sábado, 4 de abril de 2026

“¿Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva?”

“¿Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva?”

Eduardo de la Serna



Con toda intención elegí como título una canción que fue popularísima a fines de los 60 y comienzos de los 70, originada en la República española y difundida, especialmente, por maravillosos músicos chilenos (Víctor Jara y Quilapayún). Y no para referirme al tema, complicado, que celebraría cuando “los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda”, porque tengo la sensación que, quienes queremos tener el corazón junto a los pobres, en ese hipotético entonces, deberíamos pelear por el pan para los apellidos ilustres. Es que, sospecho, en muchos, el imaginario pascual es como una suerte de tortilla: los que la pasan mal la pasarán bien, los que la pasan bien la pasarán mal en la resurrección. ¡Horror!

Con la resurrección “tenemos un problema” que se remonta al año 1054. Entonces ocurrió lo que se llama “el cisma de Oriente”, el cual creo – personalmente – fue el momento más dramático para la teología católica romana. Dentro de las muchas cosas que “perdimos” estuvieron la “Trinidad”, la Biblia, el Espíritu Santo y la Resurrección. Me refiero a que dejaron de ser “temas”, se dejaron de “teologizar” … Es interesante, por ejemplo, que recién cuando todo conducía al Concilio Vaticano II, recién entonces empezaron a aparecer obras teológicas sobre la Resurrección (Durwell, “La resurrección de Jesús. Misterio de Salvación” [1950], y luego, Léon-Dufour, “Resurrección de Cristo y mensaje pascual” [1971], ambos en francés originalmente).

Ciertamente, el tema quedaba centrado en la muerte de Jesús (en contraste con el Cristo resucitado frecuente en Oriente); basta con ver la cantidad de pinturas, por ejemplo sobre la cruz (y cuánto más sangrante, era preferible). Y, obviamente, esto repercutió en la catequesis. Toda América Latina quedó marcada por la teología centrada en el dolor originada en la península Ibérica. Ciertamente eso influye en que, todavía hoy, en muchos ambientes, al menos, sea más popular el Via Crucis que la celebración de la Vigilia Pascual.

Veamos muy brevemente. La teología tradicional del Antiguo Testamento por la cual Dios retribuye el bien o el mal que hacemos quedó herida de muerte con el libro de Job, pero, siempre quedó vigente la pregunta, ¿Y Dios? Así, algunos – en el período griego – empezaron a suponer que Dios volvería a la vida a las personas (no era unánime, algunos pensaban que solamente a los buenos; otros que sería a todos, pero los malvados lo serían para el padecimiento… ¡y acá la tortilla!). Es decir, pasado un tiempo, se volvería a la vida con la cual – sin males, enfermedades o violencias – se viviría, alimentaría, reproduciría en paz hasta finalmente “apagarse”. Es bueno notar que, en muchas culturas, y tal parece ser también lo que ocurre en Israel, se vive con alegría y paz la muerte cuando ocurre “naturalmente”, cuando un anciano se va después de haber vivido (“se acuesta con sus padres”), mientras que se vive con angustia o dolor la muerte por enfermedad, accidente o violencia. La resurrección, entonces, sería - ironicemos – una suerte de “segunda temporada”.

Pero los cristianos se encontraron con una experiencia totalmente novedosa: ¡la resurrección de Cristo! Y, así como cuando murió el primero (= Adán) todos murieron, pues cuando resucitó el primero (= Cristo) todos resucitarán. Con Jesús empieza la “era de los resucitados” insiste Pablo (1 Tesalonicenses, 1 Corintios, Romanos).

Pero, como ocurre con tantas cosas, hemos sido incapaces de profundizar la novedad de Jesús, y hemos vuelto atrás, al Antiguo Testamento, también en esto, y, entonces, entendemos la resurrección como una suerte de premio. Y – sigamos ironizando – para ganar un premio debo comprar números. Así, se mezclan una serie de cosas que en nada se asemejan a Jesús: resucitarán los que hicieron el bien (= mérito), los que lo ganan (= premio), los que Dios decide (= predestinados) …

La resurrección de Jesús no fue un premio o un pago de Dios al mérito de su Hijo, evidentemente. La resurrección de Jesús nos cuenta dónde está Dios en el drama de la historia que significó la cruz.

Quedarnos en la cruz (olvidando la resurrección) nos lleva a mirar a un Dios violento (René Girard, Giuseppe Barbaglio) e ignorar la impotencia de Dios – porque el amor es impotente – que, en el drama, ¡calla! Pero no porque sea mudo, no porque sea indiferente, no porque “decida no hacer nada”, sino simplemente porque no puede hacer nada. Dios no puede bajar a su hijo de la cruz y mandar un ejército de ángeles. Pero Dios sí es amor, es vida y vida plena, y, por eso la resurrección. La resurrección, la de Jesús y también la nuestra es don, es gracia.

La gracia es un Dios que – otra vez – no puede quedarse solo “allá arriba” mirando el show de la humanidad desorientada. Porque es amor, y “es propio del amor abajarse” ... y abajarse hasta lo más bajo. La gracia es el abajamiento de Dios, pero no para quedarse allí, abajo, sino para levantarnos (y no está de más recordar que, en griego, levantar y resucitar se dicen con la misma palabra). Levantarnos hasta sus rodillas maternales (Teresa de Lisieux).

En nuestros tiempos de meritocracia, de competencia y de individualismo, pareciera que la resurrección y la “salvación” son algo personal, “¡mío!”, algo que se me debe (¡Dios me debe!). Y, ante tanta tontería, no está mal, si queremos mirar con otros ojos, volver a la resurrección de Jesús. Porque así será la que esperamos.

Como no hemos sabido romper esquemas dualistas (cuerpo y alma), en otros ambientes, pareciera que “el alma” anda flotando a la espera de “que le devuelvan el envase” que ocurrirá “al final de los tiempos”.

Y como no hemos, tampoco, roto el esquema jurídico de un “juicio final” entendido con nuestras categorías jurídicas (ironizo una vez más, pero si fuera como el poder judicial argentino hay “infierno para todos y todas”) toca temblar hasta ver si el dedo imperial de Dios se dirige hacia arriba o hacia abajo.

Isabel de la Trinidad decía, con exactitud teológica: “el cielo es Dios”. Si la resurrección es un encuentro con Dios, el encuentro de un pueblo (no de individuos), lo mejor para entenderla es sencillamente mirar a Dios, a ese Dios padre-madre (abbá-imma) enamorado de sus hijos e hijas. Ciertamente un Dios que celebra y hace fiesta cuando el hijo o la hija se encuentran con Él-Ella, un Dios comunidad que ni se entiende solo ni quiere estarlo.

Y sabemos cómo es una fiesta… en la que los niños y niñas corren, hacen ruido y, a veces, hasta rompen algo, en la que el abuelo repite anécdotas que escuchamos mil veces, en la que una tía malhumorada casi no habla y un primo reparte chimentos, no siempre agradables. Y brindamos, y celebramos, y nos alegramos, y cantamos… y esperamos volvernos a ver “el año que viene”. ¿E imaginamos la fiesta de Dios como una suerte de desfile militar sin nada que se salga de la raya? Discúlpenme, pero pienso la resurrección y la vida como una fiesta en la que Dios brinda porque sus hijos e hijas están reunidos y celebramos. ¡Salud!


Imagen tomada de https://mundococina.es/como-dar-la-vuelta-a-la-tortilla-trucos

La esperanza no se pierde (curas opp - Pascua)

La esperanza no se pierde                          



Pascua es esperanza, es la vida que brota allí donde reinaba la muerte, es repetir una y mil veces que “el amor es más fuerte”.

La muerte es poderosa, destruye, aniquila, desaparece, pero los creyentes en el Dios de la vida sabemos que “si el grano de trigo no muere queda solo, pero si muere da mucho fruto” (Juan 12,24).

Compartiendo la vida y la muerte de los y las pobres sabemos de su dolor, de su tristeza y su muerte cotidiana, pero los mismos pobres nos enseñan que “la esperanza es lo último que se pierde”, y la Pascua lo reitera. “Resucitó Cristo, mi esperanza” insiste María Magdalena. Y en este tiempo Pascual queremos repetir, “la muerte no tiene la última palabra”, hay vida y Dios es su garante. ¡Felices Pascuas!

 

Curas en opción por las y los pobres

Semana Santa 2026

viernes, 3 de abril de 2026

El escándalo de Dios

El escándalo de Dios

Eduardo de la Serna



Pocas cosas, si algo, más escandalosas que la cruz. No la cruz en sí misma, que desde los persas se había vuelto algo frecuente, sino la cruz de Jesús. Y no, tampoco, por ser la de un inocente; ¡bastante frecuente es que los poderosos quieran “sacarse de encima” a alguien que molesta sin que eso implique necesariamente crimen alguno. Lo escandaloso radica en nuestra relación con el crucificado.

La cruz, el crucificado, era – en el Israel bíblico – una expresión patente de alguien a quien Dios había maldecido: “¡Maldito el colgado de un madero!” cita Pablo (parcialmente) a Deuteronomio 21,23. Allí se refería a un condenado a muerte (apedreado) de quien, para reforzar la humillación, su cadáver es expuesto en un árbol, pero eso no debe extenderse más allá del día. Sin embargo, en los tiempos romanos, en los cuales la cruz ya era una pena conocida, en textos de Qumrán, se hace referencia a la muerte “en un árbol” (4QpNah frag. 3-4, I:7-8; 11QTemp 64.7-13). Pablo es coherente con estos tiempos y así interpreta la muerte de Jesús (Gal 3,13).

Ciertamente, cuando él experimenta que Dios, en un llamado profético, quiso “revelar en mí a su Hijo” (Gal 1,16), es obvio que Pablo debió “rearmar toda su estructura”: el que era tenido por “maldecido” era – ahora – “revelado” como fuente de “bendición”. Pero nada de esto debía opacar el escándalo; y Pablo lo reitera en más de una ocasión: “¡y muerte de cruz!” acentúa (Fil 2,8), cruz que es “escándalo” y “necedad” (1 Cor 1,23). Es interesante – como expresión, precisamente de ese escándalo – que, si excluimos los Evangelios, el término “cruz” desaparece o es limitado en los escritos tardíos del Nuevo Testamento: solo 2 veces – en textos kerigmáticos – en Hechos, 2 veces en Colosenses y 1 en Efesios, sólo 1 vez en Apocalipsis, 2 en Hebreos y definitivamente ausente en las cartas “Pastorales” y las “Católicas”. Evidentemente, era algo – si se pudiera – conveniente de disimular en el mundo romano. Siguió siendo un escándalo.

Pero, es sabido que cuando Constantino abrió el imperio Romano al cristianismo (y la leyenda presentó a su madre en búsqueda de los signos de la pascua en una hiperinflación de reliquias) el viejo y temible lema greco-romano: “En este signo ¡vences!” (in hoc signo vinces) se trasladó a la cruz, y esta, de ser signo de tortura, de muerte, de violencia, de derrota y martirio, pasó a ser visto como un signo de triunfo. ¡La cruz fue domesticada!

Pero Jesús fue crucificado, y allí el escándalo. El Dios “omnipotente”, se revelaba víctima de los poderosos, el Dios de los cielos y Señor de los ejércitos se hacía patente en lo más bajo de la vergüenza humana, ¡la cruz! Uno burlado, insultado, maltratado, avergonzado, humillado ¡no puede ser el rostro supremo del Dios perfecto e inmortal!

Una vez más, el tema está en dónde entendemos que una persona es “grande”, “viva”, qué entendemos por poder; ¡qué entendemos por triunfo o derrota! Porque el poder de la violencia y la muerte tiene “mucha prensa”, es muy visible, estruendoso, provoca miedo y terror, paraliza, es “tremendo y fascinante”. Pero el poder de la vida es silencioso, casi invisible; como las raíces que crecen; el poder del amor se revela frágil, impotente ante el odio, y, como el fuego, “calienta por abajo”. El poder del amor es como las raíces o los cimientos, que no se ven hasta que llega la tormenta.

Viernes santo es día de derrota. Derrota definitiva de un profeta de Nazaret, su proyecto y su grupo. Roma exhibe patente, una vez más, su poder y su triunfo. Pero Dios no se guía con el esquema del márquetin, del rating y el espectáculo. A mujeres y a pobres Dios les habla de vida, de una vida nueva, resucitada. Una vida que no opaca el escándalo porque no es “la otra cara de una tortilla”; una vida que no teme el escándalo porque entiende que Dios habla otro lenguaje, propone otra vida, porque el amor es, sencillamente, otro mundo, otra vida… otro Dios.


Imagen del libro ensangentado  tomada de https://www.facebook.com/100067122858241/posts/rev-david-limopajareste-libro-el-dios-crucificado-del-te%C3%B3logo-reformado-alem%C3%A1n-j/932467652333988/

 

jueves, 2 de abril de 2026

Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día

Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día

Eduardo de la Serna



Como es evidente, el término “sacerdote / cio” proviene de lo “sagrado”, lo sacro. Se trata de alguien – varón o mujer en general – que tiene una relación con lo sagrado, pero algo que, obviamente, no es “para sí”, sino para otros, sea un grupo, una comunidad o un pueblo. De allí que su servicio sea de mediador. No hay sacerdote sin “lo sagrado”, pero tampoco lo hay sin “otros”, llamémoslo “pueblo”. “Mediador entre Dios y los hombres (varones y mujeres)”, se canta.

Diferentes culturas o espacios “religiosos” o confesiones, tienen criterios diferentes para que alguna persona pueda acceder al sacerdocio. En el Israel bíblico, por ejemplo, sólo lo eran los varones que pertenecían a la tribu de Leví (el sacerdocio femenino no existía en el mundo bíblico). En ese sentido, en Israel no existía lo que llamamos “vocación sacerdotal”. Si alguien quería ser sacerdote, no podía serlo a menos que perteneciera a la tribu de Leví, y un “levita” era sacerdote, aunque no lo quisiera. Y, aunque había muchos grados y roles, todos tenían un servicio que cumplir entre Dios y el pueblo.

Es interesante, pero sería demasiado entrar en terrenos más amplios, notar que el mismo Israel se ve a sí mismo como un pueblo sacerdotal, esto es mediador entre Dios y los demás pueblos (= los paganos). Pero, además, es importante entender que en el mundo antiguo, lo “sagrado” es algo evidentemente diferente de cómo se entiende en la actualidad; lo sagrado se contrapone a lo profano, y hay tiempos sagrados, personas sagradas, espacios sagrados, alimentos sagrados que no pueden siquiera mezclarse con lo profano.

Pero, entrando en el Nuevo Testamento, es sabido que entre los primeros cristianos no existía un “orden sacerdotal”; Jesús mismo era laico (de la tribu de Judá); y los primeros seguidores tenían diferentes ministerios al servicio de los demás, pero estos no fueron catalogados como sacerdocio.

Será el autor de la carta a los Hebreos el que – haciendo una lectura espiritual del Antiguo Testamento – afirmará que Jesús sí era sacerdote (repito: ¡espiritualmente!). Pero, si nos detenemos en los demás textos del nuevo Testamento, nos consta que había celebraciones, había bautismos, había reuniones de comunidad, pero nunca se dice cómo se celebraban y quiénes y qué roles cumplía cada uno o cada una en ellos. Como es razonable, a medida que las comunidades empiezan a organizarse, a estructurarse e institucionalizarse, empiezan a establecerse roles y ministerios, fijos o temporales, pero – propiamente hablando – esto fue lento, y no fue universal hasta pasado bastante tiempo (siglo III, seguramente).

Esto no significa que no hubiera celebraciones, grupos o incluso ministros o ministras que establecieran una cierta mediación entre lo sagrado y el pueblo o las comunidades. El servicio profético, por ejemplo, ha de tenerse en ese sentido por sacerdotal ya que es una mediación, una relación con Dios y con el pueblo.

Pero con el tiempo, y especialmente cuando los tres “oficios”, real, profético y sacerdotal, se fueron distinguiendo, el “ministerio” sacerdotal se fue institucionalizando. El “sacerdote” realiza su mediación en función de la liturgia, el altar; el profeta, en cambio, con la palabra y el rey en la conducción. Todo dice relación con Dios, pero varía el rol ministerial.

Es interesante, a su vez, que el Concilio Vaticano II fortaleció la identidad eclesial como “pueblo de Dios”; ya no había conductores y conducidos, sino que todo el pueblo, cada quién con sus distintos ministerios o carismas, eran reyes, profetas y sacerdotes por el Bautismo. Todo el pueblo, todos los miembros del pueblo, lo son.

En este sentido es bueno pensar brevemente el “ministerio ordenado”, al que habitualmente se llama “sacerdocio”. Insisto, para empezar, que, por un lado, todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes, como se ha dicho. Insisto, además, que la relación con lo “sagrado”, no se da exclusivamente en el altar como es evidente. Sería razonable, entonces, pensar qué es lo que se dice al destacar tal o cual ministerio (presbiterado, episcopado o diaconado, por ejemplo, pero no solo) y después – recién después – ver si el término “sacerdote” le es adecuado.

Una extraña mentalidad juridicista, que pretende diversos momentos institucionales para poder afirmar que en tal o cual acto o dicho Jesús “instituyó” tal o cual sacramento, entiende que al decir “hagan esto en memoria mía”, Jesús “instituyó el sacerdocio” (por eso se lo celebra el Jueves Santo, acotemos). Es muy difícil dudar que las comunidades siguieron celebrando la Cena del Señor, pero no resulta evidente que – como se ha dicho – dejaran claro quiénes presidían (si había quienes lo hacían) las celebraciones. Y, los actuales estudios bíblicos complican (felizmente) la cosa dejando en penumbra quiénes participaron o no de esa Última Cena. La fundamentalista serie “Los Elegidos”, por ejemplo, que no puede ignorar que las mujeres participaban de las comidas con Jesús, las retira de la escena enviándolas a Betania para protegerlas y que, entonces, sean sólo “los Doce” los participantes de esa cena…

Ahora bien, si el ministerio ordenado tiene también un rol real y uno profético, no está de más preguntarnos si no puede haber ministros ordenados más dedicados a la conducción y otros más dedicados a la palabra y ¡todos ellos!, “mediadores entre Dios y las personas”. Es decir, llamarlos “sacerdotes” los limita “al altar””; un ministro que se dedica a la palabra o que acompaña comunidades o que peregrina o que está en medio de los pobres, no está en el “altar”, ¿es menos “sacerdote”? Pero, mirando otros términos, a su vez, – hoy, no ayer – “pastores” parece suponer “rebaño”, cosa que en la actualidad muchos, muy razonablemente, se niegan a ser reconocidos como tales. La imagen del pastor incluía, también, a aquel que se pone delante de su rebaño ante el peligro, de allí el “cuidado pastoral”. De aquí el término “cura”. Se trata de quien tiene cuidado (latín “curare”).

Queda un planteo que hoy supera el tema del día (Jueves Santo) y es el acceso de las mujeres al ministerio ordenado. Ya señalé que la lectura juridicista “hace agua” y, además, si se aplicara, es muy discutible que no hubiera mujeres cuando Jesús dijo “hagan esto…”. Por otro lado, hay suficientes trabajos que han ido mostrando seria y académicamente el acceso de mujeres en diferentes tiempos y lugares. Y es, a su vez, evidente, que el patriarcado fue dejado de lado cada vez mas a las mujeres de todos los espacios ministeriales. Pero – y suponiendo que jamás las hubiera habido (suponiendo erróneamente, repito) – la pregunta sensata es cuál es la razón por la cual hoy las mujeres no pueden tener acceso a los ministerios ordenados. Ciertamente la respuesta “Jesús no lo hizo” es totalmente parcial y limitada (Jesús nunca comió papa, no viajó en tren, nunca usó estola o mitra y nunca confesó a nadie… podríamos decir irónicamente); la pregunta razonable – que debe ser seriamente pensada (y no ideológicamente, como lo es el patriarcado) – es “¿Jesús lo haría?” Dejo el tema porque, como dije, excede al tema, pero sin duda creo que la respuesta debiera ser ¡sí!

Celebrar el ministerio ordenado, sea o no adecuado el día históricamente hablando, es algo sumamente razonable; es de esperar que, aprovechando el día, sirva para que los ministros no olviden (no olvidemos) que el ministerio existe en favor de un pueblo, y no para nosotros mismos. Cuando el cura aparece demasiado (clericalismo le llamaba el papa Francisco) el pueblo le está a su servicio y todo se ha trastocado. Que no hay un solo y único modo de ser curas, aunque, cada quién, debería buscar el modo de serlo del mejor modo posible, dejando a Dios ser Dios y todo y siempre en favor del bien del pueblo.


Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/almacen-de-metraje-de-v%C3%ADdeo-mucha-gente-la-muchedumbre-caminando-lo-largo-del-camino-video54338366

La mujer del Cantar de los cantares y su compañero

La mujer del Cantar de los cantares y su compañero

 

Eduardo de la Serna



En la Biblia encontramos un libro fascinante – aunque se lee muy poco en la liturgia – que es el llamado Cantar de los Cantares, es decir “el canto sublime”. El texto fue leído, mucho tiempo de un modo simbólico (como, por ejemplo, el encuentro entre el alma y Dios), pero, como veremos, ¡se trata claramente de un encuentro de amor entre un varón y una mujer.

El libro es casi una obra de teatro, de encuentros y desencuentros entre una pareja de enamorados. En ella hay cantos y descripciones de una y otro; a veces canta ella, a veces canta él, y, en ocasiones con interrupciones de lo que parece ser un coro.

La obra tiene un erotismo muy interesante mostrando que Dios no está ausente en el encuentro de dos personas que se aman. En muchas ocasiones hay descripción de los cuerpos (algo que era frecuente en la poética árabe, por ejemplo) lo que muestra la fascinación que sienten entre sí los protagonistas de la obra (descripción del cuerpo de él: 5,10-16; y del cuerpo de ella: 4,1-7; 6,4-9; 7,2-10). Se habla de los dientes, los pechos, el cuello, se compara con animales, con frutos, con flores, y hay imágenes simbólicas (históricas, geográficas…) y descripción de los encuentros de ambos (1,12-17; 2,1-7; 3,4; 5,2-5).

El ambiente es claramente campesino, y la pareja suele encontrarse a solas en los campos (6,2; 7,12). Cuando ambos se dirigen a la ciudad es que ocurren los desencuentros en los que ella buscan a su amado (3,1-2; 5,6; 6,1) o incluso con situaciones de violencia contra ella (5,7).

Ella se presenta como “morena y hermosa” (algunas traducciones dicen “negra pero hermosa” como si ser de tez oscura fuera un impedimento para la belleza, pero es una cuestión de los traductores), sin embargo, está sometida a sus hermanos (todo indica que el padre ha muerto, por lo que ella debe obedecerlos, como debe hacer toda mujer en una familia hasta “ser entregada” en matrimonio). De hecho, al final ellos, que la consideran todavía una pequeña, no saben con quién la casarán (8,8-9), a pesar que ella ya ha experimentado intensamente el amor con su amado, cosa que ellos ignoran.

A lo largo del texto es evidente la relación de amor que ambos se manifiestan, como algo personal e profundo, lo que parece contrastar con el amor cortesano de los reyes que utilizan a las mujeres para su propia satisfacción, pero en los que el amor está claramente ausente (3,7-10).

En los textos, como es propio de su tiempo, la llama “amada”, pero también “hermana” (ver Tobías 7,9.15; 8,4; 10,13 etc.); muchos textos también indican “novia” o “esposa” (ver 4,8-12; 5,1), lo que no es correcto (no están casados, como sabemos, y el noviazgo no existía en este tiempo; más preciso sería traducir “compañera”, por ejemplo); de hecho, el encuentro tiene una cierta clandestinidad (ver 8,1-2). Para cada uno, el otro o la otra son la más hermosa o el más hermoso de todos: ella es “hermosa entre las mujeres” (1,8; ver 4,7; 6,1; etc.; e incluso, “mi perfecta”, 5,2; 6,9), y él, “¡qué hermoso eres!” (1,16).

Pero la clave de todo está dada por el amor. Él la llama “amada” 7 veces, y ella a él “amado” 33 veces (es evidente que el relato está más centrado en la mujer que en el varón) y el término “amor” se encuentra 21 veces. No se trata, entonces, ni de una pareja al estilo de las de las cortes de los reyes, pero tampoco de la pareja “arreglada” por las familias de los futuros cónyuges; en esta obra, son dos personas que se eligen mutuamente, y son el uno para el otra y la otra para el uno (2,16; 6,3). Incluso, uno de los párrafos más interesantes sobre el amor de toda la Biblia se encuentra en el final de este texto:

«…el amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo; Sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable» (8,6-7)

La pareja ha experimentado el amor intensamente. En ocasiones han debido encontrarse en las afueras de la ciudad para entregarse al amor sin interrupciones, y han dejado, para la historia una de las obras más bellas cantando el encuentro, el reconocimiento mutuo y el amor inextinguible.


Imagen tomada de https://catholicus.eu/la-esposa-del-cantar-de-los-cantares-una-alegoria-de-cristo-y-su-iglesia/

miércoles, 1 de abril de 2026

Señor de los ejércitos

Señor de los ejércitos

Eduardo de la Serna



Soy testigo de que, en muchas comunidades, entre otras a la que pertenezco, se ha preferido – cuando es posible – reemplazar el adjetivo “Todopoderoso” aplicado a Dios, utilizando, por ejemplo, “misericordioso”. Ciertamente, afirmar hoy, de Dios que es “todo poderoso” requiere una importante aclaración acerca de qué se entiende por “poder”. Por ejemplo, la niña Teresa de Lisieux, cuando define a sus cuatro años qué significa, dice: “pues, que hace todo lo que quiere!” (MsA 10rº).

Recientemente, cuando se ha propuesto que nuestro lenguaje en la Iglesia es más griego que semita, más seguidores en esto de Platón que de Jesús, uno de los ejemplos que se han señalado es, especialmente que luego de Constantino y de Carlomagno, el sentido del poder (particularmente dentro de la historia) tiene una notable diferencia y contraste con el anonadamiento de Jesús y la cruz (González Faus 240-245).

Una pregunta pertinente hoy sería saber qué tan poderoso es Dios; qué decimos al decir que lo es…

Un término hebreo que se encuentra frecuentemente en la Biblia, exclusivamente aplicado a Dios, y que con frecuencia no es traducido – incluso en la Biblia griega – es tzebaôt. Es un plural femenino de tzeba, que refiere a las armas, por eso en ocasiones se traduce “de los ejércitos”.

De las 285 veces que lo encontramos, 251x están en los profetas escritores, 16x en los profetas anteriores, y 15x en los Salmos. En la traducción griega de LXX el término se mantiene literalmente con el hebreo sabaôth 64 veces especialmente en Isaías (53 veces) mientras que 120 veces es traducido por pantokrátôr (todopoderoso; es posible que en esto influya que algunos traductores prefirieron mantenerlo mientras otros optaran por traducirlo).

En el Nuevo Testamento, encontramos 2 veces sabaôth (Rom 9,29 y Sgo 5,4 [las biblias castellanas han optado por traducir estos versículos, incluso aquellas que mantienen “sebaot” en el Antiguo Testamento]) mientras que pantocrátôr se encuentra 9 veces en el Apocalipsis y 1 vez en 2 Cor 6,18 (un texto ciertamente de influencia apocalíptica) por toda aparición en el NT.

No hay consenso entre los estudiosos acerca del origen y sentido del término sebaot, “de los ejércitos”, aplicado a YHWH, aunque algunas viejas propuestas fueron siendo descartadas, “no aparece – por ejemplo – en conexión con las guerras de YHWH” (TDOT XII:220). Asimismo, es interesante que el término tiene su origen aparentemente en el Sur ya que no es casi utilizado en el Norte, y – además – está casi ausente en el período del exilio (falta totalmente en Ezequiel, por ejemplo). Es posible remontarnos históricamente a su probable origen en el santuario cananeo de Siló (1 Sam 1,3.11; 4,4), referencia con su mención de los querubines. Más tarde parece centrado en el santuario de Jerusalén quizás con referencia al arca de la alianza. En ese mismo sentido se puede notar que, en Qumrán, se encuentra, en una bendición sacerdotal con mención de los ángeles.

Tú serás como un ángel del rostro en la morada santa para la gloria del Dios de los Ejércitos [...] Tú estarás alrededor sirviendo en el templo del reino, compartiendo el lote con los ángeles de la faz y el consejo de la comunidad [...] (1QSb IV:24-26)

Si nos detenemos en las dos referencias que se encuentran en el NT con la transcripción hebrea sebaôth, el texto de Santiago tiene toda la intención de remitir a textos del AT en los cuales el clamor – el grito del dolor; en este caso el de los obreros por su salario impago– presenta a Dios como garante de la defensa de las víctimas y así mostrar, con el uso de sebaôth, a Dios como juez y defensor con lo que pretende remarcar “la soberanía trascendente y absoluta de Dios que interviene en la historia como juez inapelable” (Fabris 311). El texto de Romanos es, ciertamente, un midrash de Isaías a quien cita explícitamente (1,9) para reforzar esta referencia (Jewett 604).

La literatura apocalíptica, por su parte, se presenta como clara resistencia anti-imperial. Dios es revelado aquí como “todopoderoso” en contraste con el emperador de turno que pretende ser adorado como Dios. “Muriendo a imitación de su maestro ellos (los cristianos) manifiestan la realidad de la victoria de Cristo encarnándolo y verificándolo: solo a Dios dan la gloria reconociéndolo como todopoderoso” (Prigent 375).

Es cierto que la categoría “poder” se aplica con frecuencia a Dios mismo (incluso como nombre divino), tanto en la Biblia como fuera de ella (Qumrán, Filón de Alejandría, Henoc, o los rabinos), especialmente como un modio de Dios mismo de revelarse, de manifestarse a su pueblo, su gloria, no como un poder que se ejerce, por ejemplo, sobre otros pueblos o personas.

Pero, curiosamente, si nos detenemos en el Dios que Jesús revela, el término poder (dynamis) se entiende siempre como poder benéfico (por eso el término se usa también para referir a los milagros, signos del poder del Reino). Ciertamente, si hay algún conflicto en el “poder” que Jesús manifiesta, este es contra los demonios, que ejercen su propio poder de un modo maléfico sobre las personas. Es evidente que el Dios que Jesús revela es padre, e incluso un padre que no ejerce su “poder” castigando a sus hijos (como era de esperar en padres de su tiempo) sino un padre que corre a abrazar compadecido del hijo que vuelve. El Dios amor, el Jesús que se revela en relaciones de igualdad (= amigos) no se parece en nada al “Dios poderoso” que castiga, condena y sentencia definitivamente a la Gehena del fuego.

¡Cuántas cosas se han hecho, hacen y harán en el nombre de Dios!

Y a modo de simple y escandaloso (y ¿herético? ¿idolátrico?) uso del nombre de Dios basta ver el uso de las derechas dizque cristianas (y podría aplicarse a las derechas islámicas y judías también). Las guerras en nombre de Dios (escuchar, ¡soportar!, al presidente… al de EEUU, al de Argentina, al de algunos partidos en Brasil, España, etc.) dan ganas de gritar, ¡ese no es Dios!, ¡Dios no es así!, ¡Dios no quiere eso!, ¡Dios no hace eso!, ¡Dios no está allí! El Dios en el que creemos ciertamente está muy lejos, ¡en las antípodas!, de estos ejércitos. El Dios que es papá y mamá es el Dios del abrazo, del encuentro, del perdón, de la misericordia, de la vida. Dios es todopoderoso en el perdón, todopoderoso en la vida, todopoderoso en el amor, todopoderoso en la esperanza… en ese todopoderoso sí creo. Y, para los que se creen reyes o dioses de hoy (y de ayer… y de mañana) simplemente “Padre, ¡perdónalos, porque no saben lo que hacen!”, “¡no se puede servir a Dios y al dinero!”, “¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tuvieron su consuelo!”, “El jornal de los obreros, que no pagaron a los que trabajaron en los campos de ustedes, alza el grito; el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor Sebaot”, “Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al pobre de la mano de los malvados”. En ese Dios creemos, ese poder buscamos.. ese camino caminamos.

 

Complemento

Fabris R., Lettera di Giacomo (SOC 17), Bologna: EDB 2004

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