sábado, 19 de diciembre de 2015

Pensando la encarnación

Una reflexión política sobre la “encarnación”


Eduardo de la Serna


Es evidente que decir “encarnación” se refiere a algo que se “hace carne”. Y esto puede usarse desde lo cotidiano como “hacer carne” el dolor del otro, lo que significa que siento en mí mismo su sufrimiento, hasta el terreno teológico. El término, teológicamente, remite al Evangelio de Juan que dice que “la palabra (logos) se hizo carne, y acampó entre nosotros” (1,14). En este caso se refiere a que Jesús mismo, que es “la palabra de Dios” y que está junto al padre (ho theos) desde antes de la creación (“en el principio”), entra activamente a vivir la historia humana. Se hizo vida, historia, aceptó los límites de la humanidad (ser visible, sufriente, mortal…) porque sólo así es “verdadero hombre”. No pretendo presentar aquí un ensayo teológico, pero sí dar un paso más aquí para luego seguir con lo que me propuse… Dios, por serlo, es inaferrable por la humanidad. Es imposible de ser comprendido, reconocido plenamente, conocido. Pero al encarnarse nos muestra su mejor rostro, el más comprensible, el que podemos aceptar y amar. Sin dudas que Dios es mucho más que eso que vemos, tocamos o escuchamos. Pero eso (también) es Dios. Concretamente, es evidente que Dios no es varón, no es judío, no es contemporáneo a un grupo humano. Pero al “encarnarse” en un varón judío de Palestina en el siglo I acepta esos límites. No para que sean absolutizados, porque eso hablaría de nuestra limitación y de un cierto fundamentalismo, sino para poder ser visibilizado. Sino, Dios quedaría en el eterno mundo de las ideas, de lo deseado o soñado. El mundo del “siempre más” (que es cierto) pero el de nunca saber…

Pero lo que quisiera pensar en este momento es, a partir de esto, algunas cosas que me parecen importantes. Es evidente que al decir que Dios se encarnó estoy afirmando que aceptó el límite que la carne le daba (entre ellas el del dolor, la solidaridad y la muerte), pero no es menos cierto que Dios no es varón, no es judío y no es inculturado en el judaísmo del siglo I como sabiamente afirma la cristología feminista. Las imágenes androcéntricas de que Jesús es varón (lo cual es cierto) no pueden ignorar que no podría ser un andrógino; ser varón es aceptar un límite que no debería absolutizarse… Pero evidentemente Dios es mucho más. Dios “no es” varón.

Y paso al terreno político… los utópicos, los que eligen moverse en el terreno de las ideas, no pueden ignorar que si esas ideas no se “encarnan” simplemente quedan en el aire o en los libros. Pero, precisamente, es obvio que si son encarnadas, aceptarán los “límites” que les da la historia. Es evidente que las ideas son “mucho más”, y – como se dice – las utopías, como el horizonte, sirven para caminar. Marcan rumbo. Pero un rumbo “hacia” que no puede ignorar el “dónde”. No es en el aire que se camina, es en la historia. Con vientos en contra, límites personales, obstáculos, dificultades, compañeros, adversarios, caminos llanos o pedregosos… En lo personal, por ejemplo, me resultan desencarnados los sectores o grupos que tiene ideales o utopías que puedo, en mucho o en parte, compartir pero que se vuelven incapaces de andar porque no aceptan la realidad. Aquellos a los que la realidad, amable o adversa, agradable o no, se les vuelve intolerable me resultan ilusorios e incomprensibles. Y esto vale tanto para las utopías evangélicas como las políticas, evidentemente. Utopías que jamás deben bajarse en nombre de un supuesto pragmatismo, como ocurrió en los 90 argumentando la muerte de las ideologías. Pero que no pueden mirarse desconociendo lo arduo y a veces difícil del camino, si no se pretende que en nombre de esas mismas utopías sea por eso mismo imposible caminar. La realidad es “ésta que está” (por ejemplo, Jesús, varón, palestinense del siglo I) pero yo no puedo pretender ser igual (seria, como dije, fundamentalista), yo soy éste que está, varón, argentino, cura del s.XXI, en esta realidad que me toca vivir, festiva y dura, que comparta o no. Es desde ésta que debo caminar hacia los sueños que elijo tener como meta o camino, evangélicos y/o sociopolíticos. Por eso no puedo entender a aquellos que hablaron de corrupción, o de voto en blanco (que parece que fracasaron ya que no fue un número significativo, lo que revela que ni siquiera se encarnan en sus seguidores); los que hablaban de progresismo, y se paralizaron (es decir, no caminaron)… Creo que tienen un problema de encarnación. Un problema de encarnación que en lo teológico lleva a la discriminación de la mujer en la Iglesia, por ejemplo, y en lo político lleva a que tengamos que sufrir que Macri sea presidente.


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