casos, parece que “viene con el cargo”); él nunca fue referente ni
ejemplo para el resto del episcopado, pero – obviamente – si fue un referente
para muchísimos militares.
Recuerdo, por ejemplo, en plena
dictadura, una reunión de curas. Estaba presente el obispo auxiliar mons. C. En
un momento, habló un capellán de la policía y dijo estas palabras: “a nuestra
juventud le falta mística. El otro día escuchaba la grabación de un montonero
antes de morir, y ¡hay que ver qué mística! así deberían ser los nuestros”.
Estaba reconociendo en público tortura y crimen y el obispo calló. Como si nada
hubiera pasado. Creo que así fue la mayoría.
La sensación (a veces exagerada,
a veces impulsada por voces varias, o también limitada) de que “la Iglesia fue
cómplice de la dictadura” ciertamente es verdadera, es falsa, es ambigua, es
relativa. Todo eso. Uno de los méritos de “La verdad los hará libres”, es
mostrar testimonialmente lo que ya todos los que quieren ver, sabíamos: quién
era Aramburu o Primatesta, quién era Novak o De Nevares, por caso.
El problema, y es punto central
en el tema, es la voz (y el silencio) de las máximas autoridades episcopales
(es decir, el nuncio (Laghi [1974-1980] y Calabresi [1981-2000]) y el presidente
de la Conferencia Episcopal (Tortolo [1970-1976], Primatesta [1976-1982] y
Aramburu [1982-1985]) y también los documentos y los silencios del pleno. Es esto
lo que amerita crítica; aunque, otro tema, más complejo, es la acción, omisión,
palabras o silencios de obispos en sus respectivas diócesis, muchos de los
cuales no han tenido particular trascendencia fuera de sus respectivos lugares.
Se dice que el episcopado pidió
perdón y, se aclara, cosa que no hicieron otros colectivos (sindicatos, empresarios,
periodistas…). En lo personal, ciertamente quisiera que lo hagan – si es sincero
y veraz, por cierto – pero no es un campeonato a ver quién pide más o mejor perdón;
se trata de ser fieles al mensaje de Jesús, se trata de ser fieles a la
comunidad a la que nos debemos como curas y obispos, se trata de “pastores” y
un compromiso militante con el pueblo. Creo que el pedido de perdón episcopal
fue tibio y, en lo personal, no creíble.
Escuché a algunos de los que
participaron en “La verdad los hará libres” (notables algunas ausencias en los
convocados; notable el período escogido para “empezar” como si antes la
violencia fuera una entelequia, y notable la ausencia de un buen análisis sobre
qué es y cómo entender “la violencia”) decir que al ver los archivos sentían
que entraban al infierno… En lo personal, como dije, no vi en esto nada nuevo
en la obra, y – repito, personalmente – si alguien afirma, al ver los textos,
que entró en el infierno, ese es motivo más que suficiente para ser excluido
del equipo de trabajo, ya que es indicio de que ignoraba totalmente lo que
ocurrió en Argentina desde hace 50 años (y más también). Pero “La verdad…” no
es, ciertamente, una autocrítica, y, aunque parezca excesivo, siempre espero
más y mejor arrepentimiento episcopal. ¡Memoria, verdad y justicia! Ah… y
¡fueron 30.000!
foto tomada de https://es.dreamstime.com/las-ovejas-perdieron-en-la-niebla-image131304016
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