Evangelio del 2do domingo de Pascua A
o también en
Eduardo
“¿Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva?”
Eduardo de la Serna
Con toda intención elegí como título
una canción que fue popularísima a fines de los 60 y comienzos de los 70,
originada en la República española y difundida, especialmente, por maravillosos
músicos chilenos (Víctor Jara y Quilapayún). Y no para referirme al tema,
complicado, que celebraría cuando “los pobres coman pan y los ricos mierda,
mierda”, porque tengo la sensación que, quienes queremos tener el corazón junto
a los pobres, en ese hipotético entonces, deberíamos pelear por el pan para los
apellidos ilustres. Es que, sospecho, en muchos, el imaginario pascual es como
una suerte de tortilla: los que la pasan mal la pasarán bien, los que la pasan
bien la pasarán mal en la resurrección. ¡Horror!
Con la resurrección “tenemos un
problema” que se remonta al año 1054. Entonces ocurrió lo que se llama “el
cisma de Oriente”, el cual creo – personalmente – fue el momento más dramático
para la teología católica romana. Dentro de las muchas cosas que “perdimos”
estuvieron la “Trinidad”, la Biblia, el Espíritu Santo y la Resurrección. Me
refiero a que dejaron de ser “temas”, se dejaron de “teologizar” … Es interesante,
por ejemplo, que recién cuando todo conducía al Concilio Vaticano II, recién entonces
empezaron a aparecer obras teológicas sobre la Resurrección (Durwell, “La
resurrección de Jesús. Misterio de Salvación” [1950], y luego, Léon-Dufour, “Resurrección
de Cristo y mensaje pascual” [1971], ambos en francés originalmente).
Ciertamente, el tema quedaba
centrado en la muerte de Jesús (en contraste con el Cristo resucitado frecuente
en Oriente); basta con ver la cantidad de pinturas, por ejemplo sobre la cruz
(y cuánto más sangrante, era preferible). Y, obviamente, esto repercutió en la
catequesis. Toda América Latina quedó marcada por la teología centrada en el
dolor originada en la península Ibérica. Ciertamente eso influye en que,
todavía hoy, en muchos ambientes, al menos, sea más popular el Via Crucis
que la celebración de la Vigilia Pascual.
Veamos muy brevemente. La teología
tradicional del Antiguo Testamento por la cual Dios retribuye el bien o el mal
que hacemos quedó herida de muerte con el libro de Job, pero, siempre quedó
vigente la pregunta, ¿Y Dios? Así, algunos – en el período griego – empezaron a
suponer que Dios volvería a la vida a las personas (no era unánime, algunos
pensaban que solamente a los buenos; otros que sería a todos, pero los malvados
lo serían para el padecimiento… ¡y acá la tortilla!). Es decir, pasado un
tiempo, se volvería a la vida con la cual – sin males, enfermedades o
violencias – se viviría, alimentaría, reproduciría en paz hasta finalmente “apagarse”.
Es bueno notar que, en muchas culturas, y tal parece ser también lo que ocurre
en Israel, se vive con alegría y paz la muerte cuando ocurre “naturalmente”,
cuando un anciano se va después de haber vivido (“se acuesta con sus padres”),
mientras que se vive con angustia o dolor la muerte por enfermedad, accidente o
violencia. La resurrección, entonces, sería - ironicemos – una suerte de “segunda
temporada”.
Pero los cristianos se
encontraron con una experiencia totalmente novedosa: ¡la resurrección de
Cristo! Y, así como cuando murió el primero (= Adán) todos murieron, pues
cuando resucitó el primero (= Cristo) todos resucitarán. Con Jesús empieza la “era
de los resucitados” insiste Pablo (1 Tesalonicenses, 1 Corintios, Romanos).
Pero, como ocurre con tantas
cosas, hemos sido incapaces de profundizar la novedad de Jesús, y hemos vuelto
atrás, al Antiguo Testamento, también en esto, y, entonces, entendemos la
resurrección como una suerte de premio. Y – sigamos ironizando – para ganar un
premio debo comprar números. Así, se mezclan una serie de cosas que en nada se
asemejan a Jesús: resucitarán los que hicieron el bien (= mérito), los que lo
ganan (= premio), los que Dios decide (= predestinados) …
La resurrección de Jesús no fue
un premio o un pago de Dios al mérito de su Hijo, evidentemente. La
resurrección de Jesús nos cuenta dónde está Dios en el drama de la historia que
significó la cruz.
Quedarnos en la cruz (olvidando
la resurrección) nos lleva a mirar a un Dios violento (René Girard, Giuseppe Barbaglio)
e ignorar la impotencia de Dios – porque el amor es impotente – que, en el
drama, ¡calla! Pero no porque sea mudo, no porque sea indiferente, no porque
“decida no hacer nada”, sino simplemente porque no puede hacer nada. Dios no
puede bajar a su hijo de la cruz y mandar un ejército de ángeles. Pero Dios sí
es amor, es vida y vida plena, y, por eso la resurrección. La resurrección, la
de Jesús y también la nuestra es don, es gracia.
La gracia es un Dios que – otra vez
– no puede quedarse solo “allá arriba” mirando el show de la humanidad
desorientada. Porque es amor, y “es propio del amor abajarse” ... y abajarse
hasta lo más bajo. La gracia es el abajamiento de Dios, pero no para quedarse
allí, abajo, sino para levantarnos (y no está de más recordar que, en griego,
levantar y resucitar se dicen con la misma palabra). Levantarnos hasta sus
rodillas maternales (Teresa de Lisieux).
En nuestros tiempos de meritocracia,
de competencia y de individualismo, pareciera que la resurrección y la “salvación”
son algo personal, “¡mío!”, algo que se me debe (¡Dios me debe!). Y, ante tanta
tontería, no está mal, si queremos mirar con otros ojos, volver a la
resurrección de Jesús. Porque así será la que esperamos.
Como no hemos sabido romper
esquemas dualistas (cuerpo y alma), en otros ambientes, pareciera que “el alma”
anda flotando a la espera de “que le devuelvan el envase” que ocurrirá “al final
de los tiempos”.
Y como no hemos, tampoco, roto el
esquema jurídico de un “juicio final” entendido con nuestras categorías
jurídicas (ironizo una vez más, pero si fuera como el poder judicial argentino
hay “infierno para todos y todas”) toca temblar hasta ver si el dedo imperial de
Dios se dirige hacia arriba o hacia abajo.
Isabel de la Trinidad decía, con
exactitud teológica: “el cielo es Dios”. Si la resurrección es un encuentro con
Dios, el encuentro de un pueblo (no de individuos), lo mejor para entenderla es
sencillamente mirar a Dios, a ese Dios padre-madre (abbá-imma) enamorado
de sus hijos e hijas. Ciertamente un Dios que celebra y hace fiesta cuando el hijo
o la hija se encuentran con Él-Ella, un Dios comunidad que ni se entiende solo
ni quiere estarlo.
Y sabemos cómo es una fiesta… en
la que los niños y niñas corren, hacen ruido y, a veces, hasta rompen algo, en
la que el abuelo repite anécdotas que escuchamos mil veces, en la que una tía
malhumorada casi no habla y un primo reparte chimentos, no siempre agradables.
Y brindamos, y celebramos, y nos alegramos, y cantamos… y esperamos volvernos a
ver “el año que viene”. ¿E imaginamos la fiesta de Dios como una suerte de
desfile militar sin nada que se salga de la raya? Discúlpenme, pero pienso la
resurrección y la vida como una fiesta en la que Dios brinda porque sus hijos e
hijas están reunidos y celebramos. ¡Salud!
Imagen tomada de https://mundococina.es/como-dar-la-vuelta-a-la-tortilla-trucos
La esperanza no se pierde
Pascua es esperanza, es la vida
que brota allí donde reinaba la muerte, es repetir una y mil veces que “el amor
es más fuerte”.
La muerte es poderosa, destruye,
aniquila, desaparece, pero los creyentes en el Dios de la vida sabemos que “si
el grano de trigo no muere queda solo, pero si muere da mucho fruto” (Juan
12,24).
Compartiendo la vida y la muerte
de los y las pobres sabemos de su dolor, de su tristeza y su muerte cotidiana,
pero los mismos pobres nos enseñan que “la esperanza es lo último que se pierde”,
y la Pascua lo reitera. “Resucitó Cristo, mi esperanza” insiste María
Magdalena. Y en este tiempo Pascual queremos repetir, “la muerte no tiene la
última palabra”, hay vida y Dios es su garante. ¡Felices Pascuas!
Curas
en opción por las y los pobres
Semana Santa 2026
El escándalo de Dios
Eduardo de la Serna
Pocas cosas, si algo, más
escandalosas que la cruz. No la cruz en sí misma, que desde los persas se había
vuelto algo frecuente, sino la cruz de Jesús. Y no, tampoco, por ser la de un
inocente; ¡bastante frecuente es que los poderosos quieran “sacarse de encima” a
alguien que molesta sin que eso implique necesariamente crimen alguno. Lo
escandaloso radica en nuestra relación con el crucificado.
La cruz, el crucificado, era – en
el Israel bíblico – una expresión patente de alguien a quien Dios había
maldecido: “¡Maldito el colgado de un madero!” cita Pablo (parcialmente) a Deuteronomio
21,23. Allí se refería a un condenado a muerte (apedreado) de quien, para
reforzar la humillación, su cadáver es expuesto en un árbol, pero eso no debe
extenderse más allá del día. Sin embargo, en los tiempos romanos, en los cuales
la cruz ya era una pena conocida, en textos de Qumrán, se hace referencia a la
muerte “en un árbol” (4QpNah frag. 3-4, I:7-8; 11QTemp 64.7-13). Pablo es coherente
con estos tiempos y así interpreta la muerte de Jesús (Gal 3,13).
Ciertamente, cuando él experimenta
que Dios, en un llamado profético, quiso “revelar en mí a su Hijo” (Gal 1,16), es
obvio que Pablo debió “rearmar toda su estructura”: el que era tenido por “maldecido”
era – ahora – “revelado” como fuente de “bendición”. Pero nada de esto debía
opacar el escándalo; y Pablo lo reitera en más de una ocasión: “¡y muerte de cruz!”
acentúa (Fil 2,8), cruz que es “escándalo” y “necedad” (1 Cor 1,23). Es
interesante – como expresión, precisamente de ese escándalo – que, si excluimos
los Evangelios, el término “cruz” desaparece o es limitado en los escritos
tardíos del Nuevo Testamento: solo 2
veces – en textos kerigmáticos – en Hechos, 2 veces en Colosenses y 1 en
Efesios, sólo 1 vez en Apocalipsis, 2 en Hebreos y definitivamente ausente en
las cartas “Pastorales” y las “Católicas”. Evidentemente, era algo – si se
pudiera – conveniente de disimular en el mundo romano. Siguió siendo un
escándalo.
Pero, es sabido que cuando Constantino abrió el imperio Romano al cristianismo
(y la leyenda presentó a su madre en búsqueda de los signos de la pascua en una
hiperinflación de reliquias) el viejo y temible lema greco-romano: “En este
signo ¡vences!” (in hoc signo vinces) se trasladó a la cruz, y esta, de
ser signo de tortura, de muerte, de violencia, de derrota y martirio, pasó a
ser visto como un signo de triunfo. ¡La cruz fue domesticada!
Pero Jesús fue crucificado, y allí el escándalo. El Dios “omnipotente”, se
revelaba víctima de los poderosos, el Dios de los cielos y Señor de los
ejércitos se hacía patente en lo más bajo de la vergüenza humana, ¡la cruz! Uno
burlado, insultado, maltratado, avergonzado, humillado ¡no puede ser el rostro
supremo del Dios perfecto e inmortal!
Una vez más, el tema está en dónde entendemos que una persona es “grande”, “viva”,
qué entendemos por poder; ¡qué entendemos por triunfo o derrota! Porque el
poder de la violencia y la muerte tiene “mucha prensa”, es muy visible,
estruendoso, provoca miedo y terror, paraliza, es “tremendo y fascinante”. Pero
el poder de la vida es silencioso, casi invisible; como las raíces que crecen;
el poder del amor se revela frágil, impotente ante el odio, y, como el fuego, “calienta
por abajo”. El poder del amor es como las raíces o los cimientos, que no se ven
hasta que llega la tormenta.
Viernes santo es día de derrota. Derrota definitiva de un profeta de
Nazaret, su proyecto y su grupo. Roma exhibe patente, una vez más, su poder y
su triunfo. Pero Dios no se guía con el esquema del márquetin, del rating y el
espectáculo. A mujeres y a pobres Dios les habla de vida, de una vida nueva,
resucitada. Una vida que no opaca el escándalo porque no es “la otra cara de
una tortilla”; una vida que no teme el escándalo porque entiende que Dios habla
otro lenguaje, propone otra vida, porque el amor es, sencillamente, otro mundo,
otra vida… otro Dios.
Imagen del libro ensangentado tomada de https://www.facebook.com/100067122858241/posts/rev-david-limopajareste-libro-el-dios-crucificado-del-te%C3%B3logo-reformado-alem%C3%A1n-j/932467652333988/
Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día
Eduardo de la Serna
Como es evidente, el término “sacerdote / cio”
proviene de lo “sagrado”, lo sacro. Se trata de alguien – varón o mujer en general
– que tiene una relación con lo sagrado, pero algo que, obviamente, no es “para
sí”, sino para otros, sea un grupo, una comunidad o un pueblo. De allí que su
servicio sea de mediador. No hay sacerdote sin “lo sagrado”, pero tampoco lo
hay sin “otros”, llamémoslo “pueblo”. “Mediador entre Dios y los hombres
(varones y mujeres)”, se canta.
Diferentes culturas o espacios “religiosos” o
confesiones, tienen criterios diferentes para que alguna persona pueda acceder
al sacerdocio. En el Israel bíblico, por ejemplo, sólo lo eran los varones que pertenecían
a la tribu de Leví (el sacerdocio femenino no existía en el mundo bíblico). En
ese sentido, en Israel no existía lo que llamamos “vocación sacerdotal”. Si alguien
quería ser sacerdote, no podía serlo a menos que perteneciera a la tribu de Leví,
y un “levita” era sacerdote, aunque no lo quisiera. Y, aunque había muchos
grados y roles, todos tenían un servicio que cumplir entre Dios y el pueblo.
Es interesante, pero sería demasiado entrar
en terrenos más amplios, notar que el mismo Israel se ve a sí mismo como un
pueblo sacerdotal, esto es mediador entre Dios y los demás pueblos (= los paganos).
Pero, además, es importante entender que en el mundo antiguo, lo “sagrado” es
algo evidentemente diferente de cómo se entiende en la actualidad; lo sagrado
se contrapone a lo profano, y hay tiempos sagrados, personas sagradas, espacios
sagrados, alimentos sagrados que no pueden siquiera mezclarse con lo profano.
Pero, entrando en el Nuevo Testamento, es sabido
que entre los primeros cristianos no existía un “orden sacerdotal”; Jesús mismo
era laico (de la tribu de Judá); y los primeros seguidores tenían diferentes
ministerios al servicio de los demás, pero estos no fueron catalogados como
sacerdocio.
Será el autor de la carta a los Hebreos el
que – haciendo una lectura espiritual del Antiguo Testamento – afirmará que
Jesús sí era sacerdote (repito: ¡espiritualmente!). Pero, si nos detenemos en
los demás textos del nuevo Testamento, nos consta que había celebraciones,
había bautismos, había reuniones de comunidad, pero nunca se dice cómo se celebraban
y quiénes y qué roles cumplía cada uno o cada una en ellos. Como es razonable,
a medida que las comunidades empiezan a organizarse, a estructurarse e institucionalizarse,
empiezan a establecerse roles y ministerios, fijos o temporales, pero –
propiamente hablando – esto fue lento, y no fue universal hasta pasado bastante
tiempo (siglo III, seguramente).
Esto no significa que no hubiera
celebraciones, grupos o incluso ministros o ministras que establecieran una
cierta mediación entre lo sagrado y el pueblo o las comunidades. El servicio
profético, por ejemplo, ha de tenerse en ese sentido por sacerdotal ya que es
una mediación, una relación con Dios y con el pueblo.
Pero con el tiempo, y especialmente cuando
los tres “oficios”, real, profético y sacerdotal, se fueron distinguiendo, el “ministerio”
sacerdotal se fue institucionalizando. El “sacerdote” realiza su mediación en
función de la liturgia, el altar; el profeta, en cambio, con la palabra y el
rey en la conducción. Todo dice relación con Dios, pero varía el rol ministerial.
Es interesante, a su vez, que el Concilio
Vaticano II fortaleció la identidad eclesial como “pueblo de Dios”; ya no había
conductores y conducidos, sino que todo el pueblo, cada quién con sus distintos
ministerios o carismas, eran reyes, profetas y sacerdotes por el Bautismo. Todo
el pueblo, todos los miembros del pueblo, lo son.
En este sentido es bueno pensar brevemente el
“ministerio ordenado”, al que habitualmente se llama “sacerdocio”. Insisto,
para empezar, que, por un lado, todos los bautizados son sacerdotes, profetas y
reyes, como se ha dicho. Insisto, además, que la relación con lo “sagrado”, no
se da exclusivamente en el altar como es evidente. Sería razonable, entonces,
pensar qué es lo que se dice al destacar tal o cual ministerio (presbiterado,
episcopado o diaconado, por ejemplo, pero no solo) y después – recién después –
ver si el término “sacerdote” le es adecuado.
Una extraña mentalidad juridicista, que
pretende diversos momentos institucionales para poder afirmar que en tal o cual
acto o dicho Jesús “instituyó” tal o cual sacramento, entiende que al decir “hagan
esto en memoria mía”, Jesús “instituyó el sacerdocio” (por eso se lo
celebra el Jueves Santo, acotemos). Es muy difícil dudar que las comunidades
siguieron celebrando la Cena del Señor, pero no resulta evidente que – como se
ha dicho – dejaran claro quiénes presidían (si había quienes lo hacían) las
celebraciones. Y, los actuales estudios bíblicos complican (felizmente) la cosa
dejando en penumbra quiénes participaron o no de esa Última Cena. La
fundamentalista serie “Los Elegidos”, por ejemplo, que no puede ignorar que las
mujeres participaban de las comidas con Jesús, las retira de la escena
enviándolas a Betania para protegerlas y que, entonces, sean sólo “los Doce”
los participantes de esa cena…
Ahora bien, si el ministerio ordenado tiene también un rol real y uno profético, no está de más preguntarnos si no puede haber ministros ordenados más dedicados a la conducción y otros más dedicados a la palabra y ¡todos ellos!, “mediadores entre Dios y las personas”. Es decir, llamarlos “sacerdotes” los limita “al altar””; un ministro que se dedica a la palabra o que acompaña comunidades o que peregrina o que está en medio de los pobres, no está en el “altar”, ¿es menos “sacerdote”? Pero, mirando otros términos, a su vez, – hoy, no ayer – “pastores” parece suponer “rebaño”, cosa que en la actualidad muchos, muy razonablemente, se niegan a ser reconocidos como tales. La imagen del pastor incluía, también, a aquel que se pone delante de su rebaño ante el peligro, de allí el “cuidado pastoral”. De aquí el término “cura”. Se trata de quien tiene cuidado (latín “curare”).
Queda un planteo que hoy supera el tema del
día (Jueves Santo) y es el acceso de las mujeres al ministerio ordenado. Ya
señalé que la lectura juridicista “hace agua” y, además, si se aplicara, es muy
discutible que no hubiera mujeres cuando Jesús dijo “hagan esto…”. Por otro lado,
hay suficientes trabajos que han ido mostrando seria y académicamente el acceso
de mujeres en diferentes tiempos y lugares. Y es, a su vez, evidente, que el
patriarcado fue dejado de lado cada vez mas a las mujeres de todos los espacios
ministeriales. Pero – y suponiendo que jamás las hubiera habido (suponiendo
erróneamente, repito) – la pregunta sensata es cuál es la razón por la cual hoy
las mujeres no pueden tener acceso a los ministerios ordenados. Ciertamente la
respuesta “Jesús no lo hizo” es totalmente parcial y limitada (Jesús nunca
comió papa, no viajó en tren, nunca usó estola o mitra y nunca confesó a nadie…
podríamos decir irónicamente); la pregunta razonable – que debe ser seriamente
pensada (y no ideológicamente, como lo es el patriarcado) – es “¿Jesús lo
haría?” Dejo el tema porque, como dije, excede al tema, pero sin duda creo que
la respuesta debiera ser ¡sí!
Celebrar el ministerio ordenado, sea o no
adecuado el día históricamente hablando, es algo sumamente razonable; es de
esperar que, aprovechando el día, sirva para que los ministros no olviden (no
olvidemos) que el ministerio existe en favor de un pueblo, y no para nosotros
mismos. Cuando el cura aparece demasiado (clericalismo le llamaba el papa
Francisco) el pueblo le está a su servicio y todo se ha trastocado. Que no hay un
solo y único modo de ser curas, aunque, cada quién, debería buscar el modo de
serlo del mejor modo posible, dejando a Dios ser Dios y todo y siempre en favor
del bien del pueblo.
Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/almacen-de-metraje-de-v%C3%ADdeo-mucha-gente-la-muchedumbre-caminando-lo-largo-del-camino-video54338366
La mujer del Cantar de los cantares y su compañero
En la Biblia encontramos un libro fascinante – aunque
se lee muy poco en la liturgia – que es el llamado Cantar de los Cantares, es
decir “el canto sublime”. El texto fue leído, mucho tiempo de un modo simbólico
(como, por ejemplo, el encuentro entre el alma y Dios), pero, como veremos, ¡se
trata claramente de un encuentro de amor entre un varón y una mujer.
El libro es casi una obra de teatro, de encuentros y
desencuentros entre una pareja de enamorados. En ella hay cantos y
descripciones de una y otro; a veces canta ella, a veces canta él, y, en
ocasiones con interrupciones de lo que parece ser un coro.
La obra tiene un erotismo muy interesante mostrando
que Dios no está ausente en el encuentro de dos personas que se aman. En muchas
ocasiones hay descripción de los cuerpos (algo que era frecuente en la poética
árabe, por ejemplo) lo
que muestra la fascinación que sienten entre sí los protagonistas de la obra
(descripción del cuerpo de él: 5,10-16; y del cuerpo de ella: 4,1-7; 6,4-9;
7,2-10). Se habla de los dientes, los pechos, el cuello, se compara con
animales, con frutos, con flores, y hay imágenes simbólicas (históricas,
geográficas…) y descripción de los encuentros de ambos (1,12-17; 2,1-7; 3,4;
5,2-5).
El ambiente es claramente campesino, y la pareja
suele encontrarse a solas en los campos (6,2; 7,12). Cuando ambos se dirigen a
la ciudad es que ocurren los desencuentros en los que ella buscan a su amado
(3,1-2; 5,6; 6,1) o incluso con situaciones de violencia contra ella (5,7).
Ella se presenta como “morena y hermosa” (algunas
traducciones dicen “negra pero hermosa” como si ser de tez oscura fuera un
impedimento para la belleza, pero es una cuestión de los traductores), sin
embargo, está sometida a sus hermanos (todo indica que el padre ha muerto, por
lo que ella debe obedecerlos, como debe hacer toda mujer en una familia hasta
“ser entregada” en matrimonio). De hecho, al final ellos, que la consideran todavía
una pequeña, no saben con quién la casarán (8,8-9), a pesar que ella ya ha
experimentado intensamente el amor con su amado, cosa que ellos ignoran.
A lo largo del texto es evidente la relación de amor
que ambos se manifiestan, como algo personal e profundo, lo que parece
contrastar con el amor cortesano de los reyes que utilizan a las mujeres para
su propia satisfacción, pero en los que el amor está claramente ausente
(3,7-10).
En los textos, como es propio de su tiempo, la llama
“amada”, pero también “hermana” (ver
Tobías 7,9.15; 8,4;
10,13 etc.); muchos textos
también indican “novia” o “esposa” (ver 4,8-12; 5,1), lo que no es correcto (no
están casados, como sabemos, y el noviazgo no existía en este tiempo; más
preciso sería traducir “compañera”, por ejemplo); de hecho, el encuentro tiene
una cierta clandestinidad (ver 8,1-2). Para cada uno, el otro o la otra son la
más hermosa o el más hermoso de todos: ella es “hermosa entre las mujeres”
(1,8; ver 4,7; 6,1; etc.; e incluso, “mi perfecta”, 5,2; 6,9), y él, “¡qué
hermoso eres!” (1,16).
Pero la clave de todo está dada por el amor. Él la
llama “amada” 7 veces, y ella a él “amado” 33 veces (es evidente que el relato
está más centrado en la mujer que en el varón) y el término “amor” se encuentra
21 veces. No se trata, entonces, ni de una pareja al estilo de las de las
cortes de los reyes, pero tampoco de la pareja “arreglada” por las familias de
los futuros cónyuges; en esta obra, son dos personas que se eligen mutuamente,
y son el uno para el otra y la otra para el uno (2,16; 6,3). Incluso, uno de
los párrafos más interesantes sobre el amor de toda la Biblia se encuentra en
el final de este texto:
«…el
amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo; Sus dardos
son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas torrenciales no podrán
apagar el amor ni extinguirlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con
todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable» (8,6-7)
La pareja ha experimentado el amor intensamente. En ocasiones han debido encontrarse en las afueras de la ciudad para entregarse al amor sin interrupciones, y han dejado, para la historia una de las obras más bellas cantando el encuentro, el reconocimiento mutuo y el amor inextinguible.
Imagen tomada de https://catholicus.eu/la-esposa-del-cantar-de-los-cantares-una-alegoria-de-cristo-y-su-iglesia/
Señor de los ejércitos
Eduardo de la Serna
Soy testigo de que, en muchas
comunidades, entre otras a la que pertenezco, se ha preferido – cuando es posible
– reemplazar el adjetivo “Todopoderoso” aplicado a Dios, utilizando, por
ejemplo, “misericordioso”. Ciertamente, afirmar hoy, de Dios que es “todo
poderoso” requiere una importante aclaración acerca de qué se entiende por “poder”.
Por ejemplo, la niña Teresa de Lisieux, cuando define a sus cuatro años qué
significa, dice: “pues, que hace todo lo que quiere!” (MsA 10rº).
Recientemente, cuando se ha
propuesto que nuestro lenguaje en la Iglesia es más griego que semita, más
seguidores en esto de Platón que de Jesús, uno de los ejemplos que se han
señalado es, especialmente que luego de Constantino y de Carlomagno, el sentido
del poder (particularmente dentro de la historia) tiene una notable diferencia y
contraste con el anonadamiento de Jesús y la cruz (González Faus 240-245).
Una pregunta pertinente hoy sería
saber qué tan poderoso es Dios; qué decimos al decir que lo es…
Un término hebreo que se encuentra
frecuentemente en la Biblia, exclusivamente aplicado a Dios, y que con
frecuencia no es traducido – incluso en la Biblia griega – es tzebaôt.
Es un plural femenino de tzeba, que refiere a las armas, por eso en
ocasiones se traduce “de los ejércitos”.
De las 285 veces que lo encontramos, 251x
están en los profetas escritores, 16x en los profetas anteriores, y 15x en los Salmos.
En la traducción griega de LXX el término se mantiene literalmente con el hebreo sabaôth
64 veces especialmente en Isaías (53 veces) mientras que 120 veces es traducido
por pantokrátôr (todopoderoso; es posible que en esto influya que
algunos traductores prefirieron mantenerlo mientras otros optaran por
traducirlo).
En el Nuevo Testamento, encontramos
2 veces sabaôth (Rom 9,29 y Sgo 5,4 [las biblias castellanas han optado
por traducir estos versículos, incluso aquellas que mantienen “sebaot”
en el Antiguo Testamento]) mientras que pantocrátôr se encuentra 9 veces
en el Apocalipsis y 1 vez en 2 Cor 6,18 (un texto ciertamente de influencia
apocalíptica) por toda aparición en el NT.
No hay consenso entre los
estudiosos acerca del origen y sentido del término sebaot, “de los
ejércitos”, aplicado a YHWH, aunque algunas viejas propuestas fueron siendo
descartadas, “no aparece – por ejemplo – en conexión con las guerras de YHWH” (TDOT XII:220). Asimismo, es interesante
que el término tiene su origen aparentemente en el Sur ya que no es casi
utilizado en el Norte, y – además – está casi ausente en el período del exilio
(falta totalmente en Ezequiel, por ejemplo). Es posible remontarnos
históricamente a su probable origen en el santuario cananeo de Siló (1 Sam 1,3.11; 4,4), referencia con su
mención de los querubines. Más tarde parece centrado en el santuario de Jerusalén
quizás con referencia al arca de la alianza. En ese mismo sentido se puede
notar que, en Qumrán, se encuentra, en una bendición sacerdotal con mención de los
ángeles.
Tú serás como
un ángel del rostro en la morada santa para la gloria del Dios de los Ejércitos
[...] Tú estarás alrededor sirviendo en el templo del reino, compartiendo el
lote con los ángeles de la faz y el consejo de la comunidad [...] (1QSb
IV:24-26)
Si nos detenemos en las dos
referencias que se encuentran en el NT con la transcripción hebrea sebaôth,
el texto de Santiago tiene toda la intención de remitir a textos del AT en los cuales
el clamor – el grito del dolor; en este caso el de los obreros por su salario
impago– presenta a Dios como garante de la defensa de las víctimas y así
mostrar, con el uso de sebaôth, a Dios como juez y defensor con lo que pretende
remarcar “la soberanía trascendente y absoluta de Dios que interviene en la historia
como juez inapelable” (Fabris 311). El texto de Romanos es, ciertamente, un midrash
de Isaías a quien cita explícitamente (1,9) para reforzar esta referencia (Jewett
604).
La literatura apocalíptica, por
su parte, se presenta como clara resistencia anti-imperial. Dios es revelado
aquí como “todopoderoso” en contraste con el emperador de turno que pretende
ser adorado como Dios. “Muriendo a imitación de su maestro ellos (los
cristianos) manifiestan la realidad de la victoria de Cristo encarnándolo y
verificándolo: solo a Dios dan la gloria reconociéndolo como todopoderoso” (Prigent
375).
Es cierto que la categoría “poder”
se aplica con frecuencia a Dios mismo (incluso como nombre divino), tanto en la
Biblia como fuera de ella (Qumrán, Filón de Alejandría, Henoc, o los rabinos), especialmente
como un modio de Dios mismo de revelarse, de manifestarse a su pueblo, su
gloria, no como un poder que se ejerce, por ejemplo, sobre otros pueblos o
personas.
Pero, curiosamente, si nos
detenemos en el Dios que Jesús revela, el término poder (dynamis) se
entiende siempre como poder benéfico (por eso el término se usa también para referir
a los milagros, signos del poder del Reino). Ciertamente, si hay algún conflicto
en el “poder” que Jesús manifiesta, este es contra los demonios, que ejercen su
propio poder de un modo maléfico sobre las personas. Es evidente que el Dios
que Jesús revela es padre, e incluso un padre que no ejerce su “poder” castigando
a sus hijos (como era de esperar en padres de su tiempo) sino un padre que
corre a abrazar compadecido del hijo que vuelve. El Dios amor, el Jesús que se
revela en relaciones de igualdad (= amigos) no se parece en nada al “Dios
poderoso” que castiga, condena y sentencia definitivamente a la Gehena del fuego.
¡Cuántas cosas se han hecho,
hacen y harán en el nombre de Dios!
Y a modo de simple y escandaloso
(y ¿herético? ¿idolátrico?) uso del nombre de Dios basta ver el uso de las
derechas dizque cristianas (y podría aplicarse a las derechas islámicas y
judías también). Las guerras en nombre de Dios (escuchar, ¡soportar!, al
presidente… al de EEUU, al de Argentina, al de algunos partidos en Brasil,
España, etc.) dan ganas de gritar, ¡ese no es Dios!, ¡Dios no es así!, ¡Dios no
quiere eso!, ¡Dios no hace eso!, ¡Dios no está allí! El Dios en el que creemos
ciertamente está muy lejos, ¡en las antípodas!, de estos ejércitos. El Dios que
es papá y mamá es el Dios del abrazo, del encuentro, del perdón, de la
misericordia, de la vida. Dios es todopoderoso en el perdón, todopoderoso en la
vida, todopoderoso en el amor, todopoderoso en la esperanza… en ese
todopoderoso sí creo. Y, para los que se creen reyes o dioses de hoy (y de ayer…
y de mañana) simplemente “Padre, ¡perdónalos, porque no saben lo que hacen!”, “¡no
se puede servir a Dios y al dinero!”, “¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya
tuvieron su consuelo!”, “El jornal de los obreros, que no pagaron a los que
trabajaron en los campos de ustedes, alza el grito; el clamor de los
cosechadores ha llegado a los oídos del Señor Sebaot”, “Canten al Señor, alaben
al Señor, que libró al pobre de la mano de los malvados”. En ese Dios creemos,
ese poder buscamos.. ese camino caminamos.
Complemento
Fabris R., Lettera di Giacomo
(SOC 17), Bologna: EDB 2004
González Faus J. I., “Deshelenizar
el cristianismo”, RLT 51 (2000) 233-264
Jewet R., Romans (Hermeneia)
Minneapolis: Fortress Press 2007
Prigent P., L’Apocalypse de saint
Jean (CNT 2ème XIV), Genève: Labor et Fides 1988
Zobel, tzebaot, en Theological
Dictionary of the Old Testament XII, 215-232.