domingo, 20 de diciembre de 2015

Pensando el odio

Pensando el odio


Eduardo de la Serna





Porque Cristo es nuestra paz, el que de dos pueblos hizo uno solo, derribando con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad. (Efesios 2:14)


Suele decirse que el odio es lo contrario del amor, y es muy posible que así sea. Sólo cuando el amor se entiende como un mero sentimiento superficial se puede pensar que lo contrario es una "grieta". El amor es un compromiso militante y no impide las diferencias, las discusiones o los conflictos. La frase característica de que no hay que hablar de fútbol, religión y política más que hablar de una supuesta búsqueda de "paz" habla de limitaciones y pobreza y también de intolerancia. ¿Cuál es el problema de que haya discusión o disenso? El problema es la agresión, la violencia… el odio, no las diferencias.


Tengo muchos amigos con los que pensamos distinto, y hasta ¡muy distinto!, sin que eso sea obstáculo a la amistad. Y no precisamos poner vetos temáticos en los encuentros.


Pero hay problema cuando lo que hay es odio. Manifiesto o encubierto. El odio no es una grieta, sino un muro. La grieta puede saltarse o pueden construirse puentes, pero el odio impide el encuentro. Especialmente porque ese encuentro no se pretende.


Puede manifestarse de diversos modos, pero allí está... se puede pretender la destrucción del otro o de sus ideas, o simplemente negarlo o ignorarlo. Puede ser un rechazo al diferente o considerarlo inferior (aunque no se diga expresamente ya que eso sería 'políticamente incorrecto'). 


Y tengo que señalar que en estos tiempos se palpa, se siente mucho odio. Y curiosamente, trasladándo la responsabilidad al otro... odio al pobre, pero visto como “negros que no trabajan”, al cercano al gobierno, pero planteado como “choriplanero”, y - por supuesto - vale también para los extremismos, terrorismos y fundamentalismos. 


Me resulta curioso - y a veces amargante - ver algunos de los comentarios a notas en los diarios o en las redes sociales, cargadas de odio o desprecio. Y en ningún momento con la actitud de escucha, de pensar, de mirar lo que el otro o la otra está diciendo. No significa que se ha de estar de acuerdo, por supuesto. Pero si el punto de partida, antes de leer, antes de escuchar es el rechazo, el desprecio, o la negación, el encuentro es imposible. E imposible simplemente porque no se pretende.


Afirmar que “nada de lo que digas o pienses me interesa” vuelve imposible el encuentro, imposible el diálogo. Es ubicarse voluntariamente detrás de un muro para no ver ni oír al otro. Y - repito - lo más triste es escuchar eso responsabilizando al otro por eso. Decir al otro “parecés un panelista de 6,7,8" es negar toda sensatez, toda razonabilidad en el otro. No es diálogo, no es escucha, es “eso no merece ser escuchado”. No afirmo que se ha de estar de acuerdo, sino que se ha de escuchar si de encuentro hablamos, o "estar juntos" se proclama. Pero despreciando o negando la opinión del otro no hay construcción sino rechazo: “si estás ahí, no me interesa escucharte”.


Pero mirar “desde arriba” (me recuerda esas ciudades mayas donde las elevaciones y túneles impedían que la élite monárquica y sacerdotal se juntara con la “chusma”; o a las lanchas de Nordelta a Puerto Madero, quizás) y no mirar desde el encuentro, eso no es convivencia... Me resulta curioso que el que pregona “cambiemos” se preocupe si su contendiente en un debate “ha cambiado”, pero no hacia dónde él quisiera. ¿Es acaso el garante de la ortodoxia del cambio? Tengo claro que la conversión es un cambio. El pecado también.


Los antiguos moralistas hablaban de “odio al pecado y amor al pecador”, a lo mejor allí empiece el verdadero cambio, el del amor que vence al odio. El que derriba los muros de la indiferencia, la soberbia, la negación o rechazo del pobre, del diferente. 


El cambio no es simplemente el de los globos, sino el del encuentro. Pero encuentro que, como el fuego,  para que sea universal ha de empezar por abajo, por los pobres, los despreciados, los excluidos. encuentro imposible con el que elije situarse detrás de un muro. El odio también es un cambio, es edificar muros, es hacer un país para pocos, es desprecio o ninguneo, es mirar desde arriba... Para ese cambio... ¡no gracias!




Foto tomada de www.elmercuriodigital.net



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